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A 150 años de la erección de la Diócesis de Querétaro,Don Faustino nos abre su álbum

Por: Efraín Mendoza

Siempre es atractivo saber qué ve alguien cuando se pone ante el espejo. ¡Arrugas! ¡Canas! ¡Miradas apagadas! Tristezas mal disimuladas. Más si se tienen 100 años. O 150, como los cumplirá la Diócesis de Querétaro en 2014.

Rodeando la alameda de la capital, fue instalada una exposición fotográfica por cuyo título se antojaba interesante: “Nuestra Iglesia: 150 años de Evangelización”. ¿Cómo se ve a sí misma la institución que, aunque a la baja, sigue siendo la mayoritaria entre nosotros? ¿Qué lectura o lecturas se dan frente a los otros? ¿En qué concepto tiene la Iglesia a la sociedad en que se mueve y a la que se propone llevar al Reino de los Cielos? ¿Su vínculo con el poder, sus rupturas, sus relaciones subterráneas, sus pecadillos? En fin, piensa uno que cuando se cumplen años puede darse el lujo de un acto de contrición.

Pero…

Para empezar, el título es un engaño. ¿Es pecado el engaño? Quizás sea el engaño una subcategoría de aquello que manda no hacer el octavo mandamiento. No lo sé. Pero nada hay entre tantas fotos, algo siguiera, que aluda a ese portentoso siglo y medio de historia. Nada que nos diga cómo los historiadores eclesiásticos explican el nacimiento de esta diócesis en plena ruptura con el Estado mexicano y bajo la corona imperial de Maximiliano I. Nada que nos diga cómo se repuso la institución durante el Porfiriato o cómo esquivó las balas de la Revolución. Cómo se ocultó durante la Cristiada. Cómo se entendió con el régimen en la primera y larga vuelta del PRI en el poder.

Como al pasar por Constituyentes vi una foto enorme del obispo Faustino Armendáriz elevando una hostia en momento más elevado de la Liturgia, pensé que la exposición sería portadora de una visión eclesiástica de la institución. Que sería una mirada hacia adentro. No está mal, pensé. Sobre todo en días en que la Iglesia ha venido pidiendo perdón por tantos pecados del pasado (y del presente, también). En días en que un jesuita está pasando el plumero por las envejecidas sacristías. No está mal, volví a pensar. Y enseguidita, otra foto de don Faustino. Qué bien que estén orgullosos de su obispo. Si don Faustino lleva al frente del obispado apenas dos años, esto es, dos entre 150 años (por favor, que alguien tenga la bondad de sacar el porcentaje), seguro tendré la oportunidad de contemplar con detenimiento el rostro de algunos obispos del pasado. Ese rictus doliente de don Bernardo Gárate López de Arizmendi, por ejemplo, siempre me ha parecido inquietante.

Pero no. De sus nueve obispos sólo hay retratos de dos. De dos, es un decir. En realidad de uno, pues ese otro queda reducido a casi escenografía. El octavo obispo, Mario de GasperínGasperín, quien permaneció al frente de la Diócesis 22 años, sólo en una foto reina solito (¡oh, sosteniendo un cáliz de oro!) y en la otra es apenas música de acompañamiento, claro, de don Faustino. De modo que en esa visión clerical de sí misma, la Diócesis no tuvo la cortesía de una palabra siquiera para sus propios obispos. Nada del obispo Rafael Camacho, que acompañó a don Porfirio durante todo el Porfiriato; nada del breve, como atractivo, don Manuel Rivera; nada de Marciano Tinajero y Estrada; nada de don Alfonso Toriz Cobián, pese a sus tres décadas al frente de la Diócesis.

Qué bueno que “Nuestra Iglesia: 150 años de Evangelización” no se reduzca a la historia eclesiástica. Es un alivio, máxime en los tiempos difíciles por los que la institución está pasando, en caída libre en cuanto a feligresía, con los templos vacíos y el descrédito por los escándalos globales, gracias a pedófilos y lavadores de dinero. Bueno, pero tampoco hay acontecimientos. Ni la coronación de la Virgen del Pueblito pesó en esos 150 años. ¡Tampoco de la coronación de la Patrona de la Diócesis! Del Primer Sínodo Diocesano, celebrado en 1943, el único que ha habido en Querétaro en 150 años, ni una palabra, ni una fotito mereció.

Se anuncian 136 fotos. Lástima.

De todos modos, es un extraordinario retrato. Si le ponemos números a sus retratos, veremos sólo autocomplacencia, culto a la personalidad. Vanidad, ¡oh, vanidad de vanidades!, el pecadillo de la vanidad. Oh, sí, el espejo bonito del poder, JF dixit.

