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Crónica navideña desde la perrita de la casa: Loren

A pocos días de Navidad, mi perrita Loren ya muestra sus señales habituales: vigilancia culinaria, angustia preventiva por los cohetes de los vecinos y una fidelidad que vuelve cualquier celebración un momento compartido.

La Navidad se aproxima y, como cada año, en mi casa empieza la misma rutina: el olor a tamales desde temprano, los preparativos, y mi perrita siguiéndome a todos lados como si ya supiera exactamente lo que viene. Ella parece tener calendarizado diciembre mejor que nosotros; sabe que habrá visita, comida caliente prohibida para ella, y esos ruidos que no vienen de nuestra casa pero que igual le arruinan la noche.

Todo inicia desde la cocina. Mi perrita camina dando vueltas como si trabajara en supervisión de alimentos. Eleva la nariz, huele, revisa y espera pacientemente algo que nunca llega. Siempre pienso lo mismo: si la Navidad se tratara realmente de compartir, ¿por qué a ella no le toca ni un pedacito de tamal? Bueno… confieso que a veces sí le doy comida, pero solo poquita, como recompensa silenciosa para que sienta que también forma parte del momento.

Mientras los demás se preparan, ella se acomoda cerca de mí como espectadora principal. Cuando llega el momento del intercambio, su mirada se llena de confusión: los humanos reciben su regalo, se emocionan, agradecen… y ella probablemente piensa que podría emocionarse igual si al menos le dieran un trocito de pollo.

Luego viene la piñata, esa tradición que ella observa con sospecha renovada cada diciembre. Yo sé que no entiende por qué cantamos antes de golpear una figura y luego corremos detrás del dinero y dulces que caen. Ella intenta participar, corre para ver qué pasa, pero al final solo recupera la calma cuando la piñata deja de ser el centro de atención.

La música también es tema especial. No importa si suena cumbia o banda, ella siempre me mira como preguntándome si realmente todos estamos disfrutando o simplemente seguimos la tradición por costumbre.

Pero la parte que más la pone tensa llega cuando, inevitablemente, los vecinos empiezan a prender cohetes. En mi casa ya no usamos pirotecnia, precisamente porque sabemos lo que le pasa, pero eso no significa que ella pueda escapar del ruido ajeno. Apenas se escuchan los primeros estruendos y corre hacia mí temblando, buscando refugio, como si cada explosión fuera un anuncio de peligro.

Yo intento calmarla, explicarle con cariño que no pasa nada, pero ella no entiende de celebraciones: solo siente miedo. Y mientras afuera celebran, aquí adentro yo la abrazo, esperando a que los sonidos cedan y pueda volver a respirar tranquila.

Cuando finalmente todo se calma, mi perrita asoma la cabeza, revisa el ambiente, y si ya no escucha explosiones, regresa a su lugar favorito: conmigo. Así termina cada Navidad para ella.

Y sí, cada año es igual. Pero también cada año me recuerda lo mismo: que, aunque afuera haya ruido, aquí adentro ella tiene un refugio seguro.

Tal vez para mi perrita la Navidad no sea tamales, ni regalos, ni tradición; tal vez signifique simplemente pasar la noche a mi lado. Y con eso, la celebración está completa.

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