Lunes, 11 Enero 2021 00:00

2020

Escrito por: Lorena Olvera Reséndiz

Hace demasiado frío y está todo oscuro, puedo sentir la helada brisa de la madrugada rozar mis mejillas; sigo sin tener idea de qué hora es.

Madrugada del 23 de enero.

Me despiertan los susurros de mi tía contra mi oreja, no tengo idea de qué hora es. Me dice que tengo que salir de emergencia a Cadereyta, que mi padre se ha puesto mal y que mi mamá quiere que estemos todos con él. Me tomó por sorpresa, no entiendo nada. Mi corazón empieza a latir de manera tan apresurada que incluso lo puedo oír.

Le pido que me diga la verdad, que me explique qué sucede. Ella responde que no sabe nada, que todo lo que le dijeron es que estaba un poco mal, pero que querían que estuviéramos con él. Entonces me levanto y voy corriendo al baño a cepillarme los dientes, trato de ser lo más rápida posible, no quiero llegar demasiado tarde…

Me visto como puedo, con lo que tengo a la mano para no buscar en la maleta, como quiera regresaré en la tarde, ¿no es así?

Hace demasiado frío y está todo oscuro, puedo sentir la helada brisa de la madrugada rozar mis mejillas; sigo sin tener idea de qué hora es. Salgo de la casa y observo una camioneta y dentro de ella se encuentran tres de mis primos hombres. Subo lo más rápido que puedo y los saludo, no quiero preguntarles nada, no quiero tener miedo, todo estará bien

Uno de mis primos me hace plática a lo largo del camino, pero no me concentro en lo que me dice, mil pensamientos viajan por mi mente, todos sobre mi papá; ¿cómo estará?, ¿qué le habrá pasado?, ¿tendré que llegar a despedirme? No, yo sé que Dios no me haría eso… no a mí.

No tengo idea de nada, ni siquiera sé cómo me siento. Solo puedo percibir un tremendo nudo en la garganta, una carga en el estómago, como si tuviera ganas de vomitar; estoy preocupada. Miro por la ventana y ya no todo está oscuro, los enormes faroles iluminan la ciudad, y aunque todo es bonito, hay algo dentro de mí que no me permite estar tranquila.

Por fin llegamos a “Cade”, pero hay algo raro, ¿no se supone que tendríamos que llegar al hospital?, ¿será que ya trasladaron a mi papá a casa?, entonces quiere decir que ya está mejor, por algo lo dejaron volver a casa; mi casa, que por cierto ya puedo divisar a lo lejos. Estamos a nada de llegar… Listo, hemos llegado.

Me bajo rápidamente de la camioneta y camino hacia la puerta, y entonces veo a mi tía salir de la casa y abrazar a mi tío, está llorando. En ese momento caigo y rompo en llanto, ahora sí sé lo que está pasando. Alguien me levanta y entro en casa, me dirijo a la sala y veo a mi madre, está gritando.

Nada está bien, todo está mal. Estoy en un sueño, esto no es real, no está pasando; no a mí Dios, por favor. Abrazo a mi madre y aunque suplico que todo sea un sueño, mi subconsciente me dice que no lo es, que es real, que está pasando, que mi mayor miedo en la vida se ha cumplido; mi papá ya no está, se ha ido.

21 de noviembre.

Han pasado ya varios meses desde la pérdida de mi papá… Durante las primeras semanas fue difícil imaginar mi mundo sin él, saber que ya no iba a poder abrazarlo, recostarme a su lado mientras veíamos alguna película o ir a comer a algún lugar los fines de semana. Era difícil existir sabiendo que mi vida no volvería a ser igual. Ya nada me emocionaba, ya nada me motivaba. Me sentía rota.

Entonces pensé que mi 2020 no podría ir peor, me dije a mí misma que quizás este año me ocurriría algo bueno, una sola cosa que compensaría todo el daño de enero; pero no fue así. El 17 de marzo se envió un comunicado en el que se exigía el encierro de los ciudadanos debido a un tal “coronavirus”, la llamaron “cuarentena”, y pensamos que quizás después de esos cuarenta días podríamos salir y regresar a nuestra vida “normal”, su vida normal, porque la mía ya no era así. Pero no. Ya estamos a nada de concluir el año y seguimos igual.

