Lunes, 22 Febrero 2021 00:01

Coincidencia mortal

Escrito por: Salvador Rangel

En la literatura, películas, series de televisión hay tramas que nos parecen producto de la imaginación de sus creadores, y nunca imaginamos que puedan darse en la vida real, pero no hay nada escrito; hay situaciones que vivimos en lo colectivo o en lo personal que superan a la fantasía.

Y una de esas es La peste (novela de Albert Camus, escrita en 1947) que se desarrolla en la ciudad de Orán, cuando Argelia era colonia francesa. Los habitantes se desenvuelven normalmente en sus actividades, cuando de manera inesperada son víctimas de una extraña y desconocida epidemia provocada por las ratas, y fallecen cientos de personas diariamente, la ciudad es declarada en cuarentena, aislada del resto del país y del mundo.

Esta situación cambia totalmente el estilo de vida de sus habitantes, el temor hace presa a las personas y la sociedad se divide en los que tienen miedo, los que no lo tienen y los que no tienen tiempo de tenerlo.

Las actividades comerciales, productivas, escolares y las reuniones sociales cesan. Esta situación genera dos ambientes: uno con indiferencia, egoísmo, pasividad y ausencia de amor al prójimo; y otro con generosidad y solidaridad humana.

En la novela —aparte de la enfermedad que es el personaje central— está el doctor Bernard Rieux, quien trata de contener la enfermedad por todos los medios a su alcance y Jean Tarrou con quien tiene diferencias, pero son amigos.

Tarrou describe a la epidemia como “esa porquería de enfermedad (…) hasta los que no la tienen parecen llevarla en el corazón”. El mal puede estar en cualquier persona. La gravedad de la epidemia llega a tal grado que el estadio es confiscado para convertirlo en improvisado hospital; el campo ahora es ocupado por decenas de tiendas de campaña rojas que en su interior tienen catres con enfermos; en las tribunas estaban sus familiares en espera de informes de la salud de los infectados.

Las autoridades sanitarias tenían confianza que en diciembre con el frío la epidemia cese y levantar la cuarentena en enero; la fecha llega, pero en algunas casas las persianas seguían cerradas, guardaban luto por algún familiar fallecido.

Y el doctor Bernard Rieux ve a la gente que otra vez frecuenta los bares y los cines, pero él sabía que el bacilo de la peste no desaparece, sigue oculto en los muebles, en las maletas y puede despertar en cualquier momento.

Una nota en el periódico informa de que se levantaría un monumento en memoria de los fallecidos. Y si hacemos un repaso a nuestra realidad, veremos que hay un paralelismo con la pandemia del COVID-19 que llegó de manera inesperada, sorprendió a todos los países, no hubo distingos.

Quedamos confinados a nuestras casas, debemos usar un cubre boca y mantener distancia aun con nuestros familiares más cercanos; limitaron el acceso a las tiendas a menores de edad y nada más permiten el acceso a una persona por familia, previo registro de la temperatura. Suspendieron clases, cerraron lugares de esparcimiento, las personas trabajan en sus casas; la vida se transformó.

Las opiniones se dividieron, los escépticos que dicen que es una conjura universal para diezmar a la población, los crédulos que consumen medicinas de dudosa eficacia que ponen en peligro la salud, los propagadores de noticias falsas que con conocimiento de causa provocan desconfianza en las medidas sanitarias implementadas por la autoridad sanitaria, incluyendo la efectividad de las vacunas.

Y los nostálgicos ven que hace falta una acción que reconcilie a la sociedad para evitar confrontaciones.

 

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