Lunes, 08 Marzo 2021 00:00

“Pase lo que pase, FUIMOS TODAS”

Escrito por: Estefanía Ramírez, Lorena Olvera, Majo Soto, Michelle Ramos y Montserrat Mejía

El 8 de marzo significa lucha, hartazgo, cansancio. Se conmemora el Día de la Mujer… de la mujer golpeada, violada, agredida verbalmente, de la mujer con miedo. Es el día en que, en 1857, miles de mujeres salieron a las calles a protestar por las condiciones de precariedad laboral en las que se veían sometidas, a luchar por tener un salario más justo, a pedir igualdad, solo eso.

Los gritos aún retumban en los oídos sordos de todas las ciudades en el mundo, aún se oyen las voces que quieren ser escuchadas, los llantos de las madres que han perdido a sus hijas, los nombres de aquellas que no regresaron a sus hogares, pero también se siente la indiferencia del resto, los juicios vagos de aquellos que no comprenden el dolor y la injusticia que viven las mujeres.

¿Cómo hacer para que sus oídos ciegos presten atención a nuestros reclamos? Para que reconozcan que nuestras muertas y desaparecidas no son simples números huecos. Las voces se unen en contra de esta violencia que nos hace vivir como si fuéramos presas, escondiéndonos para no ser interceptadas- por la trata, por los feminicidas, por los agresores- y encerradas en una sociedad machista que nos prohibe la libertad, que convierte el ser mujer en una jaula rosada y doméstica.

Las consignas que retumban no sólo en las calles (también en los hogares), representan la realidad que vivimos y queremos compartir con el mundo para tratar de cambiarla, porque a pesar de que cada mujer tiene una historia propia, sabemos que al final estamos unidas por un mismo propósito. Entonces las pintas y los gritos cobran sentido, es el anhelo de que ninguna otra hermana desaparezca, o de que sea violentada, es el deseo de que la violencia cese.

En todos lados se escucha el canto colectivo de mil y un voces que lloran: “yo todo lo incendio, yo todo lo rompo si un día algún fulano te apaga los ojos”, y las calles se inundan de la marea verde y morada que reclama justicia por la violencia feminicida, el derecho a la elección sobre nuestro propio cuerpo, o denuncian el abuso sexual desde la niñez y que queda impune. Y sigue la canción: “a cada minuto de cada semana nos roban amigas, nos matan hermanas, destrozan sus cuerpos, los desaparecen; no olvide sus nombres por favor, señor presidente.” Y es que no nada más hay que evitar olvidar el nombre, sino recordar que el 8 de marzo, sobre todo, significa esperanza.

Y, aunque cada mujer lo vive de manera distinta, lo cierto es que todas nos miramos entre nosotras y sabemos por qué peleamos, sabemos que cada una de nosotras tiene una historia que contar, algo por lo cual luchar. Eso es algo que la pandemia no nos ha quitado, el anhelo de que se haga justicia por todas y cada una de nuestras hermanas. Y, aunque este año seguro será diferente como ningún otro, la protesta no acaba. Con cubrebocas y gel antibacterial, nuestra voz seguirá haciendo eco por todo México.

Este año se percibe con mayor ruido la injusticia hacia las mujeres, porque en sus hogares tuvieron que adaptarse para “complacer” a la sociedad que les niega su individualidad. Es diferente porque ahora no hay un solo día en que las noticias no nos muestren casos de hermanas desaparecidas, asesinadas, violentadas. No todas pueden marchar y gritar en las calles, pero no por eso permanecemos silenciadas, porque jamás nos volverán a callar.

Hace un año marchamos, aquí en Querétaro las jacarandas y los pañuelos pintaron al Centro Histórico de morado, las niñas y mujeres tomamos las calles y los espacios públicos porque nos pertenecen. Este año hay que recordar que trincheras desde las cuales pelear, hay muchas; algunas, por ejemplo, elegimos abrir la conversación feminista con nuestra madre, o realizamos el acto revolucionario de escribir y no solas, sino en colectivo, porque nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio, ni siquiera por escrito.

Nuestra presencia continua, ni la pandemia es capaz de quitarnos la voz. Aunque no nos encontremos físicamente, nos acompañamos mediante la prenda, morada o verde, que decidimos portar, existimos en cada acto sororo hacia nuestras hermanas, nos hallamos cuando concientizamos a más personas sobre lo que realmente simboliza este día, el 8 de marzo. Y es que esta lucha no es exclusiva de hoy, diariamente seguimos peleando por nosotras, por las demás, para que las futuras generaciones no sufran las injusticias del presente.

