Jueves, 06 Mayo 2021 12:00

And justice for all

Escrito por: Alonso V. Moyers

Hace unas semanas, el caso de George Floyd llegó a su fin. El oficial de policía que todos vimos asesinar mediante la aplicación de una “técnica” de sometimiento, fue encontrado culpable de varios cargos de asesinato. De entre las muchas hipótesis que surgieron a raíz de la condena, me interesa una en particular. Un conocido periodista mexicano, radicado en los Estados Unidos, se alegró de que el caso haya encontrado justicia. No fue una declaración aislada. La idea tuvo, con diversos matices, algo de resonancia pública y sirvió, como suele suceder, para señalar la distancia entre el sistema de justicia norteamericano “donde la ley sí se cumple” y nuestro país, que siempre se encuentra en el extremo opuesto.

Sin embargo, en medio de las afirmaciones categóricas hay un camino bastante largo. El caso de Floyd es emblemático por su difusión, como lo fue en su momento, aunque sin las ventajas tecnológicas de ahora, la golpiza que recibió Rodney King, que tampoco fue un caso aislado.

No se necesita investigar mucho para conocer casos de violencia policial en los Estados Unidos. Hace un par de semanas, el diario El País difundió un video de un policía en la ciudad de Chicago, que disparó en contra de un menor de 12 años. Por si hiciera falta, aclaro: no se trataba de un “blanco”.

El asesinato de Floyd se inscribe en una serie de abusos muy característicos de los sistemas de justicia y aplicación de la ley: la forma en que ciertos grupos de personas son caracterizados. No sólo en las sesiones de capacitación policiaca, sino, en realidad, en cualquier lado: televisión, redes sociales, periódicos, notas de prensa, etc.

La condena al oficial Derek Chauvin, que podría llegar hasta 25 años en prisión, si bien supone un caso individual que logra algo de justicia (habría que, al menos, ver si la policía de Minneapolis indemnizará a la familia de Floyd), no habla de un sistema justo. El problema de las declaraciones públicas y de las loas (por otro lado, bastante previsibles) al sistema de justicia norteamericano es que colocan el lamentable suceso como un hecho aislado, al mismo tiempo que refuerzan la idea, tan poderosa en la conversación pública, de que en los Estados Unidos no hay nadie por encima de la ley, lo que sea que eso signifique.

En México ocurrió un incidente casi idéntico. Algunos de nuestros auto llamados “expertos”, en una variante más de la lógica racional, consideraron que hacían falta controles, rendición de cuentas y consecuencias jurídicas tangibles. No muy lejos, pues, de la sensación de “justicia”, luego de la condena al asesino de Floyd.

Tantos años después, y a nadie se le ocurre una aproximación distinta, ni a los problemas ni a las soluciones; se celebra que se limpió una mancha escondiéndola debajo del tapete. Y así se nos van presupuestos, asignaciones de lugares en la academia y medios de comunicación. El problema, pues, pasa por preguntarnos sobre cómo hemos construido nuestro sentido común, que permea en prácticas de todo tipo y las soluciones que se ensayan para hacerles frente.

Habría que replantearse también los sistemas de recompensas en los distintos campos, aunque vaya en contra de la lógica dominante.

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