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Artesanos recrean atmósfera prehispánica en Día de Muertos

Por Angélica H. Morales

Se dirigen a El Tejocote, una pequeña localidad en el municipio de Tequisquiapan, para apreciar un altar elaborado por dos artesanos. La camioneta se tambalea al sortear los múltiples baches.

 

El paisaje genera una sensación indescriptible: no hay nada en realidad, sólo el campo del semidesierto que siempre parece vacío y, al mismo tiempo, desbordante.

 

El cielo abierto que sería imposible apreciar en medio de la ciudad (siempre tan llena de todo, menos de cielo) combina perfecto con su hermano terrestre: un campo de tierra blanda color piel morena, que nos recibe con danzas juguetonas al chocar con los neumáticos del vehículo, y que deja flotando en el aire un polvillo dócil, suave.

 

Existe un cierto conflicto cuando se voltea la mirada al interior del auto y se observa al frente la larga autopista que cruza este paisaje, como cortándolo; una contradicción entre la vida generada por la propia naturaleza y la “vida” que un camino trazado por el hombre representa. Pero aquí, en este solitario paraje, la presencia de esa carretera parece estar de más, como si alguien la hubiera abandonado a su suerte en medio de la nada –o del todo–.

 

Ya se ha metido el sol cuando llegan a una finca laberíntica, bordeada por la típica cerca rural hecha con piedras de cantera superpuestas.

 

Apenas cruzan el umbral de la propiedad, es impresionante la visión de un sendero de tintineantes luces de las veladoras apostadas a las orillas del mismo; el sendero da una ligera curva y llega a otro espacio que, en la oscuridad, sólo se distingue a medias por otro grupo de veladoras ordenadas en forma de algo similar a la escalinata de una pirámide trunca.

 

Todo lo observan mientras la camioneta sigue avanzando por un camino paralelo de terracería pura, a cuyos lados relucen –con una tímida luz pálida y azul– pequeñas lámparas solares.

 

Es fácil perderse ante la cantidad de detalles dispersos por el lugar: construcciones que recuerdan los centros ceremoniales prehispánicos, un ángel de cantera negra, maceteros en forma de mujer sentada (como vírgenes antiguas, dice una de mis acompañantes) la propia casa, que con sus colores y formas delata a sus ocupantes como personas dedicadas al arte.

 

El lugar recuerda a las ruinas arqueológicas

De vuelta al camino –ahora a pie– se dirigen hacia el sendero de luces anaranjadas y opacas (ya es posible reconocer que cada veladora se encuentra dentro de una bolsa blanca de papel asentada con arena) que inaugura, como por arte de magia, un ambiente cargado de espiritualidad y armonía.

 

El sendero termina en una pequeña plaza semicircular a la que se accede por un arco de piedra –material que también marca los límites de la construcción con una barda de unos 30 centímetros de alto–.

 

Todo recuerda a las ruinas arqueológicas de Ranas y Toluquilla, incluso la atmósfera es similar: el aire frío y ligero que golpea la cara a momentos, la sinfonía de los insectos que interrumpe el silencio nocturno, el aullido lejano de un perro, el balido de una oveja solitaria, la tenue luz de las estrellas que ya conquistan gran parte de un cielo azul profundo.

 

En el recinto hay unas 20 personas más, entre ellos los anfitriones, que reciben con júbilo y hospitalidad sublimes; ellos son Guadalupe Medina y Francisco Coronel, conocidos por sus amigos como los Coronel.

 

Ambos son artesanos, propietarios del taller de cartonería Sueños de Cartón, ubicado en Hércules. Ésta es su “casa de retiro”, el lugar al que vienen cada fin de semana –y cualquier otro día que les sea posible– para descansar y relajarse.

 

Luego de las presentaciones correspondientes, los anfitriones invitan a ver el altar; éste se encuentra en la parte recta de la plaza, donde se alza una pared decorada con bordes redondeados y pequeños nichos empotrados en el muro; en cada nicho hay dos o tres figurillas de barro que representan penitentes rezando.

 

Del muro se desprenden tres escalones semicirculares, en cuyo punto más alto se alza una escultura en cantera de la divina providencia (la Virgen María sostiene en brazos el cuerpo de Jesús crucificado).

 

En cada escalón y en una angosta parte del piso se encuentran ofrendas distintas. Lo que más resalta –sin duda por su colorido– son los ramos de flores de cempasúchil y las veladoras cubiertas con papel celofán transparente que eran posibles de apreciar aún en la lejanía.

 

Al igual que la finca, el altar reboza de detalles que es imposible capturar con una sola mirada; es difícil guiar a los ojos por un camino recto frente a tal explosión de colores, formas y texturas.

Los anfitriones también prometen relatar un cuento

La parte del altar que ocupa el piso está tapizada de hojas diversas y sobre éstas hay pequeñas cazuelas de barro con semillas, chiles secos y hierbas aromáticas. En la parte central hay un espejo colocado sobre una cama de flores amarillas y anaranjadas; también hay una hornilla con una olla que suelta los primeros hervores y despide un aroma perfumado.

 

Luego saltan a la vista las calabazas dispuestas en el primer escalón, que sorprenden tanto por su tamaño como por su abundancia, acompañadas de diversas frutas de temporada como mandarinas, naranjas, limas, guayabas, cañas de azúcar, tejocotes, zapote negro, entre otras variedades.

