Martes, 27 Abril 2021 00:59

Vacunas Nacionales. Un caso

Escrito por: Luis Alberto Fernández G.

En la famosísima metáfora de Thomas Hobbes sobre la vida precivil, cada individuo tiene el derecho natural a procurarse el sustento. Este derecho incluye el de poder tomar, si es requerido, lo que otro vecino ya tenía. Pero este, el despojado, tendría facultad para vengarse y recuperar lo que antes ya tenía. Es el “estado de naturaleza” que pronto desembocaría en un “estado de guerra” de todos contra todos. En ese mundo, al no contar con “un poder común que los atemorice a todos, …  la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.”

El mundo, con sus casi doscientos países, se comporta más o menos así. En ocasiones, las necesidades mutuas y el trato prolongado, pueden posibilitar la cooperación. A veces.

No es lo que ha prevalecido con las vacunas antiCOVID-19. Cada país se siente con el derecho, presentado como obligación con sus habitantes, de servirse primero, despojar si es necesario y dejar que cada quien se rasque con sus uñas. Un reino de individuos, sin autoridad central. Aunque, como se sabe, se obtendría más de la cooperación mutua.

Este es un motivo casi burdo que justifica buscar una vacuna propia, que no se dependa de intereses ajenos. Hay otros beneficios concernientes al desarrollo científico y el aprecio público por la ciencia, pero que los gobernantes los perciban y auspicien es, parece, mucho pedir.

Los avances en materia de comunicación fueron una desventaja por la rápida propagación del virus SARS-CoV-2 pero (en contraparte) también posibilitaron que se extendiera el conocimiento sobre él. En el caso de México, tan pronto como en marzo, cuando se empezaba a registrar la pandemia en el país, al menos cinco grupos de científicos mexicanos empezaron a diseñar, con los conocimientos, experiencia e infraestructura que ya se tenía, sus propias plataformas vacunales.  Desde entonces —es decir, hace más de un año— la cancillería mexicana, aunque no es precisamente su área, convocó a estos grupos, conoció sus planteamientos, ellos se conocieron mutuamente y después procuró, a través de la Agencia Mexicana de Cooperación y Desarrollo (AMEXCID), algunos fondos públicos para seguir adelante. Cada proyecto ignoró cuánto les dieron a los otros y con qué criterio se repartieron los recursos. A la UAQ, se le apoyó con 3.3 millones de pesos.

También CONACYT recibió los proyectos. En el primer envío de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el cual se presentaba además el desarrollo de dos tipos de pruebas de detección del virus y de los anticuerpos que provoca, se nos pidió que retiráramos el proyecto de vacuna. No se dieron razones. Mucho menos se han publicado los criterios de selección y por qué CONACYT apoyó únicamente a uno de los proyectos que, por cierto, solo últimamente supimos que no se desarrolló en México ni por científicos mexicanos.

También se buscó pronto —en junio— la atención de la Subsecretaría de Prevención y Promoción de la Salud para que conocieran el diseño y nos orientara, pues, finalmente, es su seno está la agencia reguladora mexicana (COFEPRIS), sin cuya venia no se puede aplicar ninguna vacuna ni medicamento a humanos. Con trabajos nos atendió un grupo de funcionarios (que no incluían a ningún mando) de la Secretaría de Salud. Pero después no pasó nada, porque el subsecretario López-Gatell y el director Alomía, siempre han dicho que no conocen el proyecto de la UAQ. Así es, porque no quieren.

La vacuna que ha diseñado un grupo de científicos de la universidad de Querétaro, bajo el liderazgo del Dr. Juan Joel Mosqueda Gualito, y en el que participa la rectora no por serlo, sino por ser bióloga, está basada en una proteína quimérica multiepitópica. Dicho en mis propias palabras de no-biólogo, a partir de lo que he oído a los sí-biólogos, se basa en una proteína creada en el laboratorio con diversas porciones (seis) de la proteína S (de spike, pico) del virus que causa la COVID-19, que es precisamente la que emplea este para infectar las células humanas. Cada uno de estos epítopos genera respuesta inmunológica, por lo que, al combinarlos, se multiplica la producción de anticuerpos.

Además, por ello mismo, parece eficaz contra las variantes conocidas del virus y es más o menos fácilmente modificable para otras que se produjeren. Es un muy buen diseño, de manejo más sencillo y, en las pruebas que se han hecho en animales del propio rancho de la UAQ, parece sumamente prometedor. No ha habido efectos adversos y sí una gran respuesta inmunogénica.

Faltan varios pasos —que cuestan dinero— para iniciar las pruebas en humanos y llegar a las primeras conclusiones de la efectividad ante la enfermedad. Parece que los daremos solos o buscando la colaboración de otros laboratorios, públicos y privados. Y los vamos a dar. Lo damos por seguro, entre otras cosas, porque hemos recibido un fuerte apoyo social.

Es lamentable la nula atención que le merecen los proyectos nacionales a un gobierno que presume de lo contrario. En el pasado reciente, nuestro país tenía una importante industria de vacunas, que incluso exportaba. Los gobiernos conocidos como neoliberales, en este como en otros terrenos, fueron haciendo del país un comprador de casi todo y relegaron los desarrollos autóctonos. El actual gobierno, o se comporta igual, al menos en esta materia, o también es neoliberal.

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