Lunes, 11 Enero 2021 10:00

Los usos digitales en el año que se fue

Escrito por: Sergio Rivera Magos

El año que se fue. El 2020 es sin duda un hito en la historia de la humanidad. Cuando creíamos que las grandes amenazas biológicas estaban controladas y eran episodios de un pasado que jamás volvería, la realidad nos alcanzó golpeándonos con fuerza.  El COVID-19 transformó nuestras vidas, trastocó la economía y las nociones más acendradas en el imaginario colectivo, como normalidad, sociabilidad, proximidad. A cambio, incorporamos nuevos conceptos y directrices: sana distancia, quédate en casa, nueva normalidad.

La vida dio un vuelco enfrentándonos a lo desconocido, volviéndonos de un día para el otro frágiles y vulnerables. Incorporamos un riesgo más a nuestra —de por sí— insegura condición de habitantes de un país desigual, lleno de violencia y amenazas constantes. Las certezas se fracturaron y las expectativas se redujeron a volver a la vida de siempre, imperfecta, incompleta, pero vivida en planos y contactos físicos. Perdida la posibilidad de ser y estar en espacios públicos, nos refugiamos en el pequeño formato, en la pantalla digital y en los límites de lo doméstico.

En este escenario, para los conectados las plataformas digitales se erigieron como las grandes aliadas para cumplir con el “quédate en casa” y para intentar funcionar en un mundo puesto de cabeza.

Las redes sociales nos sirvieron para informarnos, expresarnos y socializar. Zoom fue nuestra ventana al colegio, al trabajo y al círculo de amigos cercanos. En medio de la crisis, la necesidad de funcionar y gestionar lo cotidiano llevó a muchos a procesos acelerados de alfabetización digital. Se descargaron aplicaciones y se consumieron los tutoriales respectivos, se descubrieron las ventajas del e-comerce y de las plataformas de entrega a domicilio, se hicieron pagos y operaciones sin ventanilla de por medio: lo digital cobró más sentido que nunca.

La pandemia nos llevó a nuevas formas de administración, no sólo financiera, también de tiempo y espacios. Netflix y otras plataformas de su tipo resultaron un refugio en donde apaciguar con series y películas las ansias de salir y transitar. El entretenimiento doméstico se volvió esencial, sustituyendo a otras formas de pasársela bien y distraerse. La pantalla se convirtió en paisaje, escenario, ansiolítico y destino final de horas y minutos en casa.

Descubrimos las ventajas del home-office, pero también su tiranía. Pronto las fronteras entre el trabajo y ocio se difuminaron y terminamos sumidos en un loop incesante que nos hizo difícil determinar dónde empezaba la oficina y dónde terminaba el dormitorio. La información se volvió más necesaria que nunca, consumimos y consumimos: estadísticas, declaraciones, datos y conferencias de prensa.

Mientras los medios intentaban dar su versión de la realidad, el gobierno federal nos vendía un “ya estamos saliendo” desde mañaneras diseñadas para construir verdades alternativas y piezas de ficción. Las redes sociales por su parte, informaban y desinformaban con igual velocidad y efectividad. La infodemia se hizo presente como realidad, pero también como el conjuro para enfrentar toda crítica al desempeño gubernamental.

Sin salir aún de la crisis, con la esperanza de una vacuna que llegará, seguimos enfrentando la pandemia; algunos de manera responsable y disciplinada, otros desdeñando el riesgo y empecinados a mantener su estilo de vida. Las crisis representan grandes oportunidades, reza la frase motivacional, pero deberían sobre todo generar importantes aprendizajes. Las preguntas serían entonces: ¿qué hemos aprendido de ella? ¿que reflexión nos dejó y a donde ésta nos lleva?, ¿que parte de nosotros tocó o cómo cambió nuestra manera de enfrentar la vida? Preguntas existenciales a las que cada uno dará respuesta como mejor consideré.

Por lo pronto, sabemos que hoy somos más digitales que antes de la pandemia y que las pantallas son un recurso a la mano para seguir conectados con el mundo y lo que en él, para bien o para mal sucede.

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