Viernes, 12 Junio 2020 15:20

Urge que recuperen su humanidad

Escrito por: Gonzalo Guajardo González

Son multitudes los grupos humanos que arriesgan la vida en fugas para dejar atrás miseria y dolor, y alcanzar mejor vida para sí y, sobre todo, para los “suyos”. De muchas partes del planeta huye la gente, que arriesga su vida, con tal de garantizarse seguridad, ocupación productiva y salud. Si se consigue eso, vale la pena correr todos los riesgos, Basta con un hálito de vida para pensar que todavía hay una oportunidad.

Así ha de ser el coraje de vida que mueve actualmente a esos europeos que abandonan sus espacios conocidos, o esos africanos o asiáticos cuyos gestos de ansiedad y dolor aparecen en primeras planas de revistas internacionales.

Algo similar sucede en el otro hemisferio, el americano, donde también miles de personas emigran de sus espacios de miseria (en suelo firme o en islas agredidas por la voracidad capitalista), para llegar al norte continental.

Van solitarios, en caravanas o con sus familias, y en su corazón portan el único anhelo de ganar algunos billetes para que su gente pueda comer. Aprovechan para salir, por temporadas, en grupos discretos o en grandes oleadas que, con ese mismo propósito, ingresan subrepticiamente a territorio de los EEUU.

La tradición nacional llama a esta gente, genéricamente, mojados, migrantes o braceros. En realidad, son el excedente de fuerza de trabajo que no encuentra empleo en México (o en su propia tierra) y termina rechazada, expulsada como excrecencia.

En tierra firme, selva o desierto, pantano o costa, igual que en altiplanicie, en las márgenes de grandes urbes o a la vuelta de la casa de usted –si es que no vive con privilegios sociales y, por tanto, con un halo de protección económica de primera categoría– se reproducen una y otra vez, con el mismo drama, las muestras del Tercer Mundo.

No es necesario un discurso rebuscado para dar a entender en qué consiste ese horizonte de parias, tal ejército de desempleados, con el sello indeleble de lumpen, que carga siempre con el fardo de sus hijos enfermos de hambre y de soledad, sin escuela, con los pies descalzos enredados por el desprecio de los que, en sus autos de lujo, hacen marchas ostentosas, por las grandes avenidas (no las iban a hacer en suelo intransitable, ¿verdad?) para seguir exigiendo sus privilegios, mientras son atendidos por sus sirvientes con bebidas y alimentos con que su clase social los sabe deleitar.

Contraste entre vecindarios fifí y veredas de chozas levantadas a media alzada –después del terremoto de hace cinco años, que ya no dio para levantar las casas caídas en ese lugar, pero permitió la creación de amplios y siempre verdes jardines en Rinconada de mis sueños. Los poderes gubernamentales y municipales se desviven en cuidados y servicios a los patrones de verdad, los que no pagan impuestos, los que dicen que dan empleo a la población, aunque sólo se llevan sus metales, sus aguas y los productos de sus fuerzas laborales.

Entre los que, por un lado, desfilan montados en sus autos y los que, por otro lado, reclaman inútilmente a diario sus derechos hay un contraste que deja ver con claridad el proyecto burgués que orienta su atención exclusiva a la clase social que manda (aunque son “los de hasta abajo” lo que pagan el mayor monto de impuestos que usa el Estado para las obras que emprende).

Unos viven en espacios opulentos, cuidados (por trabajadores cuyos sueldos están pagados por la población a través de los impuestos), que gozan de dotación suficiente y oportuna de avenidas por donde da gusto caminar.

Otros duermen a retazos, en zonas a las que no se puede llegar por falta de transporte, cuyos hijos ven la miseria de la pobreza insultante y de la basura que a diario deja su huella, zonas que no cuentan con servicios, ni con calles, que carecen de lo elemental para sobrevivir con dignidad tienen calles, cuyos hijos son los emigrantes que a diario mueren bajo el testimonio de la oscuridad, del abandono, del indio o el negro golpeados, del niño y la madre abandonados, de esos cuya vida –¿pueden decir que tienen algo así?– transcurre al margen del disfrute, en esos espacios donde se debaten entre los desechos y el anonimato.

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