Lunes, 15 Marzo 2021 00:00

Lo que me quedó

Written by Gonzalo Guajardo González

Mis recuerdos de Dos cumbres son vagos. De ahí salimos cuando era morra todavía (seis años); la segunda de cuatro hermanos. Fue cuando llegó gente de otra religión con machete en mano a expulsar a los católicos. De esa época no sé más que lo que contaban mis papás.

Ya cuando llegamos a Zaragoza inicié la primaria; la vida era linda, pues los viejos nos daban todo; los hijos no teníamos que esforzarnos; cómo disfruté esa época, pero ahora sé que no les dábamos reposo a mis papás. Llegué a la secundaria, y la vida comenzó a jugarme chueco. Hasta ahí llegué en la escuela; no pude seguir, aunque pareció que mis papás no le dieron importancia: “No pasará hambres. Gabriela se casará y su marido la va a mantener”.

Y sí: me casé (de 23 años) enamorada. Él (de 18 años) estaba endiosado conmigo. Pero no podía mantenerme. Lo que Neto ganaba en el negocio de materiales apenas nos alcanzaba para tener el estómago medio ocupado. Recién casados, nos podíamos conformar con eso; el fuego del amor ayudaba a no hacer caso a otras necesidades. Pero bien sabíamos que así nunca podríamos encargar: ¿con qué ojos? Busqué chamba aunque era claro que sólo con la secundaria no iba a encontrar algo bueno.

Me dieron medio tiempo en una ferretería y una miseria de sueldo, con que me explotaban de tiempo completo. Juntos, Neto y yo apenas si completábamos para el fin de semana. ¿Cómo le haríamos si, tarde o temprano, queríamos encargar? Nos pasábamos la noche entre cariñitos pero eso no respondía a una pregunta crucial: cómo remediar el agrio futuro que se presentaba; y aunque nos ayudaba estar muy cerquita uno de otro, no hallábamos la puerta.

Nos tronábamos los dedos cuando, un día, los del lugar donde trabajaba Neto le dijeron que iban a poner su matriz en Querétaro, donde ofrecerían no nada más materiales, sino también servicio de mantenimiento; y que lo querían a él como jefe de área, con mejor sueldo. Ese día llegó, puso el tocadiscos y nos agarramos a baile y baile en el comedor, mientras contaba, entre gritos y risotadas, lo que le pidieron en el almacén. También yo me emocioné, y hasta nos echamos un zapateado.

Comenzamos a prepararnos. Con el adelanto que le dieron a Neto por lo de abrir la matriz, nos mudamos a Querétaro, conseguimos casa en renta y compramos algo de muebles; a la vez, renuncié a la ferretería y busqué empleo en la ciudad. La casa que conseguimos estaba en la delegación cerca de mi familia, y ellos me dirigieron al bufete que un licenciado iba a abrir, según él, sólo para gente fregada, con problemas de vivienda. Me excusé por mi ignorancia en leyes, pero el abogado me tranquilizó: no me quería para litigar, sino como secretaria y recepcionista.

Los dos primeros años fue para nosotros mucho mejor de lo que imaginé en mis sueños guajiros. Neto cayó en suavecito y los clientes lo buscan mucho; cada vez gana más. Por otro lado, en el bufete para la vivienda, mi nuevo jefe me trata muy bien, y me envía a cursos sobre atención a clientes para que yo me siga preparando. Ya hasta me dicen licenciada, y estoy aprendiendo mucho, sobre todo cuando les ayudo haciendo algunos planos (en la secundaria me decían que yo tenía talento para el dibujo).

A Neto lo procuran más en la bodega; ya dirige construcciones o aconseja con qué materiales hacerlas, qué diseños seguir, etc., y le piden novedades para sus obras. Gana mucho dinero. Se le ha subido que lo traten así; sobre todo, que las clientas lo busquen. Desde hace seis años, anda con una chica bonita y muy joven; comencé a sospechar, porque se arreglaba mucho, y me pedía que me pintara el pelo, que fuera al gimnasio para adelgazar, y esas cosas. Soy mayor que él cinco años, y le gusta que lo admiren las pollitas. Lo aburrí. Terminamos divorciándonos, y ya vive con ella.

Un muchacho que viene al bufete me pide que sea su novia; que estoy muy bonita, dice. Pero yo sólo vivo para Luisa, de 16 años, el fruto que me quedó del gran amor que le tuve a Neto.

 

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