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Crónica: En el corazón rojinegro, estadio Jalisco, vigilia de angustia

Guadalajara, Jal.Las camisas rojas y negras están impregnadas de muchas emociones. Hay tristeza, las lágrimas no dejan mentir; existe enojo y frustración en cada grito de «a la chingada Querétaro»; es incertidumbre porque los seres queridos están desaparecidos.

Estadio Jalisco, 1 de la mañana del 6 de marzo. Han pasado poco más de siete horas de la tragedia del estadio Corregidora, esa que se comenta entre cervezas, tonayán y cigarros. Nada es seguro para este punto, sólo la expectativa de que sus hermanos lleguen a salvo.

Todos comentan las muertes, pero nadie dice un nombre. Se hace un pase de lista por aquellos hospitalizados: «Diego Alvarado es mi amigo y al parecer ya falleció», dice alguien por mensaje de WhatsApp. Pero nada es seguro.

La versión de la Fiscalía y sus cero muertes se oye en más de un grupo. La tachan de desinformación, de manipulación. Cuestionan por qué también se atacó a niños. «Esto no debe pasar en el futbol», se repite como letanía

Todos hablan de los lesionados y de los muertos, pero nadie en el estadio sabe de alguien que haya perdido la vida, ese registro nadie lo lleva. Las imágenes hablan por sí mismas pero el único que se atreve a hablar es un joven que llegó en autobús; reconoce que un amigo murió, pero omite el nombre por respeto.

Existe un miedo a hablar de los que pudieron haberse ido: «El que ponga que los muertos fueron en el estadio y no en el hospital va a tener unos pinches huevotes, pero le van a decir ‘bórralo'», expresó un par de horas antes un aficionado.

El primer autobús es recibido entre aplausos. Hay quienes esconden las heridas en alguna cobija, pero todos salen de pie y sólo un par requieren una valoración médica, pero ningún traslado. Un segundo autobús llegó un par de horas después, con la misma escena, sólo que aquí descendieron infantes junto a sus padres.

Reconocen que les faltan personas, al menos son seis. Una mujer de mediana edad se acerca a uno de los recién llegados a preguntar si estaba con Sarahí; desconoció su paradero y lamentó no apoyar más. La barra organizó un grupo para que se ayude a localizar a las personas que se quedaron en Querétaro.

El dolor se vive todavía en los gritos y porras. Hay compañeros que llegarán más tarde, pero otros que no están seguros si volverán. La tragedia del Corregidora tuvo cómplices según los rojinegros: la policía que no hizo nada.

Esa misma tragedia mantiene una versión oficial de cero muertes, aunque hay cuerpos tirados. Son rostros desconocidos que nadie reclamó o nombró durante la vigilia, son personas que deberán esperar a que la justicia aclare las circunstancias en que perdieron la vida.

Noche de vigilia
La Barra 51 intenta levantar el ánimo de vez en cuando, con alguna porra para los que se fueron y se están yendo; con un Padrenuestro y un Ave María a grupo. Pero el efecto paliativo no es eterno. El dolor vuelve al rostro de los seguidores de Atlas. «Tenemos los huevos para dar la vida», «Arriba el Atlas… cabrones», vuelven a cantar.

Las palabras altisonantes son como una olla exprés que saca la presión de vez en cuando. Culpan a la policía de Querétaro, «¿dónde estában para cuidar? ¿Por qué no los detuvieron?», «Encierran a la porra visitante», «Todo estaba para que la gente nos pegaran» repiten las voces. Pero entran las contradicciones, unos dicen que no había policías, otros que eran pocas las mujeres las que resguardaban.

Van contra Querétaro y el Club Querétaro. «Pero ya les tocará venir», «Esto es personal», «Ya teníamos la guerra», «Chingue a su madre Querétaro».

El conflicto entre Rusia y Ucrania resuena en las conversaciones, pues mucho se habla de la violencia allá pero está también ocurre en la ciudad de Querétaro.
El altar se ilumina con veladoras y junto a él se congrega un grupo que conversa:

Esperar y apoyar a la familia, eso toca.
Esto nadie lo esperaba. Vamos a demostrarles que nosotros sí tenemos códigos, la respuesta no va a ser violenta. Hay códigos de la barra.

El sentimiento estalla, un aficionado se tira al suelo de tierra y empieza a sollozar. Otro más, lo abraza, el susurro vuelve imperceptible el intercambio de palabras.
Un sentimiento de unidad surge con la llegada de Chivahermanos. Hay un abrazo del que queda constancia para las cámaras «somos Guadalajara, una ciudad», dicen. Rivales en la cancha pero hermanos de ciudad.

Atlas, Chivas, curiosos y otros asistentes cooperan para tener un fondo que permita ayudar a las familias de los lesionados. En una hora pasaron de 33 mil a 38 mil pesos. La afición mostró su solidaridad.

David A. Jiménez

Jefe de Información de Tribuna de Querétaro y reportero investigador del semanario desde 2014; me especializo en temas de política local y asuntos municipales. Maestro en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).

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