Domingo, 25 Septiembre 2016 22:46

El discurso del odio homofóbico

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Valdría la pena comenzar por el análisis de este enunciado que sintetiza en buena medida la carga semántica de odio y amenaza que la ultraderecha enarbola en contra de quienes tienen una preferencia sexual distinta

Si dividimos el enunciado en dos partes, nos daría las claves de este análisis lingüístico: “No te metas…”, es en sí una amenaza muy severa que empleamos en nuestro lenguaje coloquial para advertir a alguien que si osa “meterse” en mi vida, en mis posesiones o en lo que sea, a cambio tendrá que sufrir las consecuencias de su acción.

La segunda parte: “… con mis hijos”, cierra perfectamente el enunciado al significar que “eso” con lo que intentan “meterse” es lo más valioso que existe en la vida y son “mis hijos” y, por lo tanto, las consecuencias serían aún más graves, es decir, violentas.

Es aquí donde se pondera el valor sagrado que la derecha y la religión católica le otorgan a la familia; pero no a cualquier familia si no a lo que denominan la “familia natural” y es en esta frase donde subyace otra aberración antropológica esencial.

Podría pensarse que dicho enunciado se lo plagian a Darwin y lo extraen de la evolución de las especies, al suponer que lo “natural”, en este caso, tiene un origen científico y lo refrendan con esa convicción. De este modo, lo “natural” adquiere un carácter perverso al condenar aquello que no se ajusta a este criterio y excluye, discrimina y atenta contra lo “antinatural” que representa la unión de dos personas del mismo sexo que también se aman y tienen el derecho a exigir su derecho a ser, existir y a vivir su vida como mejor les plazca.

¿En qué le afecta a la comunidad heterosexual ortodoxa el que haya una legalización de un modo de convivencia entre dos seres humanos que quieren unir sus vidas? ¿Cuál es el daño que les hace el que tengan el mismo derecho que los demás? Ya lo dice Joan Subirats: “la calidad de una democracia se mide por cómo trata a sus minorías”.

Incluso, si hacemos un mínimo sondeo informal, vamos a descubrir que en cada una de las “familias naturales” de nuestro país y del mundo entero tienen, por lo menos, un miembro homosexual en su familia, eso sí es “natural” y no tendría que condenarse con ese aliento de falsa pureza que impregna todo su discurso.

Por eso se trata de un discurso de odio que asumen con prepotencia y hasta con un orgullo que lastima, el cual se ve expresado de manera explícita en las dos marchas a las que ha convocado el Frente Nacional por la Familia y en la estructura simbólica de los mensajes que han difundido a través de todos los medios a su alcance.

Me viene a la memoria, la portada del semanario religioso ‘Desde la fe’ y en el cual se muestra a una niña aterrada, con la bandera de colores de la comunidad gay de fondo y la frase: “Tres cosas que te urge saber sobre la peligrosa iniciativa del Presidente”.

El contenido está plagado de información errónea y malintencionada hacia la comunidad homosexual al postular una “ideología de género” que no existe como tal, pero que conceptualiza a la perfección el esquema mental del intolerante homofóbico que desprecia y pretende destruir al que es diferente, a quien no es como él.

Este es el riesgo en el que nos encontramos en este momento, una creciente polarización y confrontación que puede devenir en un estallido social de consecuencias imprevisibles y cuya memoria histórica se remonta a la Guerra cristera que padecimos a principios del siglo XX.

Por lo pronto, las dos instituciones que protagonizaron aquel cruento pasaje histórico están nuevamente confrontadas: el Estado mexicano y la Iglesia católica. Estamos ante la urgencia de un movimiento social que refrende el Estado laico ante el vendaval que se avecina, solo la laicidad será el remedio ante la barbarie y el oscurantismo que se ha desatado.

Por lo pronto, me quedo con el testimonio periodístico de Wendy Arellano y la excelente nota de Manelick Cruz que publicaron en este semanario: ¿qué hace el periodista al realizar la cobertura informativa de un suceso en donde se le ofende de modo tan indignante? De allí la pertinencia del epígrafe que encabeza este artículo, esos “ojos que da pánico soñar”, a decir del escritor que lo sufrió en carne propia, son los ojos de quien mira diferente y pone a temblar las endebles convicciones del intolerante que sueña con esa mirada.

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