Lunes, 01 Marzo 2021 00:00

De electrocutados y aeropuertos flotantes…

Escrito por: José Luis Alvarez Hidalgo

Una tremenda sacudida mediática (y en todos los órdenes) ha provocado la aprobación de la Ley de la Industria Eléctrica, propuesta por el Ejecutivo Federal como iniciativa preferente. Recién se aprobó en sesión maratónica de la cámara de Diputados hasta las 5 a.m.; la seguí hasta donde pude (y no pude llegar hasta el final, por cierto) en el siempre necesario e ignorado, Canal del Congreso. El debate estuvo sumamente álgido (como era de esperarse); en el cual, los argumentos de la derecha rayaban en lo patético, personeros eternos de la mafia en el poder, abogados del diablo e incondicionales de los grandes empresarios saqueadores de la nación, en un papel realmente vergonzoso, como legisladores apátridas: en suma, un discurso de podredumbre que se desbarata en tecnicismos neoliberales. Un asco, pues.

En contraparte, el discurso de la izquierda morenista —ahora sí— fue ejemplar, digno, a la altura de las más altas expectativas que recupera los ancestrales valores ideológicos de una izquierda que creíamos perdida para siempre, la prestancia discursiva de una Dolores Padierna; de un Pablo Gómez, agudo, preciso; de un Gerardo Fernández Noroña, siempre sarcástico y penetrante; de un Manuel Rodríguez claro, eficaz y contundente; de las diputadas petistas con un coraje y agallas renovadoras; en fin, no quiero sonar panfletario (I’m sorry), pero  hace mucho que no veía ese pundonor por una causa política justa y necesaria como la que acabo de describir. ¡Enhorabuena!

Este es el contexto y la gran pregunta es: ¿cómo se informó de todo esto? ¡Acertaron! En la mayoría de los medios, a través de las cabezas parlantes de la televisión, la radio, y muchos medios digitales, se informó con oprobio y mendacidad. No existió ni el menor atisbo de justicia informativa (concepto que acabo de acuñar); incluso, no logro comprender el empecinamiento de muchos comunicadores, antes progresistas, libertarios, a los que admiré en alguna ocasión (oh, el ocaso de los ídolos) y que, hoy, se me han desplomado.

Es el caso de Ricardo Rocha quien, desde que apareció en la lista negra de los periodistas que recibían importantes sumas de dinero por parte de anteriores gobiernos neoliberales por su labor informativa, situación que Rocha, personalmente, acudió a desmentir en una de las conferencias mañaneras, aclarando que él es accionista de Radio Fórmula y que eso es totalmente legal, según su propia versión. Aparentemente, aclarado lo anterior, inició una verdadera vorágine de críticas despiadadas en contra del Gobierno federal, concretamente sobre la figura de AMLO, algunas justas, otras no tanto y otras menos.

El último episodio de Ricardo Rocha fue, para mí, muy decepcionante. En uno de sus noticiarios matutinos, “Detrás de la noticia”, en ‘Radio Fórmula’, entrevistaba a un especialista en materia económica y en una de sus intervenciones, el periodista le espetó al entrevistado, algo así como “este atentado al libre mercado ¿qué consecuencias puede traer para el país?” Palabras más, palabras menos, la afirmación me indignó, pues no se trataba de una pregunta a la que debe responder el aludido, sino una clara y concreta afirmación dolosa del entrevistador, lo que le colocaba en el bando de los depredadores en contra de la Comisión Federal de Electricidad, con esa “inocente” afirmación. Así de simple y así de complejo.

Todo el esquema anterior, se reprodujo con las falacias de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), en donde se tergiversaron las cuentas sobre las pérdidas por la cancelación del aeropuerto de Texcoco y, ante las protestas del Ejecutivo Federal, David Colmenares, tuvo a bien, recular y se comprometió a revisar la metodología que generó tales resultados ante la avalancha que se le vino encima.

Sólo que, la verdadera hecatombe, cayó sobre el Gobierno Federal, específicamente, sobre la figura de López Obrador, al generarse una oleada de notas y comentarios editoriales absolutamente incendiarios en contra del Gobierno Federal por parte de la oposición doliente, los que, inmediatamente, urdieron una trama siniestra para dinamitar el proyecto de la 4T de modo inmisericorde. El propio AMLO, en su conferencia mañanera del pasado 26 de febrero, mostró en pantalla todos los agravios que el periodismo nacional neoliberal en radio, televisión, prensa escrita y redes sociales, desataron en contra del compañero presidente, como si se tratase de una consigna mayoritaria de los medios conservadores.

Y, perdón que les diga conservadores a los medios conservadores, pero no cabe duda que la tarea de informar no sólo implica una gran responsabilidad social (ya no se hable de “objetividad”, un concepto ampliamente superado) y un compromiso con la verdad; es decir, con la convicción ideológica de quien suscribe la nota, la entrevista, la crónica o el reportaje. Se trata de tomar una postura en favor de los más débiles, de los ultrajados de siempre, de los más pobres y vulnerables (Kapucinsky, dixit) y, ese, lamentablemente, no es el periodismo que se practica en México.

Hablamos de un periodismo acomodaticio que, so pretexto de ser crítico del poder (en los gobiernos neoliberales nunca lo fueron); ahora, se jactan de ser una prensa libre (¡hipócritas redomados!) y de ser víctimas de un gran atentado a la libertad de expresión.

Falsedad de toda falsedad. La oposición y, los medios dolientes y electrocutados, siguen empecinados en mentir, en fingirse víctimas… pero no vencerán a la verdad.

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