A una semana del Premio Nobel de la Paz 1992

Los icónicos cotorritos verdes en la Facultad de Derecho se reposaban en la cima de las palmeras a la par que otro reportero ajustaba su cámara para capturar el momento. Eran pasado de las 10:15 en un jueves 7 de noviembre. El sol comenzaba a trazar la traslación de un ángulo obtuso que se va formando conforme la Tierra se aleja y llega el invierno. Cuatro colegas más esperaban a la que fuese el premio Nobel de la Paz en 1992, Rigoberta Menchú Tum. Desde Guatemala, y anterior a un breve paso por la UNAM en la Ciudad de México, la líder y activista Maya-quiché finalmente arribó a la casa máxima de estudios, la Universidad Autónoma de Querétaro, donde inició una agenda interactiva con los medios de comunicación, la comunidad científica y la académica.
Los colores cálidos de su icónica vestimenta que parecen nunca abandonarla resaltaban en medio al frente, de una fría Sala de Juicios Orales que acoge dicha facultad. Más prensa, así como un puñado contado de docentes y alumnos, nos decidimos a tomar asiento, mientras que sólo dos reporteros; uno perteneciente al DQ y el otro del medio digital, El Conspirador, fueron los únicos permitidos para pasar más allá de la barra que divide al público del demandante y del imputado. Se colocaron en el lugar que acoge el auxiliar de sala.
Con tripié y cámaras de teléfono grabando, Menchú Tum pronunció sus primeras palabras en la conferencia de prensa que ofreció Ciencia y Sociedad UAQ, programa organizador del Foro Ciencia en Acción: “Buenos días, Traigo, un saludo muy especial a la Universidad Autónoma de Querétaro.” — comenzó Rigoberta, a la par que agradeció la hospitalidad de Querétaro y de México. Manifestó también su entusiasmo conforme a la reciprocidad de diálogo que ha existido en el marco legal y constitucional de los derechos a los pueblos indígenas y afrodescendientes. Inmediatamente cedió el uso de la voz a la prensa, pues recalcó la importancia de transparentar la información: “que creo que es muy importante, el rendir homenaje a la comunicación, a la prensa, a la libertad de expresión, la tecnología al servicio de la educación; la ciencia y la tecnología al servicio de la Paz.”
La pregunta obligada, fue tomada por un reportero antes que yo. — “Hace casi 15 días un tema precisamente aquí en Querétaro con artesanos indígenas, que prácticamente el esquema gubernamental, los está orillando a ser artesanos relegados en la actividad, meramente turística.” — dijo el reportero como segunda pregunta, apelando a conseguir una opinión respecto al tema.
Menchú respondió que estaba enterada de los actos; lamentó la agresión de la autoridad. La forma de responder denotó la negativa normalización de represión por parte de los regímenes contra las comunidades indígenas, que le ha tocado testificar. Después, coincidentemente, habló con la verdad: “Yo no he visto el mercado donde debería estar aquí, los artesanos. En otro momento, me gustaría ver. Las características que he visto en otros lados, es que normalmente los mercados que hacen los alcaldes lo van a esconder un poco. Más bien, lo llevan al lugar donde no deberían de llegar gente. Esto ya plantea una segunda clase, digamos. Ya da una perspectiva de qué es la mente que está detrás y cuál es la política que está detrás.”
Rigoberta Menchú Tum, nació en Guatemala el 9 de enero de 1959. Es descendiente de la comunidad Maya, del pueblo Quiché. Ayudaba con tareas campesinas; su familia fue agricultora de café. También fue empleada doméstica. Desde temprana edad, en su adolescencia vivió a sangre fría, el asesinato de hermano, de su padre y posteriormente de su madre. Migró a México como perseguida política, ya siendo militante del Comité Unidad Campesina. Fue en este pueblo hermano, que se dedicó a denunciar internacionalmente las violaciones a los DD. HH de la comunidad indígena guatemalteca.
Participó en la Declaración de los Derechos Indígenas en la ONU y en 1982 formó parte de la Subcomisión de Prevención de las Discriminaciones y Protección de las Minorías. El 10 de diciembre de 1992, en el Palacio Gubernamental de Oslo, Noruega, fue acreedora al Premio Nobel de la Paz, siendo la primera mujer indígena en obtenerlo. La Doctora Rigoberta Menchú, dedicó este premio a sus años de lucha colectiva y con el dinero obtenido, creó la fundación Vicente Menchú, en honor a su padre.



