Lunes, 08 Febrero 2021 00:00

¿Qué marca la diferencia en la educación?

Written by Carmen Vicencio*

Cuando nos cuentan que el futuro está en internet y en las “apps”, y que no hay más remedio que aceptar la “nueva normalidad” (el confinamiento), vale preguntar: ¿en qué nos convertiremos con este encierro?; ¿vivir enclaustrados será la única opción?

Aun cuando insistan en dejar atrás el pasado, estas preguntas mueven a recorrer la historia, la literatura y la ciencia para buscar qué ha hecho la humanidad en casos similares y aprender de ello.

En su cuento surrealista El ángel exterminador, Buñuel narra cómo un grupo de gente “bien” es invitado a cenar en una mansión. Al terminar, los sirvientes se van, pero anfitrión e invitados quedan extrañamente atrapados en el comedor, aunque con las puertas abiertas. Pasan días, el alimento y la bebida escasean, la basura se acumula, los “encerrados” se desquician y al sentir frío, convierten los muebles en fogata, pierden sus buenas maneras y terminan por agredirse mutua y ferozmente. (¿Por qué los sirvientes pudieron salir?).

En la película Un canto de Esperanza dirigida por B. Beresford, un grupo de mujeres presas en un campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial, sometidas a trabajos y tratos humillantes, luchan furiosas entre sí, por un jabón. Luego recuperan su compostura, al organizar un coro polifónico. La experiencia resulta tan gratificante, que no sólo ellas, sino sus carceleros disfrutan momentos de paz y alegría.

En los 70 conocí a varios chilenos, exiliados cuando el golpe militar de Pinochet quienes, de modo similar a las coristas, mientras estuvieron presos, organizaban un hilarante “circo de pulgas”, gracias al que ganaban cierta benevolencia de sus carceleros.

Sobre este tema, el famoso psicoanalista Víctor Frankl se preguntó:

¿por qué en similares condiciones de encierro, algunas personas mantienen la cordura y sobreviven, mientras que otras se desquician, se vuelven agresivas o mueren de tristeza?

Su respuesta pone al SENTIDO en el centro. Quienes sobreviven, lo hacen cuando logran significar su encierro, como transición. Se convencen de que al final de éste, recuperarán a sus amores. Esta idea, sin embargo, es contradicha por quienes consideran que lo que desquicia a las personas es la esperanza, el apostar a que las cosas cambiarán, en vez de adaptarse a lo que “realmente” hay, aquí y ahora. Asumir que no hay más, obliga a conformarse y a ser felices, con lo que a cada quien le toca vivir.

Otras posturas no conformistas (p.e. la de Hugo Zemelman), plantean que la realidad no está “dada”, sino es dinámica, está en constante movimiento; lo que suceda con ella depende, en mucho, de lo que hagan los sujetos concretos en sus micro-espacios.

La milenaria frase “Esto pasará” genera a la vez confianza y cuidado.

En relación a lo que actualmente viven educandos y educadores, encontramos experiencias contrastantes que llevan a preguntar: ¿qué hace que unos se desquicien en el encierro y otros logren interpretarlo como desafío y oportunidad para aprender? ¿Por qué algunos docentes asumen un papel similar al de carceleros, insensibles a las dificultades que enfrentan sus estudiantes, mientras que otros se muestran solidarios, creativos y se esfuerzan para que sus alumnos mantengan el entusiasmo por saber?

Una clave está en la forma cómo comprenden su trabajo: como empleo burocratizado, colonizado por el mercado, que sólo sirve para ganar puntos en el escalafón, canjeables por prestigio o dinero, o bien, como una profesión apasionante, cuyo reto consiste en formarse y formar personas sanas, alegres, pensantes, solidarias, deseosas de comprender el mundo, participar en su transformación y con fortaleza anímica ante las dificultades.

Resolver el dilema, sin embargo no depende sólo de la buena voluntad, sino también de las pesadas condiciones estructurales que se imponen sobre los docentes y terminan por alinearlos.

Por eso sigue siendo importante agrietar este sistema, en todos los espacios posibles, para hacer brotar otras formas de relación.

*Miembro del Movimiento por una educación popular alternativa (MEPA)

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