Lunes, 31 Mayo 2021 00:00

El estrés en la “nueva normalidad”

Escrito por: Joaquín Antonio Quiroz Carranza

La 'normalidad' civilizatoria, esa del consumo despiadado, del egoísmo y la avaricia, llevó a la humanidad a esta primera pandemia global. Los pueblos fueron intimidados, encerrados y bombardeados sin piedad con mensajes de muerte inminente. Este es el experimento más grande de la teoría de shock; el resultado: pandemia de estrés postraumático.

Uno de los productos de la pandemia, además de los contagios y los fallecimientos, son los miles, tal vez millones de seres humanos con diversos grados de ansiedad, depresión, angustia, preocupación, sumado esto a la escases de siglos, al desempleo y subempleo de décadas, potenciando con ello un incremento significativo de las adicciones al alcohol, al tabaco, a las drogas, a los productos chatarra, a los pseudoalimentos industrializados, en fin, al consumo compulsivo. Ningún sistema social se salva de esto, tanto en el capitalismo como el socialismo, se presentan incrementos significativos de estos parámetros.

El estrés postraumático, el incremento en el consumo de fármacos, sumado a las crisis económicas generadas por la 'normalidad' civilizatoria, más aquellas que se gesten en la “nueva normalidad” provocarán indiscutiblemente una depresión del sistema inmune de la población humana, haciéndola más sensible ante la presencia de nuevos microorganismos.

La vieja 'normalidad' con su desarrollo científico-tecnológico efectivamente incrementó la esperanza de vida de las poblaciones humanas, poblaciones con una alta incidencia de comorbilidades o enfermedades crónico-degenerativas: hipertensión, diabetes, problemas renales, obesidad, hipercolesterolemia, problemas cardiacos, cáncer, entre otros, es decir mayor esperanza de vida con una deficiente calidad de vida.

Un nuevo paradigma, que pueda erigirse como verdaderamente humano, debería avocarse a lo cualitativo más que a lo cuantitativo, construir felicidades y afectos, la capacidad de aceptar la finitud de la existencia, en este plano existencial, de los individuos, amando al prójimo como a uno mismo, durante algunas décadas o un siglo.

La humanidad de la era científica y tecnológica no abandona los grandes deseos de los alquimistas: la fuente de la eterna juventud, la máquina del movimiento perpetuo y la piedra filosofal que transforma cualquier material en oro. Pero sobrevive estresada como consumidora voraz de todo aquello que pueda ser ingerido, poseído o atesorado. Jesús el Nazareno convocó a olvidarnos de los tesoros materiales y sólo acumular aquellos que puedan almacenarse en el alma. Tal vez sea el momento de recordar esas enseñanzas.

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