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A 300 años de la construcción del acueducto: de la leyenda al hecho histórico

Divulgación/Facultad de Filosofía

A 300 años de haber sido levantado, el acueducto de Querétaro encierra una gran paradoja: históricamente ha fungido como insignia de la ciudad, pero al mismo tiempo es motivo de ignominia. Lo segundo obedece al manejo sesgado de la información que los guías de turistas le han dado, pues cuentan una “leyenda” en la cual el Marqués de la Villa del Villar del Águila mandó edificar tan grande portento para cumplir con la promesa de amor que le hizo a una monja de Capuchinas de llevarle agua a su convento.

Aunque nunca se sabrá cómo se creó semejante embuste, lo que sí se puede comprobar con fuentes históricas –como lo ha hecho la historiadora Mina Ramírez Montes– es que Juan Antonio Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Águila, arribó a esta ciudad a propósito de una encomienda: él y su esposa acompañaron desde la Ciudad de México a la sobrina de la marquesa hasta dejarla a buen resguardo en el recién fundado convento de Capuchinas de Querétaro a dónde fueron trasladadas estas religiosas en la primera mitad del siglo XVIII.

Quizá el origen del equívoco que devino en leyenda se deba a lo que dejó asentado el fraile jesuita Francisco Antonio Navarrete en su obraRelación peregrina del agua corriente que para beber y vivir goza la Muy Noble, Leal y Florida Ciudad de Santiago de Querétaro” publicada a propósito de la inauguración del acueducto: el marqués “atraído del divino hechizo de las religiosas capuchinas, que acababan con su fundación de hacer del todo feliz a esta ciudad […], llegó a entender la grande necesidad que padecían las reverendas madres capuchinas de agua limpia para los preciosos menesteres de una tan limpia y pura comunidad […] y así […] a las madres capuchinas prometió meterles a sus expensas el agua limpia y clara en su convento”.

Más allá del romanticismo de Navarrete, los historiadores José Ignacio Urquiola Permisán y Mina Ramírez Montes han documentado que su construcción a partir de 1726 obedeció a los graves problemas de salud que empezaron a presentarse entre la población queretana ocasionados por la contaminación del río por los desechos que en él vertían los obrajes y trapiches (negocios grandes y pequeños de telares). Además, dejan claro que el marqués fue sólo un comisionado del virrey para que resolviera el problema del agua, y la solución consistió en trasladar por el acueducto el agua de los manantiales del Capulín, ubicados en La Cañada.

Finalmente, estos especialistas se encargan de desmontar la versión de que el marqués fue por iniciativa propia el gran benefactor de la obra que costaría 25 mil pesos; en realidad los vecinos acaudalados que se habían comprometido a cooperar para subsidiarla, incluyendo monasterios y conventos, a cambio de que el agua llegara hasta el interior de sus viviendas, así como lo que debían aportar los dueños de los obrajes al haber sido los responsables de la contaminación del agua, se quedó en promesa, por lo que el marqués tuvo que pagar gran parte de esta obra hidráulica que incluyó el acueducto con sus 74 arcos, más la instalación de 10 fuentes públicas que junto con las privadas sumaban 60 pilas de agua.

Así, esta obra que tardó 13 años en materializarse, 300 años después sigue siendo motivo de orgullo, pero también de controversia para los queretanos.

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