Martes, 14 Abril 2020 14:30

Un anillo global, un dedo nacional

Escrito por: Ricardo Rivón Lazcano

E.Q.

La caída en la popularidad de López Obrador que las encuestas recientes han revelado, es apenas la punta del iceberg de un proceso en ciernes cuyo desenlace es completamente incierto.

Así, olvídese el mundo que teníamos antes de la pandemia.

Ese ya no volverá.

H.A.C.

El domingo 5 de abril del 2020, el Presidente prometió que su plan contra la crisis crearía este año 2 millones de empleos. Ayer, miércoles 8, la secretaria de Trabajo anunció que entre el viernes 13 de marzo y el lunes 6 de abril (24 días), se perdieron 340 mil empleos formales. En un empleo formal, es decir, empleos registrados legalmente, tanto el empleador como el trabajador pagan impuestos. La cifra anunciada de empleos formales perdidos, equivale a los creados durante todo el año pasado. Tres semanas de este año se llevaron tantos empleos como los que se crearon durante 12 meses del año anterior.

A.R.

El virus se ha movido libremente por los caminos del comercio y el capital internacional, y la terrible enfermedad que ha traído a su paso ha encerrado a los humanos en sus países, sus ciudades y sus hogares.

El silencio en los cielos.

Se ha burlado de los controles de inmigración, la biometría, la vigilancia digital y cualquier otro tipo de análisis de datos, y ha golpeado con fuerza, hasta ahora, en las naciones más ricas y poderosas del mundo, deteniendo el motor del capitalismo.

Seguimos las estadísticas y escuchamos las historias de hospitales abrumados por carencias y agresiones al personal que de por sí se juega la vida.

... enfermeras mal pagadas, exceso de trabajo, máscaras con bolsas de basura y gabardinas viejas para ayudar a los enfermos. Los Estados compiten entre sí por respiradores; dilemas de médicos acerca de qué paciente debe recibir uno y quienes deben morir.

Seguimos las estadísticas con ganas de creer, escuchamos las historias de hospitales abrumados por carencias y agresiones al personal que de por sí se juega la vida.

C.B.R.

Con todo, ante la emergencia por el coronavirus y a pesar de un clima político profundamente polarizado, en días recientes han surgido dos potentes consensos globales. El primero es el relativo a la magnitud del impacto que esta crisis tendrá sobre la actividad económica. No hay pronósticos optimistas, vaya, ni siquiera moderados. Solo los hay malos, muy malos y catastróficos. El segundo consenso se refiere a la orientación de las acciones necesarias para tratar de mitigar las consecuencias económicas de la pandemia. Gobiernos de signo muy distinto, especialistas de todas las escuelas e inclinaciones, coinciden en que es momento de impulsar políticas contracíclicas, expansivas, keynesianas. No de recortar ni ahorrar, sino de endeudarse y gastar.

A.R.

Nuestras mentes todavía están corriendo de un lado a otro, anhelando un retorno a la «normalidad», tratando de unir nuestro futuro a nuestro pasado y negándose a reconocer la ruptura. Pero la ruptura existe. Y en medio de esta terrible desesperación, nos ofrece la oportunidad de repensar la máquina del fin del mundo que hemos construido para nosotros mismos. Nada podría ser peor que volver a la normalidad.

Históricamente, las pandemias han obligado a los humanos a romper con el pasado e imaginar su mundo de nuevo. Esta no es diferente. Es un portal, una puerta de enlace entre un mundo y el siguiente.

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