Lunes, 03 Junio 2019 00:00

De París a Querétaro: el libro más antiguo de la Universidad Featured

Written by Oscar Alejandro Reséndiz Delgado

Nací en París, Francia en el año de 1519. ‘Commentara in secundam secundae angelici doctoris sancti Thomae Aquinatis’, así me bautizó mi padre: Tomás Cayetano.

Un tumulto de gente se toma fotos a alrededor de mí. Desde la vitrina en que estoy encerrado apenas y puedo distinguirles, aunque da igual, no los conozco. Hace 500 años vi la luz por primera vez; nací en París, Francia, en el año de 1519. ‘Commentara in secundam secundae angelici doctoris sancti Thomae Aquinatis’, así me bautizó mi padre: Tomás Cayetano, también conocido como Tomás de Vio, un obispo de Parma que se dedicaba —como otros de su época— a escribir libros acerca de teología.

Hace tiempo que no salía de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). El Fondo del Tesoro de la UAQ, donde me encuentro usualmente, está repleto de libros antiguos, pero ninguno tanto como yo. En el acervo las condiciones climáticas que se manejan también están milimétricamente cuidadas: la temperatura y la humedad no deben ser excesivamente bajas o altas, ya que eso arruinaría a los ejemplares.

En el día, las visitas son escasas, algunos curiosos o investigadores siguen las reglas del lugar para poder visitarnos. Con guantes y cubrebocas, las personas se deslizan entre las páginas más antiguas: se les pide que tengan cuidado con las amarillentas páginas de la historia.

Yo habito en el Fondo del Tesoro desde el 2010, año en que comenzó el proyecto. Sin embargo, este no es mi primer trabajo (¿Cómo podría serlo con cinco siglos en el lomo?). Hace años trabajé con los franciscanos de Querétaro, llevo todavía la insignia que me dieron en los días que les ayudé a impartir clases y darles consultas acerca de lo que sé. La marca de fuego, como se le conoce al tipo de insignia que me otorgaron, se puede ver en uno de mis costados, es por ella que me reconocen el haber estado con esta orden conventual hace años.

Después de trabajar con los franciscanos pasé un tiempo con el gobierno estatal. El problema es que las condiciones en las que nos mantenían no eran las óptimas, así que al final optaron por crear un convenio con la Universidad para que naciera el Fondo del Tesoro.

Llevo algunas cicatrices. Hace tiempo que perdí partes de mi rostro: la portada de mi cuerpo y sus primeras páginas terminaron quién sabe dónde; es algo que ya no recuerdo. El lomo, ya quebrado por el peso del tiempo, deja ver las partes internas de las páginas, el pegamento y los hilos con los que fui concebido ahora están expuestos. Mi contraportada sigue el mismo camino: sus esquinas quebradas dejan ver algunos rastros de los adornos con los que nací, escudos y palabras en latín se deshacen en el tiempo. La mayoría de las marcas que porto en mi cuerpo tienen un origen incierto.

Y ahora estoy en mi cumpleaños, dando una pequeña gira por la Universidad para celebrar una larga carrera de soportar los embates del tiempo. Comparto mi vitrina con otras curiosidades, como cajas de cigarrillos y boletos de lotería casi tan viejos como yo. Sólo me queda esperar hasta que la curiosidad caiga sobre alguien y se interese en mi historia.

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