Lunes, 24 Mayo 2021 00:00

Empatía y política

Escrito por: Sergio Rivera Magos

Entendemos por empatía la identificación de una persona con el estado de ánimo de otra. Por tanto, debe de acompañarnos en nuestra vida cotidiana como una condición indispensable para poder relacionarnos sana y productivamente con los demás. En la política la empatía cobra un valor crucial, pues implica que los funcionarios públicos puedan conectar con el ciudadano y acompañarlo en sus sentimientos y expectativas.

La empatía no sólo implica ponerse en los zapatos del otro y sintonizar por un momento con sus circunstancias y emocionalidad, demanda compromiso y acompañamiento, el convertir su causa en una tarea en común para ayudarle a superar sus problemas o adversidades. El funcionario que no puede conmoverse con el dolor humano, está impedido para el servicio público, debería estar descartado para cualquier tarea vinculada al bienestar de las personas.

Como asegura Daniel Goleman, padre de la inteligencia emocional, para que haya empatía debe haber registro del otro. Esto es indispensable para el ejercicio de la empatía en la política, como propone el escritor argentino Sergio Sinay al asegurar que:

“quien desarrolla la empatía deja de ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines, como obstáculos a apartar u objetos descartables”.

Cuando sucede una tragedia, un desastre natural o un accidente que impacta la vida, la salud o la tranquilidad de los ciudadanos, es indispensable que el político conecte con el dolor y establezca vínculos de apoyo y confianza con las víctimas. No se trata de sacarse de manera oportunista la foto o de promover la imagen política a partir del sufrimiento ajeno, sino de estar cuando los ciudadanos más lo necesitan. La presencia del funcionario público implica -para la víctima- respaldo, la sensación de ser vista y escuchada, que su tragedia no es asunto menor para el gobierno.

Los funcionarios asertivos y sensibles que logran poner a la víctima en el centro de la resolución de la crisis, generan confianza y afirman lazos identitarios, muy importantes para los que caen en desgracia. Sin embargo, es frecuente que la clase política esté más preocupada por su imagen o el resultado electoral, que por las personas y su bienestar.

El accidente de la línea 12 del metro nos mostró lo importante de la empatía en la gestión de las crisis, sin ella el ciudadano queda huérfano, convertido en una presencia incómoda que entorpece la ruta electoral. Frecuentemente, cuando se es oposición, se busca la cercanía con víctimas y colectivos en desgracia. Las víctimas, cuando son imputables a los otros gobiernos, resultan tremendamente útiles, pero una vez en el cargo, no conmueven con la intensidad de otros tiempos, ni son dignas de atención; son, como dice Sergio Sinay, obstáculos a apartar u objetos desechables.

En el caso del accidente del metro, lo que debió de implicar una suma de esfuerzos por cobijar a las víctimas y atenderlas de inmediato, se convirtió en un reflejo casi orgánico por culpar a los medios. Desde la lógica gubernamental, deberían no dar registro de la realidad o aún mejor, ignorarla. Desde el discurso matutino oficial, la gravedad de los hechos es relativa y se convierte en tragedia por obra de la cobertura mediática que siempre exagera, movida por la intención de lastimar al infalible proyecto transformador.

La empatía en la política se ha en convertido en algo intermitente, reservado para causas útiles o electoralmente productivas. Si las tragedias no sirven para instrumentalizarlas en contra del bando opositor, resultan poco atendibles, e incluso se vuelven inconvenientes.

Además de otros valores deseables en un político, la empatía cobra cada vez más importancia en sociedades como la nuestra, donde la tragedia y los accidentes se multiplican día con día.

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