Miércoles, 24 Marzo 2021 00:00

¿Educación socioemocional o pensamiento crítico?

Written by Luis Oscar Gaeta Durán

Vivimos en una época dominada por el culto a la psique. En una sociedad afligida por la división racial y las disparidades sociales y de género, estamos unidos por el evangelio de la felicidad psicológica. Ricos y pobres, negros y blancos, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, todos creemos que los sentimientos son sagrados y que la salvación está en la autoestima, que la felicidad es el fin supremo y que el trabajo psicológico sobre uno mismo es el único medio de alcanzarla.

Eva S. Moskowitz

La educación socioemocional es preponderante en las políticas educativas neoliberales. En oposición al pensamiento crítico, la formación afectiva atiende la condición emocional de los educandos y desestima la comprensión y reflexión del mundo objetivo. La educación emocional concibe la enseñanza entre enfoques tecnocráticos y utilitaristas que pretenden mejorar la productividad, el consumo y el progreso económico capitalista.

La tecnocracia ve las emociones como si fuesen objetos medibles y cuantificables; por ello, se ha incorporado al currículo una asignatura de educación socioemocional, que debe ser evaluada según ciertos parámetros y estándares.

Emoción y razón son constitutivos de los hombres. La primera es parte de procesos psicológicos de adaptación a los entornos (sociedad). La razón permite a los hombres, por medio de la reflexión y la acción regulada, salir de la congoja histórica que los agobia.

Sin tener condición de saber científico, la educación emocional es complemento del “desarrollo personal” de los educandos pues, éstos necesitan mejorar sus relaciones sociales –entiendo sociedad según su origen latino de sociĕtas: socio, que alude a la idea de compañía–. Así, la escuela reproduce las condiciones para una vida (de socios) en sociedad.

De ahí que la educación socioemocional tenga algunas semejanzas con el ámbito laboral y ciertas prácticas terapéuticas pues, igual que el adiestramiento empresarial, los profesores deben promover conductas del tipo de amabilidad, simpatía, flexibilidad, tolerancia y alegría –necesarias para la rentabilidad–. Con ello, las instituciones educativas dejan fuera la transmisión de conocimientos y, a cambio, mercantilizan la enseñanza.

Por consiguiente, en la educación básica se promueve el sentimentalismo y se relega o abandona la construcción del espíritu crítico. No es casual que nociones como empatía, asertividad o resiliencia adquieran mayor relevancia en la enseñanza y, de manera contraria, actividades como reflexión, diálogo y crítica queden fuera del proceso de instrucción.

Dicha situación ha sido muy útil para moldear al ciudadano que la sociedad capitalista demanda, es decir, sujetos acríticos, despolitizados y ensimismados. A la par, la cultura de la “felicidad” (ideología neoliberal) irrumpe por todas partes y promueve un entramado de ideas que sustentan el aprecio a la condición psicológica de los chicos y legitiman el individualismo.

La sociedad neoliberal ha invertido el proceso que en la antigüedad ubicó al logos por encima del mito; ahora, de forma opuesta, la doxa (opiniones y emociones) recupera terreno y la episteme (conocimiento) pierde el lugar que se le había asignado. En ese sentido, la educación socioemocional funciona como tamiz o coladera que diluye el saber y vacía todo brote de racionalidad.

El pensamiento crítico –el cual permite reflexionar y cuestionar la realidad– queda excluido en la formación escolar de niñas, niños y adolescentes y cede su lugar a una educación de bienestar personal. La emotividad ocupa el lugar del que debería disponer la crítica.

Finalmente, cabe preguntarse si la educación emocional debe ser una prioridad en la formación escolar y si tiene fundamentos pedagógicos o, por el contrario, si sus intereses giran en torno a la reproducción ideológica y material de la sociedad capitalista y la adaptación de los sujetos a nuevas formas del trabajo alienado.

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