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Carlota enloquece en el Cerro de las Campanas

Por Eduardo Martínez

Con el desgarrador grito de “soy la emperatriz Carlota Amelia Agustina Victoria Clementina Leopoldina, de México”, Ivonne Ruiz inició un monólogo de 40 minutos durante los cuales transformó la escalinata del Cerro de las Campanas en una pequeña celda del castillo de Miramar.


Bajo el objetivo de celebrar el Día Mundial del Teatro, el grupo La Vuelta, al que pertenece Ivonne Ruiz y que está dirigido por Benito Castañeda, presentó en el Cerro de las Campanas una adaptación de Norma Barroso a la obra de Fernando del Paso La loca de Miramar.

Su cuerpo embutido en un viejo vestido de piel aterciopelada y su anárquica cabellera bañada en tonalidades blancas y grisáceas, así Ivonne se dejó poseer por el espíritu de Carlota para volver corpóreas las palabras de las que se valió Fernando del Paso al describir la angustia experimentada por la emperatriz durante sus últimos días.

El monólogo giró en torno al reclamo de Carlota hacia Maximiliano por haberla dejado envejecer sola.

Se ambientó en la época de entreguerras, cuando Carlota era ya una octogenaria que vivía recluida en el Castillo de Miramar, con la bahía de Trieste como único testigo de su locura.

Con violentos ademanes y agudos gritos que oscilaban entre el éxtasis y la orgía, Ivonne Ruiz buscaba en vano el rostro del segundo emperador de México entre las caras de cientos de espectadores inmóviles que miraban atemorizados la cadavérica figura en la que había mutado la actriz.

Miles de partículas de humo salían de la capilla que corona el cerro, convirtiendo su elegante pórtico neoclásico en una garganta enfisémica.

Ivonne Ruiz lanzaba aullidos de desesperación, destinados a transportar a su auditorio a aquellos años, tan llenos de incertidumbres, que dieron origen al siglo pasado.

Conforme la noche se veía asaltada por el fantasma de una lluvia vespertina que el cambio de estación regaló a Querétaro, más personas se sumaban al séquito de voyeristas que se deleitaban mirando a Carlota Amelia aferrarse con desesperación al delgado cuerpo de Ivonne.

La catarsis provocada por Ivonne Ruiz, quien logró ahuyentar con su actuación a los sonidos urbanos que suelen habitar en las inmediaciones del Cerro de las Campanas, funcionó como ritual de invocación para que un espectro decimonónico se manifestara en forma de vals; un vals acelerado que Carlota bailaba dentro del cuerpo de Ivonne.

Cuando se detuvo la música, Ivonne, con los párpados ahogados en lágrimas miró hacia el público e inclinó el tronco hacia adelante dando por finalizada su actuación.

Una tormenta producida por el estallido de varias decenas de palmas vino a sustituir a los violines que amenizaban la agonía de la emperatriz.

Entre las sonoras palmas que el público regaló a la actriz, se colaron unas palabras que ésta pronunció pocos minutos antes de terminar su monólogo: “Yo te perdono, Maximiliano. Yo te perdono, México”.

 

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