Jueves, 10 Junio 2021 16:12

Nuestra discusión pública

Escrito por: Alonso V. Moyers

No es ilegítimo que un grupo de empresarios decida apoyar determinadas candidaturas, tampoco ilegal. Sus intereses, puntuales, responden a una manera de entender el quehacer del Estado. Esencialmente, sirve para construir mercados, que no es otra cosa que privatizar. Y, desde luego, protegerlos.

Es una opción política que suscita adhesiones y rechazos y que, como todas, abusa de la hipérbole. En un libro que ha comenzado a circular, coordinado por Blanca Heredia y Hernán Gómez, se ahonda en esa idea y se destacan sus particularidades. Hemos leído, aunque sea de casualidad o de plano por algún tipo de morbo, alguno (o todos), los desplegados que ciertos actores políticos y sociales han firmado. La tesis de uno de los artículos del libro es que los gobiernos denominados tecnocráticos no construyeron (ni pretenden hacerlo) su legitimidad con base en la movilización popular. Por tal motivo, necesitaron siempre de ideólogos que, a partir de publicaciones diversas, espacios en los medios de comunicación y todo tipo de notas informativas, documentales, etc., posicionara las ventajas de los gobiernos técnicos.

El problema, pues, no está en que se organicen y que apoyen a una opción política determinada. Tampoco que, para posicionarla, caigan en la exageración. La política electoral usualmente acude a retratos fantásticos, para bien y para mal, del presente inmediato y, presenta a la plataforma política como la solución a, en este caso, ese presente ruinoso.

No es exclusivo del grupo que perdió el poder en 2018. En uno y otro lado, se utilizan conceptos con una ligereza que no sorprendería si se tratara únicamente de las o los candidatos; no se necesita rigor académico ni argumentativo para ganar una elección.

Lo que sorprende, en todo caso, son las voces que ya sea en redes sociales o en los medios de comunicación, hacen eco de las premisas más ridículas. Un grupo de empresarios sostiene que nos encontramos en medio de una dictadura. O, acaso, al borde de caer en una. Es absurdo, desde luego. No obstante, columnistas, historiadores (a modo) y periodistas, no tienen el menor reparo en lanzar la idea a la esfera pública y ver en acciones del presidente o sus simpatizantes, variantes de un gobierno totalitario.

Del otro lado no está mejor la cosa. Si bien la victoria de 2018 fracturó algunos acuerdos que amalgamaban un bloque de poder, eso no legitima cualquier acción de gobierno automáticamente, ni convierte en golpistas a quienes cuestionan las decisiones en materia de política pública, ni en golpes blandos a las acciones de quienes tratan de rearmar las piezas de ese bloque de poder.

En medio queda(mos) la ciudadanía, frente a los falsos dilemas de democracia contra dictadura, contrapesos contra poder absoluto, elecciones ilegítimas, intentonas golpistas, injerencias desestabilizadoras versus democracia verdadera. Ante eso, es imposible construir condiciones mínimas para un debate político y sólo queda el ruido, el desánimo y el reforzamiento de las posiciones encontradas.

La democracia es, sobre todo una relación social. Parece que ninguna de las contendientes, portavoces y analistas, está dispuesto a entenderlo así.

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