Sábado, 06 Febrero 2021 05:08

“¿En qué hospital trabajas?” Así es la espera para la vacunación

Written by Enrique Maldonado

Concluyen su espera, algunos juntos y otros revueltos; salen en dos grupos, al parecer ellos llegaron en auto. “¡Recuerden estar pendientes a su correo o a su celular para notificarles de la segunda dosis!”.

Claramente un plan a las dos de la tarde por un viernes no podía estropearse. Al menos eso pensaba hasta que recibí el mensaje de mi jefe: “¡Ve al campo militar para que te vacunen, es urgente (…) Tienes una hora!”. Entonces tomé la decisión: bajar del camión; la central puede esperar.

El Cuarto Regimiento Blindado de Reconocimiento está a mi vista, donde para mi sorpresa el cuerpo de soldados no estaba distraído; al contrario, sentías las miradas para evitar algún contratiempo con los protocolos. Curioso. ¿De qué hospital vienes?, ¿Nombre? Adelante. Siento las miradas de los seis hombres que resguardaban el acceso y mi respuesta se resume a “¡Buenas tardes, con su permiso!”; continúo el camino que intuyo porque realmente solo es uno, genio. Las ganas de tomar una cerveza y no de vino, como dice la canción, se hacen presentes.

Existe un roce de miradas con enfermeras que vienen contrarias a mí, ellas ya fueron vacunadas, solo acentúo con una sonrisa que claramente no distinguen por “mi bozal” blanco, digo, cubrebocas. ¿En qué hospital trabajas? ¿Nombre? —Segunda hoja, octavo de la lista (tengo que recordar eso)—.

En los edificios observo el nombre de las primeras áreas: módulo triage y módulo de registro inicial. Lástima que no pueda ver a detalle los rostros de los verdes porque el sol continúa igual de abrumador. Sus banquetas ya tenían heridas del tiempo; algunas arrugas, pero bien pintadas. “Pase por el camellón, mano izquierda y después pasa con mi compañero del fondo”.

Me aborda un señor de la tercera edad, su chaleco lo delata; forma parte del programa Bienestar, a cargo del Gobierno Federal, nuevamente me sorprende su amabilidad. Cuestión mía. Un espacio de estacionamiento y parte de un almacén nos hospedan parcialmente. Escanear un código QR y llenar un formulario en línea, “Brigada Correcaminos, Cuarto Regimiento, llene esta hoja a mano y la entrega en el siguiente módulo”. Diez minutos para llenar los formatos, por mis dudas y mis ganas de tomar mínimo un vaso con agua.

Un grupo de enfermeras esperaban lejos del módulo, después escucho a la distancia que ellas no estaban en lista, pero su coordinador las mandó a su primera dosis, falta de comunicación; aunque no entiendo cómo pasaron los demás filtros. Hay practicantes tomando temperatura y brindando gel antibacterial: “espere en la fila y acceda hasta que mi compañera le indique”.

Pasando unas vallas blancas y recorrer para contestar las mismas preguntas que me remiten a la octava fila, entrego mi formulario físico a una señorita de mirada cansada y labios resecos, la entiendo. A su derecha se despliegan más colaboradores de Bienestar, algunos revisan su celular y otros capturan datos, ¡De este lado, joven, tome asiento! Las sillas me hacen recordar aquellas fiestas patronales de mi comunidad, a diferencia que el ambiente es completamente diferente, sin remitirme a los olores de diciembre.

Un hombre de verde me resguarda, soy el único en espera. Al revisar la hora me doy cuenta de que ha transcurrido tan solo una hora desde que le agradecí al conductor por el viaje. Solo una hora. Me indica con la mano que pase por el camino de vallas, pero enseguida cambia de opinión, justo a medio levantarme (no estamos jugando). Dos minutos después me da acceso, “¡Una disculpa, joven!”, bebe su botella de la marca que tiene una gota. Quiero una.

En la carpa de enmedio decido detenerme, pues reconozco a mi compañera del trabajo, quien saluda y me extiende la mano para ofrecerme nuevamente una silla incómoda.

—¿Ya tienes listo el de quinientos? —bromea conmigo y soltamos una pequeña carcajada.

—¿Por qué estás haciendo guardias?

—Nos mandaron para apoyar esta semana, no sé si la siguiente también.

—Ojalá también vengan las demás.

—¿Alergias, dolor de cabeza, tos?

—No, todo tranquilo.

—Listo, terminamos, pasa unos minutos a la carpa de recuperación.

—¡Gracias, cuídate! — Nuevamente sonrío, pero el cubrebocas oculta la sonrisa.

Realmente el dolor no se presenta, tiene una mano muy ligera, lo sé por la vacuna de mi fractura en el dedo. “Pase al registro por favor, con la señorita del fondo”. Nuevamente el chaleco distintivo, la captura de datos es meramente protocolaria:

“¿Atiendes pacientes COVID, turno, matrícula, CURP, dirección? Espere de quince a veinte minutos para ver si se presentan síntomas, cualquier anomalía nos comunica, si no presentas ninguna reacción puedes retirarte”.

Las sillas para la espera eran diferentes, estaban cubiertas con una manta blanca y decoradas con un listón azul, pero no eran quince años, curioso. Haciendo memoria me preguntaron al menos en seis ocasiones de qué hospital provenía, las cuales no todas redacté para hacer más ligera la lectura… No había notado la pintura de los edificios, un verde pistache y los techos guindas, casi como secundaria técnica.

El silencio se adueña de la carpa unos momentos, ya todos en otros quehaceres, viendo a la nada, la copa de los árboles o riendo entre sí. Para una enfermera es muy importante quitar la cinta de la botella, esa marca con la forma de gota, nuevamente, se resiste y forcejea.

Concluyen su espera, algunos juntos y otros revueltos; salen en dos grupos, al parecer ellos llegaron en auto. “¡Recuerden estar pendientes a su correo o a su celular para notificarles de la segunda dosis!” El regreso está marcado nuevamente por las vallas, elementos están pendientes para evitar despilfarros, lo bueno. Los pasos ya son más lentos, pues a pesar de haber descansado, esos tenis no son la mejor opción para acelerar el recorrido.

Ya en mi destino, por la noche, comienza el dolor en el brazo izquierdo, como si todo el tiempo alguien me estuviera apretando, tal vez como padre regañando a su hijo. Un baño y a dormir, al menos ese es el plan…

Sábado y domingo el dolor persiste, pero ya en menor cantidad, prefiero evitar el cigarro o alcohol, “por si las moscas”. Comparto con mi familia como cada fin de semana: pláticas, comida, risas, ponernos al día, siempre con distancia.

Lunes por la mañana, sin dolor ni secuelas —aún—, entra una llamada a mi celular, no creo que sean los de bienestar ¿O sí?... “¡Hola, buenos días!”

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