Cuando comenzó la cuarentena algunas personas se sentían aterradas por la llegada del virus, otras no le tomaban tanta importancia y había algunas que ni siquiera creían en él. A pesar de todas las opiniones que giraban en torno al tema, lo cierto es que poco a poco comenzó a ser más cercano; ya no solo veíamos en la televisión cifras aterradoras de fallecidos, sino que empezábamos a notarlo a nuestro alrededor. Muertos por coronavirus, muertos en soledad, muertos sin la calidez de un abrazo familiar.

Pero esta vez había algo diferente, la gente ya no tenía miedo. Ahí fue cuando comenzó mi frustración, cada vez me sentía más enojada de saber que ya a nadie le importaba, que la mentalidad de las personas había pasado de “lleva cubrebocas y gel antibacterial”, a “que sea lo que Dios quiera, si me da, ya ni modo”. ¿Por qué?, ¿en qué momento dejamos de ser empáticos?, ¿en qué momento dejamos de pensar en quienes nos rodean?

Es cierto, tengo 19 años y, al igual que muchos jóvenes, no padezco de ninguna enfermedad crónica (gracias a Dios); el diagnóstico de los especialistas es que, si nos da siendo jóvenes y relativamente sanos, entonces solo tendremos que encerrarnos dos semanas, tomar los medicamentos recetados y ya está; seremos libres, todo bien. Pero no está bien. Tengo miedo.

Me aterra portar el virus y contagiar a quienes me rodean, porque tengo una abuelita, una tía con hipertensión, una madre de 51 años, un hermano con obesidad… tengo una familia que cuidar, personas que no sé cómo podrían responder si se contagian; y tengo miedo, me aterra imaginar que un virus me puede arrebatar a alguien más, porque sé que ya no podría soportar que alguien más me faltara. Mi familia lo es todo para mí, por eso vivo con miedo.

Sé que no soy la única que vive así. Sé que últimamente a todos nos aterra todo. A mí lo que más me aterra es perder a alguien más, pero también me aterra fracasar; sentir que soy insuficiente; pensar que no estoy aprovechando del todo la Universidad; me aterra creer que debería ser más de lo que soy ahora. Entre tanto, me aterra volver a vivir un año como este.

03 de diciembre.

Pero créanme, no todo es malo. Ayer coloqué el arbolito de Navidad junto a mi mamá, mi hermana y mi tía. Admito que hace unas semanas ni siquiera me permitía pensar en la Navidad, porque no sentía ganas de celebrarla, no este año; solo podía pensar en que mi papá no estaría sentado en la mesa.

Admito que incluso me molestaba escuchar a las personas hablar de la Navidad con un entusiasmo que envidiaba; como si todo estuviera bien. Y no lo está. Pero también está bien. Este año sin duda nos arrebató muchas cosas; a algunos nos arrebató lo que más queríamos, a otros les arrebató el amor propio, la salud mental, el trabajo, las ganas de hacer las cosas; a otros quizás les haya arrebatado sus sueños. Es algo de lo que no tengo idea, pero lo que sí sé es que sin duda está siendo uno de los años más difíciles, un año que nos está obligando a ser fuertes, aunque no de la manera en que nos gustaría.

Poner el arbolito de Navidad, platicar con familia, jugar Monopoly y cenar todos juntos me hizo ver lo afortunada que soy. Aunque siempre habrá un vacío en mi corazón, sé que hay un ángel que guía mis pasos, un ángel que me cuida y que me acompaña a todos lados.

Levantarme todos los días bajo un techo, rodeada de personas que amo, con salud, comida en la mesa y ropa para vestir, es una fortuna; tener la oportunidad de abrazar a mi mamá es una fortuna; hablar por teléfono con mi familia es una fortuna; ver sonreír a los que amo es una fortuna; jugar baraja con mi abuelita es una fortuna; incluso pelear con mis hermanos es una fortuna… Esperar la Navidad, después de todo, es una fortuna.

Lidiar con un duelo en tiempos de pandemia me enseñó que levantarme todos los días y estar viva, es una fortuna.

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