Lunes, 06 Mayo 2019 00:00

Una nueva creencia

Written by E. M. Zaragoza

Nuestro tiempo ha engendrado una creencia funesta. Una nueva creencia vinculada a la hiperconexión. Casi un dogma. Un dogma fundacional de alguna nueva religión que avanza de modo incontenible. Es la creencia de que hay que reaccionar a todo, hay que opinar de todo, hay que responder a todos, de inmediato y a todas horas.

Es una creencia intoxicante y en ella nos hemos instalado medio mundo, casi todo el mundo. Aunque se desconozca el asunto, se debe pontificar en el acto, sea para adherirse, sea para lanzar una imprecación con ropaje de dato científico, sea para soltar una injuria, la más rabiosa, la primera que aparezca entre esas tantas que habitan en la punta de la lengua. La creencia incluye que cuando reaccione el interlocutor, movido por el mismo resorte, es preciso defenderse como defiende un perro su hueso.

Cuando se instaló la red digital, rizomática y horizontal, sus profetas proclamaron el cumplimiento de la utopía democrática que, por cierto, llegaba por el flanco menos esperado. En menos de un instante, transitamos del ocultamiento de información a la indigerible sobresaturación informativa. De pronto todos tuvimos todo a la mano, arribamos a la simultaneidad y fueron abolidas las coordenadas de tiempo y espacio.

Pero sucede que al lado de la maravilla del acceso a documentos antes inaccesibles, esto tomó la forma de una plaza inquisitorial donde en el mismo acto se formula la acusación, se dicta sentencia, se ejecuta el auto de fe y se prende el fuego. Se elevó esto al rango de altavoz de la ignorancia, ring supremo de la intolerancia y cazuela hirviente del narcisismo. Poco antes de morir, el filósofo italiano Umberto Eco advirtió que la red había generado una “invasión de imbéciles”, ya que inauguró “el derecho de hablar a legiones de idiotas”. A partir de entonces se volvió imposible distinguir entre el escupitajo y la opinión informada, que conviven en patético concubinato.

Hay demasiado humo en la cantina, hay demasiados gritos en la vecindad, hay demasiadas voces hablando al mismo tiempo. ¿Por qué no cerramos el pico, así sea tantito? ¿Por qué no sometemos un poco al pontífice que habita en nosotros y lo persuadimos de los infinitos privilegios de la escucha atenta? ¿Por qué no bajarnos del tren rápido? Con la paz interior que recuperemos, mucho aportaremos a la paz social que tanta falta nos hace.

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