Crónica de un gol que calló a miles: Dos playeras, una rivalidad y un solo gol

Por una vez, dejé la cámara para vivirlo desde la tribuna.
Por primera vez en todo el torneo, decidí dejar la cámara en casa. No habría lente ni acreditación, solo emoción. Desde que arrancó la temporada, mi mejor amigo -también queretano, pero aficionado a Chivas- no paraba de decirme que quería venir a La Corregidora cuando jugara el Rebaño.
-“Te voy a gritar los goles en la cara” -me decía entre risas. Confiado en que su equipo ganaría.
Yo, Albiazul y gallo desde siempre, acepté el reto. Pero esta vez no como fotógrafa, sino como aficionada. No habría credencial de prensa ni chaleco, solo una camiseta azul y negra, la voz lista para gritar y el corazón dispuesto a vivir el partido desde otro ángulo: el de la tribuna.
Un estadio Rojiblanco
Desde que llegamos a La Corregidora, el ambiente se sentía distinto. Afuera, el rojo y blanco dominaban por completo. Diría que un 70 por ciento de los asistentes eran de Chivas, mientras que el 30 por ciento restante vestíamos los colores de Gallos. Por momentos, parecía que estábamos en Guadalajara: la marea rojiblanca avanzaba y se extendía por cada rincón del estadio.
Nos dirigimos a la zona sur baja, rodeados casi por completo de aficionados de Chivas. Mi amigo no dejaba de bromear, asegurando que en cualquier momento caerían goles de su equipo. Yo, tranquila, solo sonreía y me preparaba para vivir cada segundo.
Minuto 2: el grito que valió el partido
No tuve que esperar mucho. Apenas al minuto dos, un rebote dentro del área terminó con Alí Ávila empujando el balón al fondo de las redes.
Me levanté, gritando a todo pulmón, riéndome y volteando a ver a mi amigo con la sonrisa más grande. Él solo murmuró: “No puede ser”. Yo no podía dejar de festejar.
Era apenas el inicio, pero ya se respiraba algo distinto: Gallos jugaba con orden, garra y amor propio. Mientras Chivas lo intentaba una y otra vez, Gallos resistía cada ataque con valentía. Cada despeje, cada balón peleado, cada atajada era motivo para gritar y celebrar.
El estadio lleno… y dividido
A la mitad del primer tiempo, La Corregidora estaba completamente llena. Era impresionante cómo predominaba el rojo en las gradas, pero los pequeños grupos azules se hacían notar.
La zona norte alta, donde solía colocarse la Resistencia Albiazul, estaba ocupada esta vez, pero no por los mismos de siempre. Parecía que algunos habían recibido boletos o eran aficionados aislados. Sin embargo, la Resistencia se hizo escuchar: cambiaron su ubicación habitual y, aunque el sonido local intentaba opacarlos con música, ellos no se callaron. Cantaron más fuerte.
Desde la Zona Azul Central, grupos de aficionados se unieron en coro. Aunque la mayoría intentaba silenciar los cánticos, el corazón azul y negro se hacía sentir. Era como una rebelión silenciosa, un recordatorio de que la pasión queretana no desaparece tan fácil.
La herida que aún pesa
No pude evitar pensar en la tragedia del 5 de marzo de 2022, contra Atlas. Desde entonces, la Resistencia ha sido marginada. Los pocos que intentan cantar son rodeados por policías y apuntados con rayos láser. Es triste cómo el miedo todavía pesa sobre la afición. Por unos, pagamos todos.
Aunque entiendo las medidas de seguridad, duele que el estadio ya no tenga el ambiente que lo hacía tan especial. La Corregidora necesita volver a escuchar el rugido de su gente, y aunque hoy se hizo sentir, aún no recupera del todo esa libertad.
Entre bromas, nervios y fe
Mi amigo no dejaba de bromear, asegurando que Chivas remontaría. Quiso hacerme apostar; yo no acepté. No porque dudara de los Gallos, sino porque el fútbol no se trata de apuestas: se trata de sentir, vivir cada jugada, gritar cada balón peleado.
Cada minuto era una de emociones. De repente, los “Chivahermanos” se unían en coro:
-“¡Chivas! ¡Chivas! ¡Chivas!”
Yo permanecía en silencio, rodeada de rojiblancos, pero por dentro el alma azul y negra hervía. Y cuando alguien gritaba “¡Gallos!”, el corazón se encendía otra vez y yo le daba segunda.
La defensa de Gallos se mantuvo firme, resistiendo. La tensión era intensa; el corazón latía con fuerza. Los “Chivahermanos” se levantaban pensando que era gol, pero Allison y la defensa recordaban que no sería su noche.
Cada gol que no fue, un grito contenido
Hubo momentos en que Chivas estuvo cerca. Las gradas rojiblancas se levantaban, celebraban, gritaban “¡Gol!”, pero el balón no entraba. Cada vez que esto pasaba, mi garganta se llenaba de adrenalina. Miraba a mi amigo, que gritaba con decepción, y yo solo me reía, disfrutando cada instante.
Sentí la pasión de volver a ser aficionada, de dejar de fotografiar y simplemente vivir el fútbol en carne propia. La emoción de gritar, de sufrir y de alentar desde la tribuna era incomparable.
El final que supo a gloria
En los minutos finales, la presión era insoportable. Miraba el reloj, respiraba profundo, temiendo que Chivas lograra empatar. Pero no pasó.
El silbato final fue un alivio y una explosión contenida. Mi amigo bajó los brazos, resignado, y yo solo estaba feliz.
Salí del estadio con la garganta raspada, pero con el corazón lleno. No tomé fotos, y no hizo falta. Esa noche, Gallos me regaló una crónica que no necesitó cámara: solo pasión.
Más que un triunfo
Querétaro se llevó los tres puntos, merecidos y trabajados. Porque este equipo no se rindió. Porque jugó con alma. Y porque, aunque muchos los den por perdidos, nosotros -los que seguimos creyendo- sabemos que todavía hay esperanza.
La Corregidora no fue solo un estadio esa noche: fue un corazón latiendo azul y negro, un grito de identidad, un recuerdo de que la pasión por los Gallos no se apaga, aunque quieran silenciarla.



