Lunes, 07 Diciembre 2020 13:05

¿A dónde se fueron las y los adultos y dónde quedó la educación?

Written by Carmen Vicencio*

Mucho se ha señalado que hoy, más que la pandemia del COVID, sufrimos la del patriarcado neoliberal que ha generado un sinfín de divorcios: los seres humanos se divorcian entre sí y de la Naturaleza; el presente del pasado y del futuro; el pensar del decir, del sentir y del actuar; el trabajo y la escuela de la libertad de expresión, la capacidad creativa y la alegría de vivir.

Quizá el divorcio más grave es el que sufren las y los niños de sus educadores.

Para crecer sanos y salvos, ellas y ellos requieren de amor, cuidado, seguridad, buena alimentación, libertad para jugar; de una comunidad que les abra ventanas hacia nuevos horizontes y les dé confianza en sí para explorar el mundo; de la compañía de adultos dispuestos a compartir su experiencia y sus mapas para no perderse ni naufragar en el caos de la compleja realidad; requieren también de experiencias desafiantes que acrecienten su deseo de saber, les hagan sentir pasión por un proyecto, los fuercen a pensar mejor y por sí mismos; a regular sus impulsos y afectos, a reconocer que sus acciones u omisiones pueden mejorar o empeorar su entorno; requieren sobre todo ser tratados como seres pensantes, con dignidad propia y formas peculiares de comprender e interactuar en el mundo. Sus educadores podrían aprender mucho de ellos, si estuviesen dispuestos a escucharlos con atención.

Sin embargo, satisfacer estas necesidades es cada vez más difícil en un orden establecido por el gran capital que obliga (o embelesa) a madres y padres de familia a abandonar a quienes debieran cuidar, por dedicarse a sobrevivir, a resolver sus conflictos y depresiones, a satisfacer su necesidad de evasión o de ir tras sus propios sueños (lo que excluye a sus menores).

Así, unas y otros se muestran abrumados y aturdidos sin saber cómo asimilar y menos cómo enfrentar lo que sucede. La escuela, por su parte (aún antes del confinamiento), tampoco lograba hacerse cargo de atender adecuadamente a los chicos, ya que el gremio docente viene siendo obligado, desde hace muchos años, a cumplir otras tareas (las agobiantes y con frecuencia absurdas imposiciones burocráticas, por un lado, la lucha por sus derechos laborales por el otro), que compiten con su principal encargo social: educar.

En esta confusión, frente a la frustración que genera el no poder responder a las exigencias de “éxito” del Gran Mercado, otra salida, además del abandono es el violento autoritarismo.

Resultan favorecidas con este orden de cosas las empresas trasnacionales que no sólo degradan a la educación y a las personas tratándolas como objetos de compraventa, sino que inoculan en ellas una ideología que todo lo confunde, acorde con sus intereses. Así, quien educa hoy a muchos menores es la sociedad de mercado, la televisión, el celular, o también la calle, la pandilla y la delincuencia. A muchos niños y niñas no les queda otra opción que asumir como propios los valores de esa sociedad y experimentar —sin comprender— sus múltiples desuniones.

Frente a esta situación, cabe la pregunta de si es posible educar hoy. Responderla implica convocar a la historia y recordar que las mejores propuestas y experiencias pedagógicas han surgido en condiciones especialmente difíciles (incluyendo los campos de concentración en tiempos de guerra). ¿Qué hacen o pueden hacer ahora las y los educadores para mostrar que también es posible educar de otra manera, en las difíciles condiciones que nos tocó vivir?

Estos temas son motivo de un amplio intercambio entre niños, niñas, adolescentes, madres y padres de familia, abuelas y abuelos tutores, docentes de todos los niveles y especialistas en educación.

Mención especial merece el coloquio internacional “Educación y Pandemia”, que tuvo lugar este sábado 5 de diciembre, organizado por el ‘Movimiento por una educación Popular Alternativa’ (MEPA), cuyos resultados iré comentando en próximas entregas.

 

*Miembro del MEPA

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