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2 de noviembre: Día de muertos e impunidad

Por Angélica Hernández

El cadáver de Marco Antonio Hernández Galván, joven que fue asesinado la madrugada del 27 de noviembre de 2004 y cuyo crimen sigue impune, fue exhumado del panteón municipal Cimatario en octubre del año pasado, porque cumplió el periodo –seis años– de estar en el lugar, confirmó personal encargado de la oficina del panteón.

Al llegar al lugar y preguntar por la ubicación de su tumba (Tribuna de Querétaro, 390, 27 de noviembre de 2006), se le notificó a este medio la exhumación del cuerpo.

–Su nombre es Marco Antonio Hernández Galván y murió, perdón, fue asesinado el 27 de noviembre del 2004.

–Hernández Galván… Sí, pero la tumba ya no está; el cuerpo fue exhumado el 27 de octubre del año pasado. ¿Asesinado, dijo?

–Sí.

–¿Cómo pasó?

27 de noviembre del 2004

Marco Antonio Hernández Galván tiene 18 años, es un estudiante dedicado, agradable vecino, muy activo. Estudia en el Liceo; los Pumas de la UNAM son su equipo favorito, por eso –y por su gran desempeño como portero en el equipo de la escuela– le apodan El Kikín. Tiene novia, Verónica. Además, es un gran amigo, suele aconsejarlos y prevenirlos de las consecuencias de manejar en estado de ebriedad.

Hoy ha salido con algunos de ellos y ahora, ya de madrugada, van de regreso a casa en un Tsuru blanco. Él va sentado en el lugar del copiloto, manejando a su lado va Miguel Gerardo Rivera Alcántar, mientras que en el asiento trasero les acompañan Gamaliel Rivera González y Eduardo Cumplido Sánchez.

Los cuatro charlan, ríen, recuerdan lo más divertido de la fiesta de la que acaban de salir. Avanzan por avenida Zaragoza, Miguel frena para dar vuelta por Pasteur, sin percatarse de que le ha cerrado el paso a una camioneta BMW tipo X5 color negro. El conductor de la camioneta se molesta y toca el claxon para hacérselos saber; Miguel saca la mano por la ventanilla para responder. Y en ese momento empieza la pesadilla.

La camioneta negra los sigue de cerca, los adelanta y cerca de una concesionaria Volkswagen les cierra el paso. El conductor de la camioneta se baja enfurecido, le grita a Miguel que haga lo mismo; Miguel abre la puerta, nervioso. El Kikín lo sostiene del brazo, le dice que se calme, que espere. Miguel les pide que estén tranquilos, que no se preocupen, todo se va a arreglar. El conductor de la BMW está afuera, sobresaltado, gritando. Miguel se acerca a él y apenas a un par de metros de distancia se da cuenta de que el hombre le apunta con una pistola, no deja de gritar; Miguel levanta los brazos un poco y le pide que se tranquilice, el sujeto se abalanza sobre él y le asesta un golpe en la cabeza con la culata de la pistola.

En el auto, Antonio se ha dado cuenta de la agresión y baja para defender a su amigo. El conductor de la BMW patea a Miguel –tirado en el suelo– mientras Antonio se interpone e intenta tranquilizar al sujeto; éste no entiende de razones y se lanza ahora contra Antonio, forcejean, ambos intentan sostener el arma, gritos, Miguel pide que paren sosteniéndose la cabeza herida, más gritos, Gamaliel y Eduardo han descendido también del vehículo y se acercan a sus compañeros, gritos, súplicas, continúan los forcejeos entre Antonio y el conductor armado.

De pronto, un ruido seco, como el rayo de una tormenta que desgarra la noche, un eco macabro, olor a pólvora, un gemido y el golpe del cuerpo herido de Antonio al caer sobre el asfalto. Después, sólo el silencio de la incertidumbre. El conductor armado se echa hacia atrás y avanza de regreso a su camioneta, desde donde llegan los gritos de una mujer: “Ya vente, ya déjalos”.

El conductor sube y echa a andar la camioneta; mientras ésta se aleja, se escucha el grito de una segunda mujer: “¡Para que aprendas a no meterte con nosotros!”.

Marco se sostiene con las manos el vientre, donde ha recibido el disparo, y Miguel, la herida en su cabeza. Gamaliel y Eduardo les ayudan a sostenerse, mientras les piden que se tranquilicen, la ambulancia ya viene. “Me duele mucho”, son las últimas palabras de Antonio, que se desmaya antes de que llegue la ambulancia.

La liberación “sospechosa”

Una hora después, elementos de la Dirección de Seguridad Pública Estatal, a bordo de la unidad 1405, marcan el alto a una camioneta que cumple con la descripción de aquélla que conducía el asesino de Antonio.

Sin embargo, la BMW va escoltada por otra camioneta, una Durango gris que le cierra el paso a la patrulla, permitiendo que la BMW se dé a la fuga. En el interior de ésta va el empresario Federico Humberto Ruiz Lomelí, acompañado de su esposa y otras parejas.

Los conductores de la Durango portan armas tipo escuadra calibre 9 milímetros y calibre 380 con los permisos correspondientes. Finalmente, con el apoyo de otras unidades, la BMW es interceptada y su conductor detenido; sin embargo, apenas unos minutos después, el sospechoso es liberado, sin siquiera asegurar ni a la camioneta ni a los tripulantes.

La madrugada del 27 de noviembre de 2004, Federico Ruiz Lomelí y sus acompañantes viajan a bordo de una camioneta BMW X5 color negro, mientras, en una camilla del hospital San José, yace el cadáver de Marco Antonio, asesinado con un disparo en el estómago.

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Un comentario

  1. Gracias. Buena crónica. Trágica. Fraternalmente. Julio Figueroa. Qro. Qro., Presidentes, 24-XI-2022. 18 años del crimen impune. 18 años tenía entonces Marco Antonio Hernández Galván, el Kikín queretano. Por salvar a un amigo…

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