Lunes, 11 Enero 2021 00:00

Para que no me olvides

Written by Leslye Grisel Aparicio Castañeda

Fue su forma de darme valor, uno que aún en las noches frías, solitarias y oscuras, me abriga. Los fantasmas dejaron de ser mi temor, y se convirtieron en mis amigos.

A los cinco años era un ser indefenso, con muchas más inseguridades de las que un infante normalmente carga consigo. A menudo la soledad me abatía, y me asfixiaba. Desde entonces, la incomprensión se volcó́ en normalidad; y con los años mi modo huraño aumentó considerablemente.

Los acontecimientos me orillaron a desconfiar de los seres que me rodean. Pero uno siempre necesita un aliado, alguien que tome las inseguridades y las pierda en un rincón inexistente de la casa. Los requerimientos no exigen características específicas más que la lealtad.

Descubrí́ su amor a una edad temprana. Cuando volvía del preescolar, apaleada, apachurrada y con un moretón prominente en mi ojo izquierdo. Ella, desesperada por no tener los medios suficientes para ejercer justicia me dio valor para enfrentarme a mis miedos, y a las personas que se mostraban dispuestas a hacerlos realidad.

Pégales tú, no seas tonta —me decía a menudo, llena de coraje—. Con palabras más rebuscadas y con tonos que iban desde la desesperación, incomprensión, hasta la burla ocasional.

Sus manos me protegían en medio de berrinches, crisis existenciales y problemas con mis padres. No existía un lugar en el mundo más confortable que su cuarto; allí́ el mundo era diferente, con tonalidades cálidas y armoniosas. Además, siempre existían dulces escondidos, a la espera de mi apetito furtivo. Era la composición perfecta, como esas pinturas que observas, suspiras y sueltas un “¡Ah, qué cuadro tan hermoso!”.

Me ensenó́ a la mala que los monstruos son las personas, sólo ellos pueden hacernos daño, “Hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos”, ya que la oscuridad no podía alimentarse de una niña tan escuálida como lo era yo. Por lo tanto, cada noche a las 22:00 horas en punto prendía su viejo radio y comenzaba a sonar La mano peluda. Fue su forma de darme valor, uno que aún en las noches frías, solitarias y oscuras, me abriga. Los fantasmas dejaron de ser mi temor, y se convirtieron en mis amigos.

Cada dos o tres veces al año, mi pequeña mochila se llenaba de “mudas”, una cobija y un cepillo de dientes —porque ella consideraba que no se necesita nada más para andar—; me llevaba a un sin fin de destinos y pasábamos las tardes admirando las vestimentas de los lugareños, visitábamos iglesias y dormíamos en los camiones. Era en estas excursiones que amorosamente me obligaba a probar todo tipo de comida que encontráramos, de ahí́ mi amor por el pulque, el tequila y las tlayudas. Aún a pesar de comer en muchos lugares del país, degustar y disgustar a mi antojo.

Mi comida favorita era la que ella preparaba, apresurada para que estuviera lista antes de las dos de la tarde, esos platillos que cotidianamente se concebían en su cocina, aquellos a los que ella llamaba “rápidos y ordinarios”. Para mí no hay comparación. Es pertinente aclarar que no tengo guardado en mi mente ni siquiera cómo debía calentar el agua para mi café́, porque a decir verdad se molestaba mucho cuando intentaba acercarme a su cocina.

Su amor era extraño, a veces duro y frío, aún así́ inconmensurable. Era la única persona ante la que todos mis demonios se doblegaban por voluntad propia. Fue mi compañía cuando me rompieron el corazón, y tuvo que levantarme a mitad de calle. Y también era la que daba los mejores regalos de navidad, porque eran sinceros.

A su lado sólo tenía miedo de una cosa: el día que ella no estuviera más. Y pasó, como pasan todos los ciclos, como cuando de niña tu mejor amiga se va para siempre a otra ciudad y no vuelves a verla nunca. De la misma forma, hace algunos meses se marchó. Y cada madrugada ansío despertar y encontrarla, en la cocina o en su cuarto. Su recuerdo me consume como un cigarrillo, y el dolor de no verla me deshace.

El amor se manifiesta de formas misteriosas, en acontecimientos cotidianos que nos vuelven realmente humanos. Puede ser cualquier cosa, sin tiempos, ni edad. Mi abuelita fue mi guardián, aún en los tiempos en los que me sorprendía insoportable. La echo de menos, a todo momento; pero al menos, me dejó sus binoculares, una lupa, aventura, y una canción: “Para que no me olvides cuando me muera”.

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