Lunes, 07 Diciembre 2020 13:29

La civilización del miedo, el principio de la enfermedad

Escrito por: Joaquín Antonio Quiroz Carranza

Lobos, brujas, hechiceras, comunistas, robachicos, terroristas o narcos, y cuando la sociedad del miedo no encuentra un chivo expiatorio, echa mano de lo invisible, de los espíritus malignos de la biología: los virus. Los pueblos prehispánicos, para eliminarlos sahumaban con copal y otras resinas sus espacios de vida, herramientas y sitios de almacenamiento, así de simple.

Pestes, pandemias o epidemias son el actual argumento de la teoría del shock, inocular miedo es el mecanismo del terrorismo de estado global. La enfermedad se presenta cuando el individuo o las sociedades se encuentran sin firmeza (enfermedad, del latín in-fermis, sin firmeza), cuando el conjunto social mira el horizonte y observa una gran incertidumbre, una gran necesidad de buscar y acumular objetos materiales y placeres volátiles.

El hijo del carpintero, Jesús el Nazareno, señaló a quien pudiera escuchar y entender: “No acumules tesoros en la tierra, donde hay comején y óxido que pueden destruirlos, y ladrones que pueden robarlo; acumula tesoros en el cielo donde no hay comején, ni óxido, ni ladrones”; el mítico reino de los cielos, no es otro lugar que el alma de cada individuo, ese lugar al que no pueden llegar ni el comején, ni el óxido, ni los ladrones, ésta sentencia la remato con lo siguiente: “dónde está tu tesoro estará tu corazón”, por ello la pandemia del miedo ha prendido como si hubiera hierba seca, porque los incrédulos de los mensajes del Cristo, siguen persiguiendo y deseando el becerro de oro, sobreviviendo sin aprender a vivir, pues como escribió Erick Fromm:

“la tragedia, sin embargo, es que la mayoría de nosotros morimos antes de haber comenzado a vivir”.

El miedo surge de la frustración, de esa sensación de que nuestra vida no ha tenido sentido, de que quedan muchas acciones pendientes. Y efectivamente, la vida de la mayoría presenta un gran déficit de amor, de abrazos, de expresiones cariñosas, de palabras bondadosas; la sociedad del miedo presenta números rojos en el arte de amar, de acumular afectos, de perdonar. Por ello el miedo crece hasta extremos de pandemia.

Si ejercitamos el arte de amar al prójimo como a uno mismo, de perdonar las ofensas, para también ser perdonado, no habría ansiedad, frustración, miedo y en consecuencia el sistema inmune no se comprometería, facilitando la acción de los microrganismos. Un individuo sereno, feliz, en armonía con sus seres queridos y con su entorno, es un individuo sano, la probabilidad de que presente una afección o dolencia es significativamente inferior respecto a un individuo que vive sometido a las fuerzas estresoras de la sociedad de consumo y del terrorismo de estado global.

La solución a las pandemias creadas dialécticamente por la sociedad de consumo y potenciadas por la industria de la desinformación, está en la armonización de las relaciones humanas, la serenidad, la paciencia, la tolerancia, el respeto a los ancestros: padres y abuelos, a la mujer, a los hijos, está en la construcción de afectos y de perdones, porque como dijera José Martí: “sólo el amor alumbra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro el barro, sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor consigue encender lo muerto”.

 

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