Lunes, 08 Marzo 2021 00:00

Un #8M para todas

Escrito por: Tay Almada

Mientras nos organizábamos en los días anteriores (practicando técnicas de defensa personal, planeando la logística), algunas pusimos sobre la mesa un tema que nos estaba preocupando: ¿Qué hay de las mujeres trans?

El 8M del 2020 me puse unos pantalones cargo, tenis, playera negra y bandana; debajo de la ropa llevaba espinilleras y protección en los brazos. También me puse unos guantes con nudillos reforzados, me colgué un silbato al cuello y me armé con un palo de madera pintado de rosa. El propósito era proteger a las miles de mujeres que salimos a marchar en Querétaro reclamando una vida libre de violencia.

Éramos 20 compañeras en el Comité de Seguridad que se conformó para ese evento; 20 para miles. Mientras nos organizábamos en los días anteriores (practicando técnicas de defensa personal, planeando la logística), algunas pusimos sobre la mesa un tema que nos estaba preocupando: ¿Qué hay de las mujeres trans? Teníamos muy en claro que si íbamos a poner la cuerpa (y lo hicimos), que si nos íbamos a arriesgar a confrontaciones con machos (y las tuvimos) y que si íbamos a correr, gritar, empujar y proteger, iba a ser por todas las mujeres, feministas o no, cisgénero o no.

El contingente de compañeras trans era pequeño, pero hermoso. Marcharon juntas, formando un cerco con sus banderas y mantas, y con la frente en alto exigieron lo que todas: un alto a la violencia de género.

Si lo sabrán ellas, cuya esperanza de vida no supera los 35 años (Xantomila, 2020); si lo sabrán ellas, que en 2019 conformaron el 55 por ciento de las víctimas de asesinatos de personas LGBTTTIQ+ (El castigo de vivirse mujer, sobre los transfeminicidios en México, 2020).

De un año a la fecha, el discurso transexcluyente dentro del feminismo se ha hecho más fuerte. Colectivas y figuras feministas como Brujas del Mar, Las del Aquelarre, Marea Verde México, La Crítica, Laura Lecuona y Luisa Menstruadora sostienen que las mujeres trans no son mujeres, que no son el sujeto político del feminismo, puesto que nacieron con pene y se les socializó como varones. Poco conocen estas agrupaciones y personas que la identidad de género no es un fenómeno simple que se basa en un sentimiento.

Las así llamadas TERF (Trans Exclusionary Radical Feminist) recurren a argumentos análogos a los de la extrema derecha al querer ligar la identidad de una persona con sus genitales. ¿Recuerdan el autobús naranja del FNF? “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”. Tan solo hace unas semanas, en medio de un bulo reavivado acerca de una atleta trans de MMA, se leían en redes argumentos como este: “…ya vi que aprobaron una regla en donde un ‘trans’ puede participar en la categoría femenina incluso sin haberse realizado la cirugía de reasignación de sexo, o sea que aún conserva el pene (…) explícame entonces, como (sic) es correcto que una mujer luche con ‘otra mujer’ que aún conserva su miembro”. Vaya, no sabía que el pene jugara un papel tan importante en una pelea de MMA.

Estos argumentos se no pasarían de provocarnos una carcajada debido a su tremenda ignorancia de no ser porque la facción TERF está dando pasos muy concretos para arrebatarle sus derechos a las mujeres trans (y a toda persona no cisgénero, de paso).

¿En qué momento el feminismo se convirtió en un vehículo para eliminar los derechos de otras personas? Más allá de entrar en los aspectos biopsicosociales que atraviesan la identidad de género, tenemos que preguntarnos si un movimiento que hace alianzas con la ultraderecha y pide las mismas cosas es en verdad algo en lo que queremos participar y algo que se puede llamar feminista.

Existe la creencia de que todo lo que se hace en nombre del feminismo es bueno. No es cierto. Negar el derecho a la identidad jamás irá de la mano con la lucha por las mujeres, por más que intenten imponerlo. El 8M, y el resto del año, es para todas.

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