 

Después, el segundo escalón está ocupado por botellas de licores, refrescos, dulces y varios platillos de comida. Por último, en el tercer escalón hay una variedad de figurillas de barro claramente inspiradas en temas indígenas, pero aún no me es posible definir su significado.

 

Justo en ese momento, Francisco saluda nuevamente a sus invitados, e invita a participar en la oración de un rosario, al término del cual dará la explicación del altar, ofrecerá pan y chocolate caliente y contará un cuento para compartir juntos esta noche.

 

Minutos después comienza el rosario, guiado por Constantito, amigo de los anfitriones; es extraño escuchar rezos en los que las voces masculinas sobresalen de entre las femeninas.

 

El canto de “La Guadalupana” toma un cariz distinto entonado con la potencia y gravidez de las voces varoniles, que le dan al acto un aspecto más ceremonial, me atrevería a decir que más formal.

 

Aunado a esto, el crepitar del carbón en la hornilla, el silencio del campo y los murmullos con que los asistentes respondemos a cada oración, crean una atmósfera tan pacífica, tan espiritual, que por momentos no es difícil creer que las ánimas en verdad se presentarán esta noche a compartir la armonía.

El altar es otomí y tiene cuatro escalones

El rosario termina y los invitados nos replegamos hacía la barda opuesta para sentarnos, mientras Francisco inicia su explicación.

 

“Este año nuestro altar no está dedicado a alguien en especial, sino a todos nuestros familiares, amigos que se han adelantado ya. Este altar es otomí y tiene cuatro escalones que representan las cuatro estaciones.

 

“El primer nivel (en el suelo) puede ir pintado de blanco; representa el invierno y en él se colocan agua, incienso, especias, y semillas, que representan la espera al tiempo de la siembra. El segundo nivel va de azul; representa la primavera y en él se colocan los frutos que la tierra nos ha entregado. El tercer nivel se pinta de rojo, representa el verano y ahí se ponen las comidas y bebidas preferidas del difunto.

 

“Y por último, el cuarto nivel, que puede ir de amarillo o naranja, representa el otoño. Aquí se colocan diversas figuras que son importantes en la cultura otomí. Primero, un búho, que es el encargado de trasladar a las almas de éste al otro mundo; luego la serpiente, que es símbolo de la fertilidad, también representa a la diosa madre Coatlicue, con cara de mujer y cuerpo de serpiente, que es la dualidad entre la vida y la muerte; también se coloca un caracol de mar, que era utilizado como instrumento musical y que es el sentido festivo de esta celebración, la alegría de recibir nuevamente a los difuntos.

 

“Por último se pone una tortuga o un caparazón, es símbolo de eternidad y representa nuestro deseo de que los muertos tengan vida eterna. También se pueden añadir imágenes de santos de la devoción del difunto.

 

“Antiguamente se colocaba una máscara que representaba al dios padre y a la diosa madre, actualmente los representamos como el sol y la luna, pero también se puede poner una imagen de Cristo y otra de la Virgen María; aquí nosotros pusimos ambas cosas.

 

“Las velas y los crucifijos representan a cada uno de los difuntos. Antes se tenía la tradición de ir al panteón el día dos y limpiar la tumba del difunto y luego regresar a casa tirando pétalos de flores, para dejarle un camino al muerto; ahora no se puede, por eso se ponen las flores y las velas como una simulación de ese otro camino.

 

“El espejo es para que las almas se reflejen a su llegada; sólo las almas invitadas se reflejan”.

El pan de “muerto” se parece a las figuras de barro de la época prehispánica

Francisco continúa su relato: “Se tiene que pedir permiso antes de poner el altar. Se hace un barrido con un manojo de hierbas medicinales y de olor en la zona donde se va a poner el altar; luego, la mitad del manojo se amarra y se cuelga cerca del altar, y la otra mitad se pone a hervir en agua, porque el fuego purifica y el vapor que sale de la ollita limpia el ambiente.

 

“Luego se hace una cruz de sal (la sal sirve para mantener incorruptibles las almas a su paso por este mundo) se hace una invocación a los cuatro puntos cardinales, cada uno custodiado por un arcángel y se reza una letanía para pedir permiso y poner la ofrenda”.

 

Así termina Francisco la explicación y nos invita a tomar chocolate caliente con pan, un pan en forma de “muertito”, muy parecido a las figuras de barro de la época prehispánica; es un trabajo artesanal tan bello que da pena comérselo.

 

Entre tanto, el cielo se ha hecho más oscuro y ahora está plagado de estrellas, como nunca se puede ver a la luz de la ciudad, estrellas por doquier, salpicando el horizonte con sus destellos blancos y azulados.

 

Guadalupe y Francisco han conservado esta tradición desde hace muchos años, primero en su casa en La Cañada, ahora aquí, en El Tejocote.

 

Gustan compartirla con sus amigos y en ocasiones agregan veladoras nuevas para que los invitados enciendan una en recuerdo de sus difuntos.

 

Esta noche el frío ha recrudecido y los visitantes se marchan. Uno de ellos piensa volver el próximo año; le deben un cuento.

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