Lunes, 19 Agosto 2019 00:00

El debate sobre la libertad y la democracia en la educación

Escrito por: Carmen Vicencio

Con frecuencia escuchamos decir que “los padres tienen el derecho o la libertad inalienable de educar a sus hijos, según sus convicciones”. ¿Quién podría estar en desacuerdo?

Sin embargo, al observar, por un lado, las tremendas masacres que una y otra vez realizan en Estados Unidos u otros países, diversos jóvenes supremacistas blancos, yihadistas, maras salvatruchas, narcos mexicanos, terroristas, sicarios de cualquier bandera o incluso “traviesos sin ideología” como “Los Porkys”, no podemos dejar de preguntarnos: ¿hasta qué punto es válida una educación que azuza el odio?; ¿hasta qué punto es legítimo que unos ejerzan plenamente su libertad, cuando ésta implica estafar, humillar, cosificar, violar, esclavizar, torturar o incluso exterminar a otros?

Responder estas preguntas implica plantear otras en el plano filosófico-político: ¿qué entendemos por ser humano?, ¿a qué clase de sociedad aspiramos?, ¿quiénes pueden o quienes no, imponer a los demás sus criterios?

Estas preguntas obligan a acudir a la historia, para reconocer las múltiples luchas que han librado diversos grupos humanos, para emanciparse del sometimiento del que son objeto. Desde Espartaco (o mucho antes) hasta nuestros días, se vienen discutiendo las respuestas y llegando a conclusiones muy diversas. Se han inventado jerarquías para clasificar a las personas en “superiores” o “inferiores”, según su cercanía o lejanía a la divinidad, la belleza, la pureza o la perfección…, y se han desarrollado diversos sistemas políticos acordes con tales conclusiones: la monarquía o gobierno de un autócrata, representante de Dios; la aristocracia o gobierno de los mejores; la plutocracia o gobierno de los más ricos; la tecnocracia o gobierno sometido al criterio de ciertos especialistas; la democracia o gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (según la definió Abraham Lincoln).

El Artículo 3º de nuestra Carta Magna señala que la educación en México habrá de ser democrática, pero ¿cómo entender ésta cuando parece incompatible con la libertad?, porque la democracia sólo es posible, si se limita la libertad individual.

En realidad el asunto es más complejo.

Según algunos, privilegiar la libertad implicaría abrir escuelas de todos los colores para que cada quien pueda elegir la que más le convenza, pero esto abre nuevos problemas:

1. sólo los privilegiados podrían tener la escuela a su medida y,

2. estaríamos ante un sistema de guetos, mutuamente excluyentes.

Privilegiar el principio democrático en cambio, busca garantizar que todos, sin excepción, puedan gozar de cierto margen de libertad, y puedan hacer valer sus intereses frente a los de los demás. No puede haber real democracia, cuando no se escucha la voz de algún sector social, ya sea porque éste está sometido y tiene miedo a disentir, por ignorancia, o por padecer alienación (al asumir como propios los valores de quienes lo someten).

El sentido democrático de la escuela pública implica preparar a las nuevas generaciones para que sean capaces de convivir pacíficamente y participar en un intenso intercambio entre personas de diferentes creencias; enseñarlas a escuchar, a comprender la realidad, la legitimidad, la riqueza y el drama de las diferencias y, a la vez, a argumentar para mostrar la validez del propio punto de vista.

Esta opción no es posible en el neoliberalismo, que se empeña en imponer un pensamiento único, al servicio de la plutocracia (o capitalismo), con disfraz de tecnocracia.

 

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