El año anterior asistí a mi primera marcha del 8M. Estaba un tanto asustada y emocionada. Recuerdo todo con claridad, y tengo dos memorias particulares de aquel día caluroso. El primero retrata a la artista que escribió Estado Feminicida en los adoquines del Tanque, y al mismo tiempo, señoras conservadoras jalando de su vestido, intentando detenerla y tirarla del monumento porque “eso es vandalismo”.

Creamos un muro entre la artista y las opositoras para evitar que le hicieran daño. Una de las señoras comenzó a discutir con una de las chicas que conformó el cerco, intentando convencerla de que rayar monumentos era aún más violento y así no íbamos a lograr  nada. La chica respondió: “Señora, a mí me violaron, y nadie hizo nada”. La señora cuestionó el por qué no había denunciado, la chica contestó: “porque fue mi papá. ¿Aún piensa que estas no son formas?”.

La adrenalina no me dejó procesar el momento porque huimos la artista y yo. El aerosol con el que el monumento, convertido en lienzo, desnudó al gobierno local aún está en mi buró.

Cuando regresamos a Corregidora, llegó un momento donde se hizo el silencio. Solo se escuchaban los pasos de las feministas y muy lejanamente los gritos de las mujeres que aún caminaban por Zaragoza. Todas levantaron el puño en señal de silencio y yo hice lo mismo. Se dejaron de escuchar los gritos lejanos y muy fervientemente, hasta adelante del colectivo se escuchó: “¡Por Fátima!” Fátima, la niña de 12 años que fue violada en grupo a 12 metros de su casa y cuyo cuerpo fue destruido -aún con vida- con piedras y navajas. “¡Por Ingrid!” Quien fue asesinada y desollada a manos de su pareja. Y la lista siguió y se escuchó un eco embriagante en todas direcciones de la lista interminable.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin control y sollocé como jamás lo había hecho. Parecía que por primera vez lloraba las dos violaciones de las que fui víctima y las tres ocasiones en las que sufrí abuso sexual. Parecía que por primera vez lloré aquel día que me persiguió una banda de hombres afuera de la preparatoria.

Por primera vez lloré el acoso laboral que sufrí en mi primer trabajo y donde ni los gerentes hicieron algo. Por primera vez lloré todo el machismo que me atravesó desde los nueve años hasta los 18, y que aseguro que jamás me volverá a dañar. Y aseguro también que, a partir de hoy, les haré pagar las cuentas. Nuestra voz seguirá haciendo eco por todo México.

¿Y todo para qué? Simple: para ser escuchadas, entendidas y atendidas. El propósito de esta lucha es que, como sociedad, seamos más empáticos con quienes ya lo vivieron y aquellas mujeres que están a punto de vivirlo.

Lo único que se pretende es que haya justicia, que los casos de feminicidios no queden impunes y que, en un futuro (esperemos no muy lejano), nuestras hermanas puedan salir sin miedo; usar su atuendo favorito, tener la certeza de que regresarán a casa con bien, que no tengan miedo de su padre, hermano, tío, abuelo, vecino, amigo… Sin miedo a los hombres. Sin MIEDO a vivir.

El 8M no es una celebración, es un día de lucha que nos alienta a tener un mejor futuro para nuestras hermanas, hijas, sobrinas, amigas, conocidas... Es una lucha porque nos enseñaron a ser enemigas, pero aprendimos a ser compañeras en esta causa, porque no es una, somos todas, porque no tendrán nunca más nuestro perdón, y mucho menos sus actos en nuestra contra serán olvidados. Porque somos mujeres, es que luchamos por nosotras, porque nadie más lo hará, porque el futuro será de nosotras.

Sabemos que unidas haremos la diferencia, que lograremos vencer en este mundo de hombres, de injusticias. Estamos cansadas de perder, del temor diario que nos acecha; así que nos alzaremos, gritaremos y quemaremos en honor a las vidas arrebatadas, a las compas violentadas, a nuestras compañeras silenciadas. No pediremos permiso para continuar esta batalla porque, queridas congéneres, hoy estamos haciendo historia. En palabras de Rebeca Lane: no tenemos miedo, no queremos a ni una menos.

Este lunes 8 de marzo protesto desde la virtualidad, desde el espacio doméstico, desde la rabia que siento por haber sido víctima, por tener a tantas amigas que lo fueron y por el deseo de ser la última. El feminismo para mí, significa libertad, pero sé que todavía no la alcanzamos por completo, que la hemos arrancado de a poco de este sistema misógino y seguiremos haciéndolo. El 8M es por mi abuela, por mi mamá, por mis tías, mis primas, mis sobrinas, mis amigas, por mí, por las que ya no están y por las que vienen.

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