En realidad, la exposición debió llamarse “El álbum de Faustino” y nadie se habría llamado a engaño. Está bien, tampoco le carguemos las tintas. Veamos cómo se ve a sí misma la Iglesia Católica en siglo y medio: su “evangelización”, reducida a la piedad popular, la gente en sus rogativas, esperando milagros del cielo: ahí están las 25 fotos de procesiones, mujeres de hinojos; eso sí, aunque la peregrinación guadalupana sigue siendo la reina de las devociones, la muestra deja ver otras vírgenes menores y le reconoce a San Juditas, patrón de las causas perdidas, el terreno que va ganando. Sigamos con las cuentas: Si a la piedad popular se otorgaron 25 fotos, a los templos y monumentos católicos se le dedican 15; en diez aparecen los laicos integrados a movimientos como la Adoración Nocturna, los coros parroquiales y, claro, los acólitos recién bañaditos. También se le otorgan diez fotos a altares y elementos sacramentales, cálices, crucifijos y velas encendidas.

En el descenso de la importancia, aparecen las estructuras menores de la burocracia católica: sacerdotes, religiosos, monjas y seminaristas, todos con ese aire hierático y humilde que corresponde a los siervos de Dios, con nueve fotos. Pero, oh, los cuerpos y los rostros de los santos, incluido el Hijo de Dios y su madre… ¡apenas alcanzaron siete retratos! Sí que los cielos andan a la baja. Y retratos de sacerdotes en primer plano, con su rebaño como escenografía, tres apenas.

Dice la ficha que esas fotos fueros escogidas “entre miles”. Es bueno saberlo, pues uno creería que fueron las que pudieron reunir, máxime en una institución cuya Escritura Sagrada ordena no hacerse ídolos y que prohíbe que se fomenten adoraciones distintas a las debidas al Creador, si es que con la Reforma Energética no fueron borrados el capítulo 20 del Éxodo o el 4 del Deuteronomio. Así que si se dispuso de “miles” de fotos, la idolatría (perdón, la elección) tuvo que ser deliberada.

Pues de eso ha pecado nuestra Santa Madre: de la vanidad de su pastor. Amante de la primera plana, personaje VIP de la bonita sociedad queretana, adicto a banquetes y cocteles de alta cocina, su imagen se ha incorporado a la escenografía del poder. Se ha dejado ver entre los capitanes del gran dinero inaugurando Antea LifeStyle Center, el mayor entre todos los alardes comerciales que presume la burguesía local; también se ha dejado ver aplaudiéndole al gobernador José Calzada mientras éste narra sus juveniles aficiones toreras en el 50 aniversario de la plaza de toros. Pues sí, ahí tenemos a don Faustino, un poco confundido entre los hombres de la lana, entre toros y toreros, obedeciendo humildemente al Papa Francisco, que mandó que sus obispos olieran a oveja.

Ah, pero volvamos a la exposición. Decíamos que los curas apacentando sus rebaños alcanzaron tres fotitos, y a Cristo y a su madre solitos apenas les fueron dedicadas siete. Bueno, ¿y a qué se dedican el casi medio centenar faltante de fotos? Acertó usted. Amable como es, sonriente ante las cámaras como es, siempre gentil, el señor obispo nos invitó a contemplar su álbum familiar. La exposición, en realidad, así debió titularse: “Faustino nos abre su álbum y su corazón”. ¿Cuánto costó la ampliación de más de 130 fotos de gran formato? ¿Quién pagó este colosal acto propagandístico del obispo, presentado a sí mismo como la historia de 150 años de evangelización? Las invitaciones a la inauguración, ocurrida el viernes 13 de diciembre, decían que invitaba el Ayuntamiento de Querétaro. Y la inauguración estuvo a cargo, sí, de don Faustino, pero esta vez acompañado del secretario de Gobierno, Mauricio Ortiz Proal.

Hay fotos que están bien realizadas, hasta son artísticas, podría decirse. En unas se le hace aparecer como un hombre de dos metros, imágenes bien logradas que desmienten que el obispo sea un hombre bajito. Menos mal que nadie cayó en la tentación de pasarle el Photoshop sobre el rostro. Lo dejaron como es y se agradece. Y ahí lo tenemos: Faustino sonriendo para la cámara; Faustino dando la Comunión; Faustino dando la bendición; Faustino postrado ante la Virgen de Schoenstatt; Faustino acariciando ancianas y niños: Faustino rodeado de acólitos; Faustino con sombrero de ala ancha; Faustino disfrutando la sombra que le da la sombrilla que le sostiene un joven clérigo; Faustino sembrando un arbolito; Faustino acabando de saludar al alcalde: ufff, Faustino con  los centuriones romanos…

Faustino.

Faustino.

Es la exposición del obispo Faustino. Si quiere, vaya a verla. Pero tiene que ser antes del 9 de febrero. Es la más acabada evidencia de la autocomplacencia y el narcicismo en la casa del Señor. La seducción del retrato. 150 años que son olvido e injusticia con los padres fundadores y los constructores de instituciones, un pequeño alarde de imagen, la renuncia al pasado. ¿De esa manera se busca rescatar a los católicos que se han apartado de su Iglesia? ¿En días en que sólo el 15% de los católicos va a misa, su imagen jalará mejor que las campanas?

Ciudad de Querétaro, diciembre 23, 2013

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