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14 de febrero en el nido del amor negado

Lejos del conservadurismo legislativo, en el bar Maximiliano los amantes de la comunidad lésbica-gay celebran a gusto su sexualidad

Por: David Eduardo Martínez Pérez

El amor no siempre huele a flores, a veces huele a cerveza y botana; huele a la noche y al baile, a veces huele a espectáculo. Como el 14 de febrero en el bar Maximiliano.

Apenas pasan de las nueve y ya hay gente que hace fila sobre la banqueta de Morelos. A la altura de la librería Porrúa todavía no se nota, pero si uno camina un poco más puede alcanzar a ver este local cuyo bullicio queda mágicamente disuelto entre fachadas oscuras de cantera.

Una pareja de chicas entrega sus bolsas para que se las revisen en la entrada. Una de ellas gira la cabeza sorprendida: Hoy no hay cover, por ser 14 podrá pasar y consumir lo que guste en la cantidad que guste.

Dentro todo está tranquilo, todavía no es la hora pico. Christina Aguilera canta “Lady Marmalade tras un proyector gigante de tela blanca. Nadie parece escucharla, hoy todos vienen en un plan más romántico que de desmadre.

Las dos chicas de la entrada caminan entre las mesas y dejan que se las trague el bar. Van tomadas de la mano, como si tuvieran miedo de perderse entre el esqueleto laberíntico de un edificio que, después de todo, no ha dejado de ser una casona.

Casi no hay mesas disponibles y en todas existe una pareja. Un globo de corazón corona la mesa de dos mujeres maduras. En una zona distinta del bar, la luz de una vela acaricia dos barbas que se enredan al compás de los chasquidos de unas lenguas.

Como siempre, hay fila en el baño. Las tres cabinas unisex esperan ser ocupadas por varios jóvenes ansiosos. Dos veinteañeros cruzan frente a ellos y ocupan una mesa en la terraza de atrás. Los meseros no se dan abasto, recorren los pasillos e intercambian cervezas por propinas y platos sucios por formatos con las cuentas.

Caminan rápido, hablan lo necesario, se gritan entre sí. Ellos no vienen ni a ‘ligar’ ni a divertirse, su función es que los clientes se sientan a gusto, su función es hacer posible el romance.

No cover vuelve bar en hormiguero

Conforme la noche avanza, el lugar se llena. Algunos empiezan a quedarse parados. El espacio se reduce y las parejas se disuelven entre grupos de muchachos cada vez más jóvenes y heterogéneos.

En una esquina hay un hombre de suéter negro para el que no hubo San Valentín. Se limita a pedir cervezas y apenas habla. Un mesero se le acerca con regularidad para cambiar sus botellas.

Él no se para ni a bailar, no le interesa el ligue ni el desmadre, sólo quiere que muera la noche en el fondo de una de sus botellas.

Dos hombres que hasta hacía poco se besaban, dejan sus sillas y se paran a bailar. La música ha cambiado bastante. Ya no se escucha a Christina, sino a Celia Cruz, quien introduce una atmósfera tropical entre las mesas.

Bajo los labios gruesos de la cantante aparece un rótulo que desea un “feliz Día del Amor y la Amistad de parte de Maximiliano Cantina Gay”. Luego la interrumpen para dar instrucciones en caso de que se presente una emergencia.

A estas alturas la fila de los baños es interminable y los meseros se hacen escasos. A casi nadie le importa. El que no baila se ríe y el que no hace ninguna de las dos cosas ejercita sus labios y su lengua.

Platicar ya se volvió casi imposible gracias a una negrita que tiene tumbao. Caminar también se dificulta. Quienes entran en el bar pierden toda esperanza de encontrar una mesa vacía y se las ingenian para inventar espacios huecos entre los bailarines.

El no cover empieza a surtir efecto y el bar muta en hormiguero. Nadie sale, pero todos entran. Con la danza se construye el universo, un universo distinto donde todos pueden actuar como desean.

En algunos ojos se ve el fantasma de la semana acumulado. Otros, como el hombre solitario de negro, ya cayeron presos del alcohol y balbucean las canciones como mejor pueden.

Hacia los baños se escuchan algunos susurros que preguntan si va a haber espectáculo. Alguien responde que la verdad no sabe.

De alguna esquina del techo sale una voz para invitar a los presentes a la “noche vaquera” que habrá a fin de mes y como respuesta se escuchan gritos de emoción.

Son más de las 12 y la fiesta no da señas de agonía. La gente no deja de entrar a este hormiguero de colores donde la consigna no es el trabajo sino la diversión, el relajo y, por qué no, también el amor, un amor que aquí puede alcanzar la plenitud que aún se le niega en la calle y en algunas Legislaturas.

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