Brujería en la Inquisición: la UNAM publica archivos del Santo Oficio

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicó el Catálogo Razonado de Expedientes Virreinales que contiene casos de brujería y hechicería del siglo XVIII. A través del Archivo Histórico Casa de Morelos y el Instituto Nacional de Bellas Artes, el contenido ofrece 59 asuntos de Guanajuato, San Luis Potosí, Guerrero, Colima y Jalisco, mismos que eran resguardados por el antiguo obispado de Michoacán durante la Inquisición. Aquí se cuentan tres sucesos del catálogo.
“Bailes llenos de encantos y artes del demonio”
El 14 de septiembre de 1743, Juana Antonia Niño, frutera y viuda de 50 años, acusó a María Guzmana, casada y de la casta “loba”, por maleficios y tratos con el demonio, en la villa de San Miguel el Grande (sin especificar el estado). Declaró que, según dos hombres del lugar, en Jueves Santo, la acusada los metió a su casa con otra mujer, cerró la puerta y comenzó un baile en el que “siendo ellas solo dos, se les hicieron diez mujeres”, que brincaban hasta las vigas del techo.
Añadió que, antes de entrar, les pidieron quitarse el rosario y, al término del suceso, les exigieron dinero. La denunciante recordó que Guzmana había sido castigada antes por hechicerías con hierbas, y que su familia tenía la misma fama.

El 23 de octubre del mismo año, Polonia de Olivera, de 35 años y “loba”, acusó a Márgara de Gloria, casada y mulata, por haber maleficiado a un tiendero tras una disputa comercial. Según su testimonio, la acusada lo amenazó cuando él se negó a fiarle mercancía al decirle: “Pues vaya que se acordará de mí” y “anda, que tú lo pagarás”.
Al día siguiente, el hombre enfermó con hinchazón y delirios, y afirmó ver un gato junto a su cama. También relató que la madre de Márgara dijo que “así se había de hacer con los zánganos”. Después, un curandero le extrajo agujas del cuerpo al enfermo. Esta acusación fue confirmada por María de la Ascensión, de 33 años y “mulata”, quien añadió, el 6 de noviembre de 1743, que la acusada rondaba la casa del enfermo por las noches.
Aunque ambas testigos acudieron con el comisario del Santo Oficio en la villa, el Bachiller Marcos González Galindo, y el notario Joseph Antonio Ramos de Castilla, en el expediente no hay sentencia, ni resolución del caso.
“Las hermanas Melgosa”
En 1755, Antonio Magaña, español de 40 años, acusó a Isabel Melgosa, soltera y mestiza, por maleficio contra él y su esposa, Rita Báez, puesto que en “la noche con ella”, en “el uso matrimonial, la halló totalmente ligada e impotente” por lo que eran incapaces de desarrollar su vida en matrimonio. Esto entre Tlazazalca y Purépero, Michoacán.
La denuncia incluyó a Michaela y Dionisia, mestiza, y ambas de apellido Melgosa, a quienes señaló junto con Gertrudis Orozco, como parte de un grupo de hechiceras. Según Magaña, la principal responsable era Isabel, a quien le atribuyó enfermedades y la ruptura de su vida conyugal.
Sin embargo, en julio de ese año, varios vecinos, como Francisco Caballero y Esquivel, declararon que solo era un rumor por parte de Magaña, y que en realidad padecía una “enfermedad natural y no un hechizo”. Aun así, reconocieron que el nombre de las hermanas Melgosa circulaba en conversaciones como responsables de los daños.
No obstante, se registró que Magaña “sacó fuera a Isabel y la azotó” para obligarla a curar a su esposa, algo que él confesó ante el tribunal, por lo que el fiscal consideró que, tanto el denunciante, como ella, merecían “poco crédito y debían ser castigados”.
En febrero de 1756, Rita Báez declaró que creía estar hechizada porque quedó “ligada” tras enfermar y que su marido le aseguró que el daño venía de la hermana Melgosa. También relató discusiones con su esposo y la promesa forzada de curación. Ante ello, Agustín Francisco de Esquivel y Vargas, el comisario del Santo Oficio informó que no tenía prueba de hechicería, y advirtió que muchos enfermos atribuían sus males a encantos con fundamentos débiles.
“Los fetiches”
El 28 de agosto de 1760, María Guadalupe, de 40 años, casada y mulata, acudió voluntariamente ante el comisario del Santo Oficio en la villa de San Miguel el Grande para denunciarse por prácticas demoniacas. Explicó que buscaba el “remedio de su alma” tras “muchos y repetidos consejos” de Joseph de Molina, su compadre y mayordomo de la hacienda San Antonio el Blanquillo; y de su hija, María de Jesús, quien había muerto. Todo para “que para que saliera de sus errores y mala vida».

“Confiada en que Dios y el Santo Tribunal, aunque tan mala, le han de perdonar y conceder la absolución. Se arrepiente con todo su corazón, para, con este consuelo, vivir retirada de todo lo malo, buscando a Dios y solo ocupada en servirle”, narra la transcripción del expediente.
María Guadalupe declaró haber participado durante años en maleficios junto con otras mujeres, al seguir “consejos del Demonio y persuasiones de sus compañeras”. En tal sentido, entregó objetos usados en sus actos: “un mono de palo sin cabeza, una muñeca de trapo en tres dobleces, polvos blancos, pedazos de trapos sucios y muñecos espinados y crucificados”, referidos como “fetiches”.
“Acto carnal” con el demonio
En su segunda confesión, el 29 de julio de 1767, admitió que, tras comulgar en dos ocasiones, se sacó de la boca las hostias y las quemó por “orden del Demonio” para apartarse de la fe. Igualmente declaró haber causado la muerte de su hija mediante la fabricación de una muñeca para provocarle una hinchazón mortal, así como darle a beber hierbas dadas por un cómplice, reconoció, “llena de horror”, que lo hizo porque su hija la denunciaba y le daba consejos religiosos.
Describió que volaba de noche con otras mujeres tras untarse ungüentos en el cuerpo y pronunciar: “Sin Dios y sin Santa María” de tal forma, se desplazaban a pueblos cercanos, e incluso, intentaron matar a una “criatura recién nacida”. Confesó que “tuvo acto carnal” con el demonio, “en forma de hombre con los pies de gallo”, que luego la agredió.
En 1768, el Santo Oficio emitió su orden de prisión en “las cárceles secretas” y el embargo de sus bienes para obtener 200 pesos; sin embargo, el comisario informó que María Guadalupe había fallecido, “repentinamente”, el 11 de junio de ese año. El acta de defunción parroquial indicó que fue enterrada sin sacramentos “por lo violento del accidente”.
Una vez fallecida, el Santo Oficio concluyó que sus actos eran “gravísimos” y la hacían “sospechosa de vehementi” o de herejía, o sea, de actos contra Dios, pero no podía probarse formalmente. El 6 de abril de 1769, la inquisición decidió no continuar el proceso contra ella, al considerar que murió sin que se acreditara la intención herética formal: “Solo Dios puede conocerlo con evidencia, si el pecador no lo manifiesta”, puntualiza el expediente.



