Miércoles, 07 Octubre 2020 12:31

“Quien no sabe vivir jamás sabrá beber”: El retorno de las cantinas en Querétaro

Escrito por: Fernando Durán de la Sierra Tovar

Una vez que se entra a un bar se pasa a un entorno con unos valores que nunca nadie termina de asimilar; no es como una iglesia, pero tiene su rito

In vino veritas, in aqua sanitas

—Plinio el Viejo

“Sí, sí creo que quien no sabe vivir jamás sabrá beber”, asintió el cantinero. “Ya veo”, me dije a mí mismo. Bueno, este es el tipo de cosas que uno comienza a pensar después de unos cuantos tragos. Gracias a la costumbre y el folklore, nadie tiene una sola razón inmutable para beber: desde la satisfacción de la curiosidad hasta el intento de amnesia inducida o la simple adicción o el aburrimiento, beber tiene y mantiene un carácter ritual en la historia, aunque pueda parecer algo que es cualquier cosa. Tanto puede haber razones para beber como razones para hacer cualquier otra cosa, sigue siendo un acto de la existencia.

Después de una hora de espera, pude entrar al bar, donde —a pesar del 30 por ciento de aforo permitido a partir de esta reapertura el 1 de octubre— los meseros y cantineros trabajan apresuradamente. Los clientes toman con las miradas perdidas, o en el futbol o en sus interlocutores, cuyas expresiones se exageran, al menos las que pueden exagerarse aún.

Una vez que se entra a un bar se pasa a un entorno con unos valores que nunca nadie termina de asimilar; no es como una iglesia, pero tiene su rito. Para empezar, quien no ha ido a beber a una cantina no se pierde de ver nada memorable: hombres, en su mayoría, con notables canas o entradas, conversando entre sí, se alburean, ríen y beben. “¿Verda’ que aquí no sabe igual que en la casa?” le preguntó un señor a otro; “sí, hasta me sirvieron botana y sí sabe diferente”, le respondió este.

En la barra todos tienen los codos apoyados. Beber alcohol se asemeja a consumir marihuana en una cosa: funciona como un sensibilizador, pero sin alterar tan bruscamente la consciencia; aun así, con el alcohol, para el que no lo consume patológicamente, casi siempre se toma la vía de la extroversión a la de la introversión: uno parece menos ajeno a sus semejantes. En la televisión el partido era el Celta contra el Barcelona, cero a uno, respectivamente. Consumir alcohol puede significar muchas cosas; convivencia, por ejemplo, o un gesto autodestructivo. Hay quienes recurren a ello como un catalizador creativo; aquellos grades espíritus que se reservan siempre del mundo bajo las máscaras de la apariencia. Hay de quien se dice, en contraparte, que sólo tienen como amigos a las botellas.

De repente, Messi anotó el segundo gol para el Barcelona. Hay a quien le entusiasma la oportunidad de beber porque es algo que no hace comúnmente, y a quien lo aburre lo monótono de esa experiencia; tal vez por eso aquel cantinero concordó en que quien no sabe vivir jamás aprenderá a beber; un pensamiento que en su desarrollo tiene algo de estoico. Tal vez pueda medirse cuánto han aprendido a vivir los bebedores por lo obtuso del ángulo de su codo. Vasos que se llenan y vacían; algunas botellas nunca se mueven de su lugar y otras van cambiando diariamente.

Quienes acuden a beber parece que lo hacen por la experiencia, como esos dos señores a los que no les sabe igual la cerveza en su casa. Messi anotó el tercer gol para el Barcelona, y mi vecino de barra exclamó “Ese va que vuela para las águilas, ¿qué no?”. Yo no sé de futbol, ni me interesa, pero ese hombre sí que era insistente con ese asunto.

Invariablemente, cualquier exceso es dañino, pero ¿quién no ha bebido hasta embriagarse? La mesura exige una educación de la cual carecen muchos mexicanos que apenas saben con qué se emborrachan y le llaman “vino” a toda bebida alcohólica; seguramente esa una de las razones de que el alcohol sea nuestra droga preferida, que nadie negará que se ha llegado a beber hasta en las formas más burdas, como el elaborado para la desinfección de heridas, que también sabe cualquiera que las podrá desinfectar, pero no cerrar, por decirlo como lo diría cualquiera.

A estas conclusiones me llevó esa idea. Creo que más de una persona que me observó durante la hora y media que pasé dentro tomando estas notas pensó que era un inspector de salubridad. Terminé mi bebida y me fui. Afuera ahora todo parecía algo más familiar que de costumbre, aunque no había cambiado nada en el exterior. Sí, tal vez para “saber beber” primero se tiene que aprender a vivir.

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