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Con ustedes José Timoteo Dorado y Martínez, mejor conocido como El Diablo…

José Timoteo Dorado y Martínez, a quien mejor se le conocía como El Diablo, fue un pintoresco y polifacético personaje a quien la vida lo colocó en variados oficios. Pisó diversos terrenos, menos el matrimonial, pues su papá, don Fortino Dorado “le espantó a sus dos únicas novias”, me confía ahora su hermano Abel. “Las desengañaba diciéndoles que José era muy flojo y que con qué las iba a mantener”, añade, y remata: “Lo dejaron al pobrecito vestido y alborotado”.

El famoso Diablo, que como tal andaba de aquí a allá, tuvo como último trabajo el de encargado del estacionamiento de la Facultad de Contaduría y Administración de la UAQ. “Tenía bien organizados a los profesores y ¡ay de aquél que se le rebelara!, pues no le daba lugar”, se ufana su hermano. Murió el 16 de marzo del año pasado, un día después de su cumpleaños número cincuenta y ocho.

A don José Timoteo Dorado y Martínez, como le decíamos quienes andábamos en la jerga del periodismo y de la radio, lo conocí como fiel ayudante del caballeroso y malogrado locutor Antonio Robles Ortiz. El Diablo no faltaba en ninguna ceremonia oficial, pues su jefe y amigo era el maestro de ceremonias en dichos actos, como más tarde lo fue Enrique Morales.

Mayor de cinco hermanos, estudió la instrucción primaria en la escuela Vicente Guerrero, que estaba en el barrio de La Cruz. Con esa escasa preparación, salió a ganarse el sustento. La vida y la necesidad lo empujaron a los más encontrados menesteres, pues lo mismo fue comerciante que mesero, réferi de box y lucha libre, reportero radiofónico y cobrador, entre otros oficios.

Y aunque su padre lo consideraba flojo, José dio muestras de ser un hombre que se fajó para ganarse el sustento. Como comerciante, siguió los pasos de su padre, en un puesto de frutas y verduras que tenía en lo que ahora es la demolida Plaza Constitución.

A su paso por los encordados, se recuerda que una vez al anunciar a equis boxeador y con claro desdén a la gramática y a la geografía, lanzó a todo pulmón: “¡En esta esquina de Pachuca, Guanajuato, estrenando bata nueva y por el campeonato nacional del Estado”, al tiempo que de lunetario galería se desprendieron nutridos silbidos que eran un claro recordatorio familiar.

Como reportero, lo recuerdo bien cuando, en la época de los setenta, colaboraba con el noticiario nocturno Reporteros en Acción. Era quien prácticamente le reporteaba a Salvador Rosiles Razo, el gerente de la XEOG, las noticias deportivas. Llegaba corriendo, cuando el servicio informativo iba a entrar al aire. En qué líos metía al señor Rosiles para entenderle a sus garabatos. Pero, eso sí, por entusiasmo no paraba.

Era muy conocido en diversos sectores de la sociedad, pero sobre todo — imagínese—entre los sacerdotes, los periodistas y los taurinos. No faltaba en la anual peregrinación al Tepeyac, donde era el masajista oficial de los religiosos que caminaban, con quienes llevaba entrañable amistad. Por su amistad con el padre José Morales Flores, no faltaba en la organización de la Procesión del Silencio. Como amigo de los periodistas, siempre tenía una pista para éstos. Y como aficionado a los toros, no faltaba a las sesiones del Centro Taurino de Querétaro y a las corridas.

Quiso ser cantante, pero en un concurso de aficionados apenas comenzó a cantar, le tocaron la campana y allí sepultó sus aspiraciones artísticas.

En el terreno sentimental, su hermano Abel recuerda: “Tuvo dos novias, Romana y otra, pero mi papá se las espantó”. Se salvó; pues, de compartir su vida. La diabetes fue minando su organismo, hasta que el 16 de marzo de 1996 murió rumbo al hospital del IMSS.

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