Lunes, 15 Febrero 2021 00:00

Pa’ puras vergüenzas

Written by Gonzalo Guajardo González

Antes era camionero. Llevaba arena, grava o tepetate a todos lados, sin miedo al peligro. Pero, usté se ha de acordar, nos llegó el Sida, y nos asustamos, como ahora con el Covid. Se cerró la empresa porque ya no daba pa más. El patrón me ofreció chamba de tiempo completo en su renovadora de calzado. No sabía de eso y me negué; pero no podía estar sólo rascándome la verija y tuve que entrarle.

Me puso a bolear, pero me daba tanta vergüenza que, cuando andaba por allí un conocido, me escondía o me tiraba al suelo pa que no me viera. “Si es honrado —me dijo el patrón— ningún trabajo es malo”, y añadió: “aprende bien y ya no te pagaré sueldo, sino que tú cobrarás por tu cuenta”. Mi primer sueldo fue un fajo grandote (125 pesos por una semana); eran puros billetes de a peso.

Me agarró a su cargo, y me enseñó a fuerza de manazos y gritos: “la suela no se corta con segueta, sino con cuchillo. No tienes que mover todo el brazo: sólo la mano”. Así llegué a ganar casi siempre $450 o, a veces, hasta $600. El patrón me dijo que me quedara, pero a destajo, pues había harta chamba y me convenía más. Me hacía como cien suelas corridas a la semana, y ganaba más. ¿Cómo no animarme?

Por esa época andaba en el fut y me gustaba tanto, que me hice tiempo y dejé un poco los zapatos y, con otros tres, hasta patrociné un equipo: playeras, medias, pantaloncillos. Nos ganamos como ocho trofeos, y me los dieron pa mi casa. Mi mujer me regañaba: “¿Par’eso tanta friega?” No entendía que era feliz por salir en el periódico. Nos compramos una casita. ¿Cuándo pensé en eso?

Con eso de la chorcha, poco a poco, me fui dando al trago, y llegaba a mi casa basqueado y arrastrándome muchas veces. Un vecino me veía con lástima: “¿Tan joven y con esa enfermedad incurable? Tas pendejo”, pero ya no aguantó más y me llevó con AA; dejé de tomar, pero me costó uno y la mitad del otro. Un infierno.

Me retiré, del fut y del patrón. Él me dio 7 millones de pesos (de los devaluados). Mi mujer y yo nos dimos gusto un rato, con ese dinerito, porque mi vieja se lo merece: siempre se ha jodido conmigo. Guardamos otro poco, pero lo perdí todo, pues el PAN hizo una estafa en la caja popular. Pedí un préstamo y, con eso, me compré un banco (de zapatero) y una máquina pa coser; puse mi changarrito. Era desesperante al principio: sólo me caían dos o tres pares. Por eso busqué otros locales, pa ver donde me iba mejor, hasta que llegué a la avenida.

Me fui dando a conocer y crecía el trabajo. La señora hasta comenzó a venir p’ayudarme, pero como ella no conocía el negocio, sólo recibía encargos y me llevaba el trabajo a la casa, que hacía por las noches. Es buen negocio, porque hasta en tu casa lo puedes hacer.

Mi mujer estudió corte y confección en La Aseguradora, y con eso me ayudaba, antes de venirse conmigo al taller. Mis hijos salieron huevones para esto; sólo a uno le interesó, pero se dedicó a otra cosa. Los demás son profesionistas.

Ahora sí me gusta mi trabajo. Hasta lo disfruto y fabrico zapatos nuevos; compro hormas y material, lo corto y coso, y puedo vender calzado nuevo, aunque me gusta más ser zapatero remendón. Aunque casi no sale. Con eso de que hoy hay puros zapatos de vinil o tenis, todo se vuelve desechable.

Hay choferes de pasajeros o camioneros que se desvían de sus rutas, se paran enfrente de mi local y me dejan algunos pares, pa que se los arregle porque el fin de semana se van a galanear. Que lo disfruten, porque no sabemos lo que viene. Áhí tiene usté a mi compadre: l’encontraron el diabetis y tuvieron que cortarle una pierna.

Hasta las personas nos hemos vuelto chafas y desechables.

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