Sábado, 06 Febrero 2021 04:36

Crónica de una vacuna muy anunciada

Written by Yezica Montero Juárez

Han pasado cerca de 15 días desde que Karla fue vacunada. Los síntomas de malestar posterior fueron tolerables de acuerdo con su experiencia. Considera que a partir de entonces tiene la sensación de estar más protegida contra el virus.

Se termina la jornada nocturna en el hospital y Karla aún no puede irse a casa, pues se encuentra a la espera de ser vacunada contra la Covid-19. Es domingo en la mañana y siente cierto alivio ya que sólo se encuentra el personal de guardia y la fila es corta. La reciben sus propios compañeros de enfermería junto con tres elementos de la Guardia Nacional. Mientras llena un formulario con sus datos personales, historial de enfermedades y posibles alergias; se confiesa sobre un ligero temor que le  ha estado embargando desde que les comunicaron que las vacunas ya estaban en Querétaro. Tanto ella como varias de sus compañeras, se han sentido intrigadas ante las posibles secuelas que pudiera generar la única arma capaz, hasta el momento, de mitigar la batalla contra esta pandemia mundial.

Al llegar su turno de ser vacunada, deja su formulario sobre una mesa custodiada por una mujer uniformada con un arma de uso militar. Mientras dos enfermeras hacen su labor de vacunación, le explican sobre los posibles efectos posteriores como dolor de cabeza, nauseas, diarrea, cansancio, aumento de temperatura o vómito. Al término se le indica a Karla que se siente en la sala de espera alrededor de 20 minutos para prevenir cualquier eventualidad. Se le recuerda que a partir de 21 días posteriores tendrá que realizarse el refuerzo. Por último, su colega enfermero le mide los niveles de saturación de oxigenación y la despide con una sonrisa familiar.

Karla de 33 años, tiene casi dos años como enfermera general en el Hospital del IMSS No. 1 de Querétaro. Es madre de una adolescente y un pequeño; quien, como todos los padres y madres, actualmente funge como acompañante primaria en el proceso de enseñanza escolar. Ese mismo domingo, Karla tendría que regresar por la noche al hospital. Mientras tomaba una siesta en su casa para recuperarse y seguir con su jornada laboral, se percató de un dolor agudo en el brazo dónde se le administró la vacuna. Al caer la noche el dolor se incrementó en las articulaciones, así como una gran sensación de cansancio. No obstante, sin mayor tiempo para descansar, al llegar al Hospital y mientras transcurría su jornada como enfermera auxiliar, comenzó a sentir una sensación de calor en todo su cuerpo. Mientras pasaba el tiempo monitoreaba su temperatura corporal, la cual se encontraba en los rangos normales. A esa sensación de calor se sumó el síntoma de la jaqueca, por lo cual optó por tomar una tableta de paracetamol y seguir con su jornada de forma normal.

Han pasado cerca de 15 días desde que Karla fue vacunada. Los síntomas de malestar posterior fueron tolerables de acuerdo con su experiencia. Considera que a partir de entonces tiene la sensación de estar más protegida contra el virus. Sabe que fue vacunada contra la Covid-19, pero a ciencia cierta desconoce qué tipo de vacuna se le administró. Faltan menos de siete días para se le inyecte el refuerzo, y confía en que a partir de entonces, si se llega a infectar, el virus le afecte lo menos posible.

Entre el personal de salud hay percepciones encontradas; por un lado, quiénes confían plenamente en la vacuna como un instrumento surgido desde la ciencia, cuya metodología y protocolos son casi infalibles; y por el otro; quienes tienen temores propios de la incertidumbre humana, como el experimentar una sensación de ser los conejillos de indias. Sin embargo, más allá de los fundamentos científicos y las creencias, el sentimiento generalizado se enfoca en “hacer lo que se debe hacer”. Sí, por el momento la única posibilidad para mitigar la pandemia es la vacuna, este acto no sólo se convierte en un asunto de salud individual, si no, en un deber y compromiso colectivo.

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