Jueves, 02 Julio 2020 16:36

Bosque adentro…

Written by Fernando Durán de la Sierra Tovar

Instintivamente estalló dentro de sí la desesperación y el miedo, como un ciervo que esquiva un disparo, y corrió hacia los árboles, hacia una muralla aparentemente infranqueable horizontalmente, dimensionada, metiéndose por entre los troncos y ocultándose, después de haber visto a la mujer de rojo.

Sólo podía sentir su pulso en el cuello y el dolor en sus manos, jadeando, pidiendo salir por sus músculos, sus huesos y su piel y por debajo de ella y por su cabeza. El ocaso lila y naranja, a donde se dirigía, no podía ofrecerle nada: ni la ilusión, ni el sosiego, ni un escondite. Alcanzó apenas la cima y su sombra desapareció, dejándolo —así lo sentía él— más sólo aún.

Las hojas se medio rompían a su paso apresurado, hasta que llegó a un claro sin luz. “¿Qué quiere? ¿qué quiere? —se preguntó— Yo no hice nada, no hice nada, no hice nada. No la conozco”, dijo, mientras se abrasaba a sí mismo por el viento helado que rompía ramas en las copas de los árboles. “Dios, Dios, Dios, yo no hice nada, no hice nada”.

Cuando logró acurrucarse entre unas peñas, con la vista entrecerrada hacia arriba y la boca abierta, intentando dejar de jadear, un tecolote, pardo, de ojos grandes y brillantes, pero sin profundidad, sin más que negro en ellos, se posó de modo que quedó en el centro de su campo visual. Los jadeos se detenían, pero el tecolote seguía ahí, sin parpadear, viéndolo, mientras el viento agitaba sus plumas a la izquierda, pero sin moverlo. Él supo, de alguna forma, sin entender del todo, que no era casualidad.

Quiso espantar al ave, pero si gritaba lo oirían, así que tomó una piedra y la arrojó intentando no pegarle, pero el ave no se movió y fue derribada por el golpe, cayendo fuera de su vista. El hombre se espantó. “Oh Dios, Dios, no”, se lamentó para sus adentros, y de un salto alcanzó la cima de la peña, cuando el ave salió volando. “No, no, no, ¡no te vayas!” gritó, y después se percató de que lo hizo. Entonces volteó a su alrededor y vio a la mujer de rojo, no en dirección hacia él, pero rondando; saltó al otro lado de la peña y arrancó a correr nuevamente.

Ahora todo estaba peor. El bosque y sus habitantes, bien es sabido por todos, siempre cobra venganza. No debió intentar espantar a un huésped de su propia casa. No estaba seguro en el bosque; la mujer lo había encontrado, además. El ocaso había terminado y ahora la luz blanca iluminaba todo dentro de un aura que recordaba la fantasmagoría.

Las ramas rotas de los encinos, que no alcanzaron a romperse por completo, se mecían desde sus fracturas. Cuando se detuvo de nuevo para respirar, decenas de sombras cruzaban saltando de un árbol a otro, tan rápido que apenas podía seguirse el curso de alguna; todas rodeándolo, todas sin forma y oscuras, a pesar de pasar por la luz de la luna, moviendo las ramas, rumorando en una lengua incomprensible.

Acorralado, no supo a donde correr más. Lo sabía, sería víctima de un pacto oscuro de la naturaleza, ineludible, por motivos que ni los más iluminados filósofos han llegado a describir. Correr o morir, correr y morir o correr e intentar salvarse. Entonces volteó y la mujer de rojo lo veía a los ojos, lo miró y lo intentó sujetar. Retrocedió, sin poder dejar de observar los ojos de la mujer que lloraba; corriendo, casi cómicamente, como los niños suelen jugar, sin ver, hasta que no hubo más suelo, cayó en un pozo seco.

Las rocas de las paredes inutilizaron su vista y sólo pudo distinguir máculas de colores semitransparentes en rojo a través de su vista entrecerrada y débil; no sabía ya si por la mujer, que lo veía al exterior del pozo y gritaba su nombre, o por la sangre que manaba de sus párpados. La roca sobre la que cayó no terminó de acabar con su vida, pero una rama rota por el viento, la cual había caído de un árbol seco, quedó a su lado; y de ella se sirvió para terminar con su mayor amenaza.

Su ahora viuda murió tiempo después, de tristeza, sepultada con su vestido rojo, sin nunca haber llegado a entender el distanciamiento de su esposo y su consecuente demencia. El amor los había abandonado desde una noche en particular, cuando él se vio en el espejo, a los ojos, sin parpadear, y supo que su espíritu había escapado; y que él, bestia o mera carne insensible, debía perecer. Cuando eso pasó, él, en realidad, seguía ahí cerca, sin parpadear, viéndose, sin entender del todo, mientras el viento agitaba sus plumas, pero sin moverlo, bosque adentro, desde donde observó después su propio funeral.

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