Miércoles, 15 Abril 2020 17:15

Crónica de cuarentena III: Las video llamadas

Escrito por: Daniel Muñoz Vega

Muchos descubrimos la plataforma de video conferencias ‘Zoom’ a partir de la pandemia; alguien me cuestionó con rigidez tecnológica: “¿Apenas lo estás conociendo?”. El encierro hizo que migráramos por completo al contacto virtual. Si bien ya estábamos hiper conectados por los dispositivos y las redes sociales, apenas fuimos conscientes de ello. A mediados de la década pasada Skype fue una verdadera revolución tecnológica, la video llamada era algo que imaginábamos siendo niños cuando pensábamos en el futuro, era del terreno de la ciencia ficción. Mi generación pasó parte de su infancia viendo a Los Supersónicos.

Hace 30 años vimos como Marty McFly fue despedido de su trabajo por una video llamada, en 1989 tuvimos una versión de ese futuro, que hoy, en plena pandemia, se nos hace muy normal. Las video conferencias van desde las clases de la escuela, juntas de la oficina, reuniones familiares y el ocio con los amigos. Zoom y todas las mega plataformas virtuales sustituyeron a los campus universitarios del mundo. Clases de yoga y de guitarra son impartidas por Zoom, y las tertulias virtuales aminoran la ansiedad.

Zoom se popularizó con la cuarentena que trajo a nivel global el COVID-19. A mediados del mes de marzo, la empresa, quien tiene su sede en Silicon Valley —la bien llamada la Meca de la Tecnología—, tenía buenísimos días de cotizaciones bursátiles, y así como vemos que el capitalismo se comienza a tropezar, bastaron dos semanas para que Zoom tropezara igualmente en esos mismos valores cuando se dio la noticia de las filtraciones de datos personales de sus usuarios a China y su vulnerabilidad en hackeos informáticos. Pero unos no entendemos mucho a cerca de eso o nos vale gorro y usamos la plataforma, no somos conscientes del constante ‘Black Mirror’ o del ‘Gran Hermano’ en el que vivimos.

El mundo comenzó dando pasos paulatinos a su digitalización, pero los avances permitieron acelerar a fondo para que todo se migrara a la nube y para que la vida se controlara a través de los smartphones. Convenientemente para los gobiernos y las economías, los algoritmos “piensan” por nosotros, y en medio de esta crisis el internet juega un importante papel. ¿Qué sería de una pandemia como la que estamos viviendo sin el uso del internet? Los asiáticos tienen una respuesta.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han escribió hace tres semanas para el diario El País sobre el coronavirus y la forma como el gobierno chino ha usado el Big Data para combatir la pandemia, explica por qué los asiáticos han tenido mucho más éxito enfrentando el virus que los occidentales.

No sólo son los virólogos o epidemiólogos, sino también los programadores los que luchan contra el COVID-19. China vive en un estado permanente de vigilancia digital, cosa que no se contempla en Europa por las legislaciones de protección de datos personales. Pero no vayamos tan lejos, ¿qué sería de nuestra propia burbuja sin el uso del internet ante semejante simulacro del apocalipsis? Estamos encerrados, pero contamos con las cosas de nuestro mundo a través de la red y eso es un simulacro para el futuro, a algunos les vendrá bien y se quedarán así, parcialmente encerrados cuando la crisis del coronavirus haya pasado.

La actual situación ha borrado el concepto que teníamos de semana. El lunes ahora es igual que el domingo; escribo esto en la semana de vacaciones, que por un lado ha sido exactamente igual a la semana pasada, pero por otro, las noticias de cómo el virus se comporta en México y las expectativas económicas nada alentadoras, hacen la semana más silenciosa, pero es un silencio incómodo generado por la preocupación, que detona en neurosis colectiva.

Entre el encierro y el home office y los cursos virtuales, resulta trascendental, para la salud mental de todos, el bendito ocio, la tertulia, la plática, la risa, y es por las plataformas de video llamadas como mantenemos contacto con los amigos y la familia cumpliendo cabalmente aquello de la sana distancia.

Los amigos convocan a una reunión y alguien manda la invitación de Zoom. Entramos a la reunión virtual y nos vemos las caras. Somos nuestros propios meseros, nos dirigimos al refrigerador y agarramos una cerveza.

Platicamos de muchas cosas, pero sobre todo del coronavirus. Alguno juega con el croma y se va a la playa, al universo, a un estadio de futbol. Zoom te permite compartir pantalla y en una reunión que tuve con amigos empezamos a ver videos de YouTube con resúmenes de partidos históricos de la selección mexicana: “¿te acuerdas de ese partido?, ¿te acuerdas quien alineó?”. Lo mismo que hacemos en la mesa de un bar, por ejemplo, hablar largas horas de futbol, ahora lo hacemos de manera virtual y hasta con material didáctico incluido.

Pero ahora bien, el modelo de mundo al que nos ha llevado el coronavirus, donde se encuentran soluciones a los problemas de la cotidianidad por medio del internet, no deja de ser desabrido, el contacto por una video conferencia puede ser el modelo que se quede después de la pandemia, y me niego a que el salón de clases sea el mismo cuarto dónde alguien duerme, que la distancia para ir a la escuela sea de la cama al escritorio, peligramos en ser autómatas que se despierten y vayan a la computadora.

La cuarentena tendrá que pasar, y tendremos que negarnos a quedarnos en casa; si la casa es el lugar del vacío mental y ese espacio de protección necesario para pasar el tiempo sin hacer nada, ojalá estemos más ahí; pero si nuestra casa va a ser el lugar para que se conjuguen todas nuestras neurosis, no faltará mucho para que colapsemos y experimentemos una asfixia en todos sentidos.

Un encierro voluntario con tintes permanentes trastornará nuestra personalidad y nos enraizará más en nuestro individualismo. Urge recuperar el espacio público cuando esto pase: las escuelas, los parques, las calles, los bares, los restaurantes, los cines, —Netflix no puede ser el modelo permanente de entretenimiento—, que esto del encierro quede en un experimento para el lejano recuerdo, el día que el mundo se tuvo que quedar en su casa para luchar contra un virus que nos sirvió para valorar más el mundo real por arriba del mundo digital.

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