Lunes, 08 Marzo 2021 00:00

Crónica de una comida anunciada

Written by Majo Soto

Ya no tiene que preparar tres sándwuiches para llevar, pero ahora entre las 10:30 y 11:00 am, se levanta de su silla y prepara un almuerzo, a veces es huevo revuelto o quesadillas o la comida que sobró del día anterior.

Hay una mujer en la sala de su casa, que ahora también funge como oficina de trabajo, con la computadora de la empresa en frente de ella y atenta al celular que usa como herramienta laboral y de vez en cuando, al de uso personal. Su labor se puede catalogar como sedentaria, o al menos así parecía ser antes del confinamiento.

Además de secretaria es madre de una joven universitaria y esposa de un profesor de matemáticas, ella dejó de asistir presencialmente a su trabajo un par de semanas después de que su familia iniciara la cuarentena; a partir de entonces, su rutina cotidiana cambió radicalmente. Había cosas buenas, como poder programar la alarma de las mañanas más tarde de lo usual, comer con su familia y distraerse de las facturas jugando con sus mascotas; pero había otras que volvían la experiencia del home-office un verdadero sacrificio.

La alarma pasó de las 5:30 am a 7:30 am, aun así las horas de sueño, como las del día, nunca son suficientes. Después de arreglarse, baja por las escaleras para llegar a la cocina, a la sala-oficina y al comedor-salón de clases; el olor a té de canela con piloncillo inunda la mañana, mientras la voz de profesor se mezcla con el noticiario radiofónico.

Ya no tiene que preparar tres sándwuiches para llevar, pero ahora entre las 10:30 y 11:00 am, se levanta de su silla y prepara un almuerzo, a veces es huevo revuelto o quesadillas o la comida que sobró del día anterior.

En cuanto el hambre se ha calmado, hay que hacer el recuento de los platos sucios, esos que se reciben con mucha alegría y apetito, pero que se abandonan despojados y se les niega una lavada rapidita; esos pobres trastecitos no se pueden quedar ahí, estorban porque el fregadero es pequeño y no hay mucho espacio para cocinar la próxima comida que es el “big deal” del día.

Es entonces cuando la mujer se convierte en una especie de robot con una estructura parecida a la de un pulpo, hay brazos para hacer la sopa, otro par se encarga de picar la ensalada y otros, de las facturas y atender llamadas; las piernas son como hélices que permiten que la movilidad sea más ágil, de la computadora al teléfono, de la cocina a la sala-oficina, al patio también hay que salir porque los perros ya ensuciaron y cuando las ganas no se aguantan, se vuela al baño.

Y entre la sopa hirviendo y los mails que llegan y llegan, los problemas técnicos surgen. El profesor de matemáticas atraviesa la sexta década de su vida y aunque es todo un genio en su área, en cuanto a computación es como esos alumnos de los que tanto se queja.

Todos han hecho de soporte técnico: la hija, el novio de la hija, los colegas, los estudiantes y sobre todo, la esposa, no porque ella sea una experta, sino porque ella está a unos cuantos metros del caos.

“Esta computadora no funciona”, “ya se volvió a trabar” “¿me escuchan, jóvenes?” “Esto no sirve”. Y ahí tienen que salir otro par de ojos y brazos para intentar ayudar, pero entonces la crema de champiñones se descuida y ¡bum! Ahora se necesita limpiar la estufa y hay que evitar que caiga al suelo, porque los perros ya vienen corriendo para ver qué pueden alcanzar; y la computadora sigue sin reaccionar y el hombre continúa pidiendo ayuda sin prestar atención al desastre en la cocina.

Antes de la pandemia el horario de la oficina y la ubicación de ésta, no le permitía ir a casa a preparar la comida ni compartirla en familia; la hija y el esposo se dedicaban a visitar fondas para calificar cuál era la mejor, los tres se reunían hasta la noche y el tiempo de calidad era el paseo diario de las mascotas y de vez en cuando, cenar mientras se miraba una película.

El cansancio después de la jornada siempre estuvo presente, pero ahora termina exhausta, abatida, sin ganas de nada y con la preocupación de “¿qué vamos a comer mañana?”. Velia, ese es su nombre y actualmente tiene dos trabajos, ninguno de ellos tiene un horario definido, se supone que como secretaria ejerce 8:30 am a 5:30 pm, pero a veces se queda frente a la computadora hasta tarde; el otro trabajo la mantiene ocupada todo el día, es el más pesado, el más sucio, más cansado y por el que no recibe ningún sueldo.

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