Lunes, 22 Marzo 2021 00:00

Relatos del cuerpo y alguna metáfora que se esconde

Written by David Álvarez

El nombre peculiar de esta columna es por un curso urbanístico en el que lo simbólico se sitúa frente a dos conceptos que van de uno a otro tema, que está definido desde el título. No es mi intención hablar de ello, sino de las implicaciones corporales en la urbe desde lo que me resuena.

Por un lado, recién acabo de leer El rinoceronte (1959) de Eugene Ionesco y en segunda instancia tuve una revisión de rutina “aleatoria” por parte de la policía cerca de mi domicilio. Ninguna está vinculada más que por la figuración del cuerpo. Me explico, en el libro, que es una obra cumbre dentro del llamado teatro del absurdo, las personas comienzan a transformarse, inexplicablemente, en rinocerontes. Lo que Ionesco retrata es básicamente una alegoría del fascismo en Europa.

Luego de indagar más al respecto caí en cuenta que el libro tuvo una implicación personal con la llegada del fascismo a Rumania y el cómo su padre se convirtió en fascista. Un acontecimiento que lo marcó de muchas maneras y que, al leer esta obra, o tener la oportunidad de ver la puesta en escena, cobra significado.

En realidad, la trama no tiene que ver con lo que me ocurrió esta mañana. Es lunes a medio día. Más bien me sugirió estos aspectos del cuerpo, de lo que uno demuestra al salir a caminar, tener cierto aspecto, desalineado si quieren, y ser revisado por dos oficiales. En realidad no era una “revisión aleatoria”, porque resulta que habían asaltado a alguien hacía unas horas y sospecharon de mí. ¿Por qué? Me imagino, lo sé.

Cuando tenía rastas me sucedía lo mismo. Detenciones arbitrarias, revisiones de rutina, que la gente se te haga a un lado, que te ofrezcan drogas o que te las pidan. Para mí la policía es una mierda. No temo decirlo aún con antiguos amigos que con el tiempo pasaron de ser punks a ponerse el uniforme y representar algo con esa vestimenta, y no precisamente confianza, y no precisamente amistad.

Pero son historias del cuerpo en la ciudad. Es lo que enuncia lo que a veces no logra entenderse del todo, o sí se entiende, pero es que es inaudito. El color de piel, la expresión de género, el ser hombre o mujer, llevar cierto estilo en la ropa. El cuerpo es la materialización de la experiencia humana. Habría que ver qué sucede cuando este se convierte en rinoceronte o en un monstruoso insecto. Se crea una o muchas obras. Aunque el cuerpo sigue hablando fuera de estas, al transitar.

El cuento La carne, del escritor cubano Virgilio Piñera, se desarrolla en la tensión paradójica de dos contrarios: comer es morir. Una historia en la que un pueblo incurre al canibalismo propio, es decir, a falta de carne, deciden mutilarse y comerse cada quien su propio cuerpo.

Cuando los personajes se engullen partes del cuerpo, se va destruyendo la posibilidad de sostener relaciones sociales y culturales: un bailarín se come los dedos de sus propios pies, las señoras no pueden ni hablar ni besarse porque se han devorado los labios. Estas situaciones narrativas crean imágenes surrealistas que apuntalan un relato basado en el absurdo de la mutilación del propio cuerpo en búsqueda de la satisfacción carnívora.

No sé a qué viene todo esto. Dos personas con el cuerpo uniformado y un tipo, o sea yo, caminando cerca de mi casa. Una queja, un golpe, sometimiento contra el cofre de la camioneta. No estoy para preguntar, sino para ser interrogado. Mi cuerpo es sometido, callado, sin posibilidad de presentar alguna réplica salvo que busque problemas. No lo sé. El cuerpo está ahí, y aunque la mente se vaya, repito, el cuerpo sigue ahí.

De esto se desprenden muchas reflexiones. El absurdismo de Ionesco o el surrealismo de Piñera. Les digo que no sé nada. Pero les diré que me imaginé transformado en un rinoceronte y que dos cerdos me atacaban. ¿Quién ganará? Preferí solo pensarlo antes de comenzar un asunto mayor y terminar en los separos como un delincuente que no sabe qué pasó.

 

Facebook: David Álvarez (Saltapatrás)

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