Miércoles, 16 Diciembre 2020 03:23

Certeza

Written by E. M. Zaragoza

Tiene uno de pronto la impresión de que está hoy muriendo más gente. Más gente conocida, quiero decir. Y es probable que así sea. Las estadísticas y los relatos se nos ofrecen como pruebas de que por ahí va la cosa. Lo cierto es que esta percepción se alimenta por una certeza que en un momento de la vida se nos aparece como la más inapelable de todas las certezas: están muriendo nuestros contemporáneos.

No sólo mueren los padres o los abuelos o el vecino enfermo, o los tíos o los amigos de los tíos, están muriendo nuestros compañeros del salón. Se los está llevando la epidemia o su descuido o el vendaval de los años. Y sus vidas se nos aparecen como golpes de realidad, como ruidosas advertencias, como silenciosas interpelaciones. 

Pensando en eso, un amigo me hizo volver al Pasatiempo de Benedetti. El uruguayo fue dotado al nacer con la abundancia del paraíso inmenso, pues sus padres lo encomendaron a la poesía y lo llamaron Mario Orlando Hardy Hamlet Breno; en el camino, fue descartando los tantos nombres que como sábanas calientes lo envolvían, para quedarse al final con el desértico Mario, con el Mario solitario.

Cuando éramos niños/ los viejos tenían como treinta/ un charco era un océano/ la muerte lisa y llana/ no existía./ Eso dicen los primeros cinco versos. Luego cuando muchachos/ los viejos eran gente de cuarenta/ un estanque era un océano/ la muerte solamente/ una palabra./ Ya cuando nos casamos/ los ancianos estaban en los cincuenta/ un lago era un océano/ la muerte era la muerte/ de los otros./ Ahora veteranos/ ya le dimos alcance a la verdad/ el océano es por fin el océano/ pero la muerte empieza a ser/ la nuestra.

Hasta aquí Benedetti. Nos hicimos viejos, por eso siente uno que ha llegado el turno de nuestros contemporáneos. No hay más, seguimos nosotros: ya está aquí esa certeza, esa tan aplazada y bendita certeza.

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