Viernes, 08 Mayo 2020 17:02

Hasta siempre Óscar Chávez

Escrito por: Kevyn Simon Delgado

El pasado 30 de abril, el cantautor y patrimonio cultural mexicano, Óscar Chávez, falleció a la edad de 85 años, presuntamente de COVID-19… y de viejo. Las muestras de cariño –necesariamente por las redes sociales digitales– se dejaron sentir. Su música se volvió a compartir, canciones como Macondo, La niña de Guatemala, Hasta siempre, comandante, Por ti, El fin del mundo, La casita, etc., calaron más hondo de lo acostumbrado.

A mi consideración, fue el máximo exponente del ‘canto nuevo’ en nuestro país, que recuperó el folclor latinoamericano en los sesenta, junto a otras voces como Judith Reyes, Los Nakos, Amparo Ochoa, Los Folkloristas, Gabino Palomares, Eugenia León, etc., y que, con todo respeto, no le pide nada a un Víctor Jara o un Silvio Rodríguez.

Siempre crítico de los atropellos gubernamentales, en su centenar de grabaciones dejó plasmada su postura a favor de la lucha de las y los de abajo, cantándole a campesinos, obreros, ferrocarrileros, maestros, estudiantes y guerrilleros, desde Ernesto Guevara de la Serna y Genaro Vázquez Rojas hasta el subcomandante Marcos.

Su primera obra fue grabada en 1963, meses después que la de Bob Dylan y a la par que The Beatles. Ahí nomás. Pero a diferencia del ahora Nobel, Óscar nunca se ‘electrificó’, manteniendo la guitarra acústica.

Estudiante de teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes –la que le deberá hacer un sentido homenaje apenas se pueda, ya que fue de los primeros cantautores de música tradicional en cantar en el Palacio de Bellas Artes en 1973, entonando sendas canciones a los recientemente fallecidos Genaro Vázquez y Salvador Allende–, participó en un par de puestas en escena antes de ser invitado a protagonizar la película Los caifanes de 1967, de donde salió el apodo que lo acompañó hasta hace unos días, El caifán mayor, el que las puede todas.

En lo particular, empecé a escuchar a Óscar desde la licenciatura y si bien nunca he sido muy ‘fan’ de la trova, la postura política del caifán me agradó bastante. Y como cantautor de protesta lo llegué a admirar.

Seguramente como tantos otros, me puse a revisitar sus discos, como Cantos ferrocarrileros, Amorosas, divertidas y horrorosísimas canciones a la calaca flaca, Canciones de la guerra civil y resistencia española, México 68, Parodias políticas, Parodias neoliberales, Mariguana, Chiapas, etc. Así como sus películas. La más famosa, sin duda, la ya citada.

Debo advertir que no estoy familiarizado con el cine mexicano de fines de los sesenta como para comprender por qué Los caifanes sobresalió como lo hiso. Dirigida por Juan Ibáñez, escrita por éste y Carlos Fuentes (quien para entonces ya había escrito La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Aura), y con una breve actuación de Carlos Monsiváis (para el 67 aún no publicaba nada particularmente relevante, pero ya era presentado como un escritor a tomar en cuenta), la película tiene una simpática referencia para quienes vemos la película desde Querétaro, ya que la palomilla de amigos, si bien es originaria de la Ciudad de México, dicen trabajar “de mecánicos en Querétaro, [pero] ahí todavía están medio subdesarrollados”. ¿Qué quiso decir Fuentes con ésta línea? Probablemente poco.

El guión y la película, me pareció, buscan hacer un retrato y un cuestionamiento de las diferencias sociales en la Ciudad de México a través de una juerga de antología, rescatando la ‘otra lengua’ del barrio.

Un poco como ya lo habían hecho Luis Buñuel en Los olvidados 17 años atrás y el antropólogo gringo Oscar Lewis con Los hijos de Sánchez en el 61, retratos descarnados -y censurados por el gobierno- de los sectores más bajos de la capital del país; incluso se repite cómo lo vivaracho se transforma en gandallismo de un momento a otro, entre la peda del ‘Azteca’ -quien por alguna razón va de traje-, las risas histéricas del ‘Mazacote’ y los robos y ligues con prostitutas mayores del ‘Capitán gato’. Pero me quedé con la sensación de que no les salió, que fue, tal vez, pretenciosa.

Quizá con mejores actuaciones y más presupuesto; pero, en fin, Los caifanes” se convirtió en un clásico. De lo interesante es que no hay ‘buenos’ ni ‘malos’ ni enseñanzas moralinas después de la pedota. Lo más destacado, no es por nada, es Óscar Chávez, pero, por fortuna, se dedicó más a la música que a la actuada.

Toca despedirse de otra figura emblemática. Hasta siempre, compañero Óscar Chávez, tus canciones iluminarán más de una barricada, estoy seguro.

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