Martes, 20 Abril 2021 01:17

Cuatro claves para entender la crisis del agua en Querétaro

Escrito por: Claudia Romero

Cuesta trabajo encontrar notas sobre la crisis del agua en Querétaro que no caigan en el reduccionismo del crecimiento poblacional como causa, prácticamente única. Nada más falaz en una ciudad en donde crece más rápido la urbanización que la población, con casas vacías, mientras que microcuencas, humedales y arroyos, —principales reservas de agua— son literalmente enterradas en asfalto.

Como si las múltiples causas del estado crítico limitasen al consumo en grifos domésticos. Pienso en al menos cuatro realidades que nos ayudan a entender mejor el estado del agua en nuestra urbe.

1) Contaminamos nuestros manantiales y arroyos, las principales fuentes de agua dulce de la cuenca. La escasez no trajo al acueducto, —no olvidemos— fue la contaminación, siempre evitable y aún reversible, del agua potable. La decisión impulsada siglos atrás por un cabildo con conflicto de interés, cuyos obrajeros prefirieron bifurcar las mismas aguas en limpias y sucias antes que remover las fuentes de contaminación o tratar sus residuos. Un error histórico que —increíble pero cierto— seguimos replicando hasta nuestros días.

2) Sobreexplotamos el acuífero bajo la tierra. Por eso, el segundo acueducto ayudaría a detener el abatimiento para permitir su recuperación. Esta medida “temporal” cuyo costo energético, deuda socioambiental y financiera resultaron mayores a lo previsto, también resultó menor en tiempo de vida útil como en eficiencia, con aproximadamente 40 por ciento perdido en fugas al entrar a la ciudad. El abatimiento descendió los primeros años, para luego de 2014 revertirse la estadística. Los pozos que hoy siguen perforándose —con todo y acueducto— han provocado un déficit mayor.

3) Urbanizamos e impedimos con ello la infiltración que recarga naturalmente los mantos subterráneos. Un contrasentido si el objetivo del Acueducto II era —como se dijo— que estos se recarguen para volver a autoabastecernos.

4) Privatizamos el agua. Acá el problema, más allá de la posibilidad de tarifas arbitrarias, está en lo lucrativo que resulta para las constructoras, gracias a sus operadoras privadas de agua, urbanizar territorios rentables, pero sin factibilidad hídrica, en áreas de valor hidrológico y sin infraestructura pública. No importa que la demanda de vivienda no corresponda al ritmo de oferta.

Hoy nos creemos, de tanto repetirlo, que “nunca hubo agua” y que “somos tantos”, que para que “Querétaro siga creciendo”, “habrá que traer más agua” de donde se pueda. Sin cuestionarnos, no obstante una política hídrica llena de incoherencias, donde en la misma semana “no habrá agua”, dice el titular de la CEA, y “hay agua para el futuro” dice el gobernador. Donde campos de golf colindan con colonias sin acceso al agua, mostrando la selectividad de una escasez provocada.

Y aunque los ríos se regeneren solos si se les permite ser ríos, los drenajes vertidos en crudo siguen intactos. Ornamentales o abandonadas las presas que podrían almacenar agua para miles. Nosotros viendo apenas la punta del iceberg y aceptando cualquier retórica que favorece un modelo de manejo en crisis caracterizado por contaminación del agua superficial, sobreexplotación de la subterránea y transporte artificial de una cuenca a otra.

Malos diagnósticos conllevan malas decisiones. Ahora que está en boga proponer, cabría evaluar lo que aspirantes a gobernar tienen que decir en materia de agua. Si habla del “fantasma histórico de la escasez” o propone nuevos acueductos en lugar de recuperar presas, humedales, ríos y captación. Si su visión de saneamiento se reduce a plantas de tratamiento. Si no va a frenar la urbanización en zonas de valor hidrológico y pretende regularizar lo irregular en el servicio público en lugar de erradicarlo. Simple. Ahí no es.

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