Lunes, 22 Marzo 2021 00:00

El arte de vivir

Escrito por: Ricardo Rivón Lazcano

El filósofo Franco Volpi “armó” la edición de Los aforismos sobre el arte de vivir, de Arthur Schopenhauer. La intención de Volpi fue proyectar —partiendo de escritos dispersos de Schopenhauer— una estética de la existencia que, por definición, es un arte de prudencia.

He seleccionado y recortado los aforismos tratando que cada corte, aunque se mantenga en los límites temáticos, tenga autonomía:

 

-Vista desde los años mozos, la vida es un futuro interminablemente largo; en cambio, vista desde la vejez, es un pasado extremadamente breve.

-Uno debe haber envejecido; es decir, vivido mucho, para darse cuenta de lo corta que es la vida.

-Cuanto más viejo se es, más pequeñas aparecen todas las cosas humanas, en conjunto y por separado: la vida, que en nuestra juventud se erguía ante nosotros sólida y estable, se nos muestra ahora como una rápida sucesión de imágenes efímeras: la inanidad de todo se hace patente.

-El tiempo mismo transcurre en nuestra juventud de manera mucho más lenta; en consecuencia, el primer cuarto de nuestra vida no sólo es el más feliz, sino el más largo, por lo que deja más recuerdos, y cualquiera, si fuera instado a ello, podría contar de él más cosas que de los dos siguientes.

-Incluso, en la primavera de la vida, al igual que en la del año, los días se alargan pesadamente. Mientras que se hacen cortos en el otoño de ambos, aunque también más alegres y estables.

-Pero ¿por qué en la vejez se percibe la vida, que ahora ha quedado atrás, como tan breve? Porque se estima su brevedad por la de su recuerdo. De este, en efecto, ha sido excluido todo lo trivial y mucho de desagradable, de forma que es poco lo que queda.

-Pues, así como nuestro intelecto es, en general, muy imperfecto, otro tanto ocurre con la memoria: lo aprendido debe ser ejercitado, el pasado, rumiado, si no se quiere que ambos se hundan lentamente en el abismo del olvido.

-Pero ocurre que no solemos rumiar lo trivial, y casi nunca lo desagradable; lo cual sería necesario para conservarlos en la memoria. Ahora bien, la proporción de lo trivial se vuelve cada vez mayor: pues debido a una repetición frecuente y finalmente interminable, muchas cosas que al principio nos parecían significativas comienzan a perder su sentido; razón por la cual recordamos mejor los años mozos que los tardíos.

-Cuanto más vivimos, menos sucesos nos parecen importantes o suficientemente significativos como para someterlos a una posterior reflexión, que es lo único que pudiera hacer que se fijaran en el recuerdo: son, por lo tanto, olvidados tan pronto como concluyen.

-Y así va pasando el tiempo, cada vez de manera más imperceptible. A esto se añade que no nos gusta rumiar lo desagradable, sobre todo cuando, como sucede casi siempre, hiere nuestra vanidad; lo cual, a su vez, sucede porque pocas son las desgracias que nos afectan de las que no seamos, al menos en parte, responsables. Y esto explica también que olvidemos muchas cosas desagradables.

-Así como los objetos de un puerto del que uno se aleja en un barco se hacen cada vez más pequeños, irreconocibles y difíciles de distinguir unos de otros, así sucede con nuestros años pasados, con sus vivencias y afanes. Con respecto a la fuerza vital, se nos puede comparar, hasta nuestro cumpleaños número treinta y seis, con aquellos sujetos que viven de sus intereses: lo que hoy se gasta mañana se repone. Pero a partir de ese momento se nos puede comparar con el rentista que empieza a echar mano de su capital.

-Así, uno se da cuenta de que madura y envejece porque cada vez son más las personas a las que uno considera jóvenes.

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