Miércoles, 10 Marzo 2021 13:20

Renacer en la libertad de los colores después del dolor

Written by María Díaz

—“Si ven Malú, ya saben que soy yo”

 

“Nunca es tarde, todo esto lo hice después de los 60 años cuando creí que ya me iba a morir, que ya no tenía nada que hacer; y ahora mírame… soy otra”, relató María de Lourdes González Aranda, con lo que se puede describir como gran satisfacción y alegría. Tras haber tenido una vida llena de restricciones, dolor, privaciones y violencia por parte de su marido, fue después de su sexta década de vida que encontró la manera de renacer, de ser libre; su vida se tornó de colores intensos al igual que sus murales.

La maestra Malú (como es conocida), tiene 75 años. Es muralista, maestra, cuenta cuentos y trabaja alfabetizando y enseñando manualidades a adultos mayores. Nació en la Ciudad de México, pero desde hace 11 años se asentó en el municipio de Ezequiel Montes, donde comenzó a trabajar en el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia del Estado de Querétaro, (DIF) y en la casa de cultura.

Ha pintado más de mil murales en escuelas, instituciones y particulares. Dos escalinatas en el pueblo mágico de Bernal y un corazón de fibra de vidrio, que se le concedió a los pueblos mágicos del estado y se intercambian a través de estos para exponer la cultura de los municipios. Ganó diversos concursos como: “El viejo y el Mar”, “Carta a mi nieto”, “Juegos Olímpicos del Adulto Mayor”, “Estatal de Ecología”, y ha participado en diversos conversatorios sobre temas del adulto mayor.

Desde pequeña descubrió que tenía una gran habilidad para el dibujo y la pintura. En la primaria era muy dedicada con sus tareas y sobresalía por entregar excelentes trabajos; tanto que en varias ocasiones recibía bastantes regaños por parte de su maestra, ya que no creía que Malú a su corta edad de seis años entregara dibujos tan extraordinarios.

En una ocasión quiso ponerme en vergüenza —recordó Malú con un tono afligido—. Me pasó al pizarrón para que todos vieran si era yo la que dibujaba, y dibujé el mapa de la república, traía en mi libreta la imagen y de ahí me guiaba para hacerlo.

Todos en la clase, al ver como quedaba tan bien el dibujo de la pequeña Malú, quedaron maravillados. La maestra que la había juzgado comenzó a llamar a las demás maestras, para que vieran la obra de arte de la pequeña. De ahí comenzaron a apreciar su gran habilidad; se volvío conocida en el colegio, la llamaban la niña de primero, la que dibuja, y en repetidas ocasiones la buscaban para que ayudara a ilustrar las actividades de las maestras.

A los quince años conoció al que pensó que sería el amor de su vida. Fue tanto su amor por aquel hombre que —aún con el impedimento de sus padres— dos años más tarde se casaron. Pero meses después ese sueño de amor se convertiría en una vida gris para Malú. El carácter duro y violento de su marido casi acabó con todas sus ilusiones y esperanzas; no la dejaba maquillarse o arreglarse, no podía salir con amigas y saludar de beso a alguna persona ni pensarlo. Con seis hijos, se convirtió en la proveedora del hogar, trabajando como costurera y haciendo cuadros de pintura. Poco a poco Malú se fue apagando.

Que no se me ocurriera voltear a ver un hombre —dijo Malú un poco alterada—. Porque me empezaba a decir — imitó con un tono rígido la voz de su marido— ¿qué le viste?, ¿lo conoces?, si quieres te lo traigo ahorita para acá. —Malú con voz baja y agachando el cuerpo prosiguió— y yo ¡cálmate!, ¡cálmate!, —reincorporándose exclamó— me hacía un escándalo donde fuera. Con la mirada perdida y recordando con tristeza, dijo —Era una jovencita, no hice nada, era una época en la que te decían: es tu cruz, la que te toca cargar, tú lo escogiste. Cómo se van quedar sin padre, el qué dirán.

Al cumplir los 60 años, en un pleito legal con su familia perdió su casa y emigró con su esposo a Oaxaca, ahí la invitaron a una exposición que le cambiaría la vida por completo, pues gracias a esta Malú se dio a conocer y por primera vez vivió la experiencia del aplauso, de que le reconocerían su talento. Esto le trajo más oportunidades y logró exponer en México, Oaxaca y Querétaro.

Como seguía cosechando éxitos, a su marido no le agradaba. Así aguantó esa sombra la mayor parte de su vida, hasta hace cuatro años que tomó fuerza y valentía para divorciase. Que no fue un proceso fácil, ya que aquel hombre sólo le daría el divorcio con la condición de que le entregara 36 cuadros al óleo que ella había pintado. Cuando me di cuenta que era la única forma, con tal de tener paz, se los di —dijo nostálgica—. Posterior a esa trágica etapa, la vida de Malú comenzó a cobrar más color.

—Por fin estoy haciendo cosas que me llenan, que yo quería hacer desde hace tiempo, hago todo lo que quiero —enfatizó con una gran sonrisa—. Y lo demuestra con lo que en su juventud no le era permitido; detrás de sus lentes negros, sus ojos soñadores delineados en color negro, rubor en sus mejillas y un labial rosa sobre sus labios; esmalte sobre sus uñas, accesorios y ropa en tonalidades rosa también. Levantó la mirada, sonrió y dijo: empecé a resurgir, fui recuperado mis pedacitos y me volví a armar.

Pese a estar confinada por la pandemia, Malú no se quedó estancada, y supo sacarle provecho a la situación; esto le permitió darle un mayor plus a su trabajo. Comenzó adentrase en las redes sociales, subir sus cuentos a YouTube, hizo una cuenta en Tiktok subiendo tutoriales sobre pintura y dibujo, al ver buena respuesta del público, comenzó a subir más, y actualmente cuenta con más de 170 mil seguidores. Empezó a recibir mensajes para que diera clases de ello, fue así que en octubre del año pasado comenzó a dar clases gratis por zoom, con personas de diferentes partes de la república, y de diversos países como Colombia, Perú y Argentina.

—Es la forma en que te das un poquito a conocer, aunque muchas veces no me los paguen bien de ahí me salen otros trabajos —dijo Malú—. Actualmente la han contactado para que imparta clases particulares a niños y espera que le sigan llegando más oportunidades de empleo, porque lo necesita. Como adulto mayor espera que valoren su trabajo, ya que también en ocasiones por su condición lo denigran. Busca aprovechar el tiempo para seguir trabajando, antes de que su cuerpo ya no se lo permita.

—No les voy a poder dejar nada a mis hijos de dinero, pero por lo menos cuando pasen o si algún día ven alguna cosa, digan “mira ¡es mi mamá!”, “¡mi abuelita!”, es como si no muriera una, como seguir vivo de cierta forma, una huellita —dijo Malú, haciendo un ademán con la mano— “Si ven Malú, ya saben que soy yo”.

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