Lunes, 11 Enero 2021 00:00

AMOR

Escrito por: Sara Nikol Poblano Flores

Volteo a mi alrededor. Mi hermana está sonriendo. Mi hermana que, alguna vez tan pequeña, ya va a entrar a la universidad. Mi hermana que es feliz viviendo en su propio mundo.

Abro los ojos y parpadeo. Bostezo y giro sobre la cama para quedar sobre mi espalda. El techo blanco me saluda reflejando la luz que se filtra por la ventana. Mi cuerpo despierta con energía, es uno de esos días de hacer toda clase de cosas, de hacer el desayuno bailando, de cantar mientras doblo ropa, de reír mientras lavo trastes. Pero la rutina me llama. Hay una sola cosa que debo hacer antes de dejar el calor de mi cama y encaminarme a la cocina, despertar a mi hermana.

Mi hermana, quien se pasa la vida leyendo. Mi hermana, quien puede dormir hasta pasado el mediodía. Mi hermana, quien escucha todos y cada uno de mis pensamientos sin juzgar. Mi hermana, quien tanto me ama. Mi hermana, quien despierta con un gruñido porque no pasan de las ocho de la mañana todavía.

“Ya párate”, le digo sacudiendo su cama ligeramente y dándole pequeñas palmadas en el brazo. No me contesta, solo gruñe. “Ya sé, pero si no te paras ahorita, no te hago hot cakes”. Funciona. Se levanta como si fuera una muñeca accionada por baterías, con los ojos aún cerrados, el cabello enmarañado y un pequeño rastro de saliva seca en la comisura de sus labios. Me da una señal de aprobación con la mano, su dedo pulgar apuntando hacia arriba. “Nada más que no vayan a ser tu intento de hot cakes ‘fit’ como la vez pasada porque tuvimos que tirar la mezcla”, me advierte, como si ella fuera la mayor aquí, mientras me encamino hacia la puerta.

Una vez en la cocina saco los ingredientes necesarios de la alacena y del refrigerador: harina, huevo, azúcar, vainilla, leche, mantequilla. Enciendo la estufa y preparo los hot cakes —que mi hermana tanto disfruta— al ritmo de la música que suena en la pequeña bocina negra que dejé en la barra.

Bailo y canto —un tanto desafinado— como si estuviera dando un espectáculo; la espátula es mi micrófono y los frascos de mermelada mi audiencia. Mi audiencia es casi muda hasta que escucho los pasos de mi hermana en las escaleras, se van acercando a la cocina. No hay necesidad de anunciar su llegada, pues su voz entona con la mía y entonces ya no canto sola. La tengo a ella para hacer mis coros, y también la voz principal. Y así pasa con todo. Desde su llegada a este mundo no hago las cosas sola. No hago tarea sola, no como sola, no hago quehaceres sola, no veo películas sola, no bailo ni canto sola. La tengo a ella.

Lo que sí hago sola es cocinar, porque ella solo se acerca a la estufa cuando está sola en casa, muerta de hambre y no hay cereal en la alacena. Lo que sí hace es sentarse en las sillas de la barra y cantar conmigo, aplaudir y animarme como si fuera mi más grande fanática. La dejo escoger la música y pone uno de esos musicales de Broadway que tanto disfrutamos —ella más que yo—. Cantamos a todo pulmón hasta que ya no queda más mezcla en mi tazón. Servimos los hot cakes en platos, les untamos mantequilla, crema de maní o mermelada de fresa, y nos sentamos en la barra cómodamente para platicar mientras engullimos nuestro desayuno.

Me cuenta del libro que le dejaron leer en clase: Breves respuestas a las grandes preguntas de Stephen Hawking. Me cuenta del libro que está leyendo por gusto: alguna trilogía de las tantas que ha leído a lo largo de los últimos cuatro años. Me cuenta del dato curioso que leyó el otro día en internet. Discutimos acerca del cambio climático, acerca del aborto, acerca de la migración. Discutimos acerca de temas que cualquier otra niña de 17 años ignoraría. Pero también hablamos sobre su banda favorita, sobre el musical que descubrió ayer en la madrugada —razón por la cual se quedó despierta hasta tarde—, sobre los regalos de navidad que tenemos que comprar todavía, sobre las tareas pendientes que tenemos de nuestra clase de francés; platicamos y nos reímos de cualquier cosa.

Los platos vacíos en la mesa son indicador de que es hora de recoger el desastre de trastes que dejamos en la cocina. Ella recoge los trastes limpios mientras yo lavo todos los utensilios que fueron necesarios para hacer nuestros hot cakes, lavo dos sartenes, varios platos, cubiertos, vasos y la batidora. Ella le sube el volumen a la música y canta todas las partes del musical que yo todavía no me aprendo.

Después de eso, mientras esperamos a que nuestra mamá llegue, nos sentamos en la sala; ella con su libro, yo con el iPad. No hablamos, solamente nos sentamos en silencio, las dos acurrucadas en una esquina del sillón más grande. Pongo música instrumental a un volumen más bajo para no distraer a mi hermana, quien no puede dejar su libro. “Quiero terminarlo hoy, acabo de comprar otros tres y ya quiero leerlos”, me dice sin despegar la vista de la página.

Cambiamos de posición, ahora mi pierna está encima de sus piernas, me estiro un poco y dejo el iPad en la mesa de centro. Se me cierran los ojos, el sueño comienza a llamarme cuando mi hermana voltea sonriente y me dice: “Ya acabé. ¿Quieres ver algo en la tele, para que no te duermas?” Asiento y prendemos la televisión. Decidimos poner videos en YouTube ya que nunca nos decidimos por qué película ver en Netflix.

Nos reímos un rato, cantamos otro poco y sonreímos mucho. Es ahí cuando volteo a mi alrededor. Los marcos de las fotos me muestran recuerdos olvidados: mi hermana y yo haciendo un muñeco de nieve; posando para la cámara con nuestros disfraces de princesas, ella es la Cenicienta y yo soy la Bella Durmiente; yo abrazando a mi hermana tan fuerte que parece que la estoy ahorcando; las dos dormidas en el asiento trasero del auto, yo abrazada a sus piernas y ella a las mías; las dos abrazadas porque siempre nos ha sido fácil el demostrar cuánto cariño nos tenemos.

Volteo a mi alrededor. Mi hermana está sonriendo. Mi hermana que, alguna vez tan pequeña, ya va a entrar a la universidad. Mi hermana que es feliz viviendo en su propio mundo. Mi hermana con la que discuto rara vez. Mi hermana a la que no le importa lo que piensen los demás. Mi hermana que me entiende y no me juzga. Mi hermana que está y nunca me deja. Mi hermana que, con sus grandes ojos cafés y sus tiernos cachetes de ardilla, siempre me hace sentir mejor. Mi hermana que se ríe de mis chistes —malísimos, por cierto—. Mi hermana que no cocina, pero que es la mejor compañía a pesar de todo. Mi hermana a quien amo tanto.

Cierro mis ojos y dejo que el sueño me venza, estoy cómoda, abrazando sus piernas y ella abrazando las mías. Le pellizco la pantorrilla para que se mueva un poco, ella me devuelve una leve patada, jugando. Ella devuelve su mirada hacia la televisión mientras yo cierro los ojos por completo, sintiéndome cómoda y querida. Sé que ella siente lo mismo, y ese es el pensamiento que me acompaña hasta que mis pensamientos conscientes se desvanecen y el sueño me vence por completo.

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