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Cuando el tiempo con los hijos está restringido

Por Víctor Pernalete

Es sábado. Casi son las 10 de la mañana y el desfile de padres con sus pequeños llega hasta la barda metálica recubierta con plástico, para que no se vea lo que sucede adentro. Ahí, entran por goteo mientras se realizan los trámites correspondientes.

Todos, casi sin excepción, llevan caras de pocos amigos. Los padres, seguramente agobiados por la presión del divorcio, acuden aquí para poder ver a sus hijos. Los niños, perdidos en su mundo de inocencia, en realidad no saben qué hacen allí.

 

Es el Centro de Convivencia Familiar (Cecofam) Querétaro, lugar en el que se lleva a cabo la convivencia entre hijos y padres que se encuentran en procesos de separación matrimonial o conyugal.

En el Cecofam, manejado por la Dirección de Psicología del Tribunal Superior de Justicia (TSJ), hay psicólogos especializados que se encargan de observar la dinámica paterno-filial.

El informe que finalmente ellos entreguen a los jueces tendrá gran importancia en la sentencia que determine si el padre puede convivir con el hijo, y el tiempo que pueden pasar juntos.

Al Cecofam asisten todos; no existe ningún tipo de división referente a la posición socio-económica de las personas.

Todos, sin distingo de procedencia, comparten un mismo objetivo: pasar tiempo con sus hijos y demostrar que no representan un peligro o mala influencia para ellos.

Una vez adentro, no hay vuelta atrás. Los minutos son pesados, hay quienes tienen cara de querer irse, y hay otros que harían lo que fuera por detener el reloj.

Los padres tienen permiso de llevar refrigerios para consumir junto con sus hijos y llevarles regalos para que éstos puedan jugar en el lugar.

Algunos padres se ven nerviosos, dubitativos, con sonrisas falsas dibujadas en sus rostros, los niños son un mar de inocencia. Y esa facilidad con la que un niño hace comunidad hace que entre ellos, se hagan amigos. De un momento a otro varios niños juegan, ríen y saltan felices de la vida.

Sus padres, siempre detrás, se ven obligados a convivir entre ellos. No parecen disfrutarlo, pero al mismo tiempo saben que nadie conoce mejor el momento que están pasando, que el padre parado a su lado.

Los psicólogos se pasean, casi como fantasmas, por el lugar. Dan vueltas observando claramente, casi sin gesticular, acompañados de una pluma y una tabla. Toman nota. Sólo ellos saben qué es lo que escriben. Son casi imperceptibles, pero el recuerdo regresa y los padres saben que están siendo observados.

 

Los padres llegan a convivir con todos sus hijos al mismo tiempo

Algunos se mueven como si previeran cada paso. Otros, en cambio, se manejan con naturalidad. Los niños juegan un papel importante. Por ejemplo, hay padres que conviven no con uno, sino con todos sus hijos a la vez.

El esfuerzo se nota menos, los hijos y el padre conviven de manera natural, y mientras dos niños juegan, el padre puede disfrutar de su hija mientras la abraza con ternura y besa su mejilla.

Pero los niños pueden ser crueles, sin darse cuenta. El padre cae de su cielo cuando la inocente voz de uno de sus hijos se levanta entre la calma y le pregunta “papá, ¿y dónde está mi mamá?”. La sonrisa se desdibuja y el padre responde, de manera firme pero respetuosa, “ahorita no te preocupes por ella”.

El momento filial termina, el padre devuelve a la pequeña al piso, se levanta y cruza de brazos; ha regresado a la triste realidad.

El espacio del Cecofam es grande, aunque ciertamente no es posible aprovecharlo todo. Un techo, un par de cuartos, algunas sillas, una casita de juguete y los tradicionales columpios y resbaladillas son la única infraestructura que hay.

El resto del espacio, en donde podrían caber al menos otras 10 construcciones como la descrita, es pura piedra al sol. Algunos osados se adentran tímidamente con un balón, pero no pasa de allí.

Los niños no parecen disfrutar realmente del lugar. Pero ellos saben arreglárselas.

La imaginación hace su aparición y de repente ellos viajan a los lugares más mágicos, mientras los padres se quedan allí, cruzados de brazos. Se intercambian algunas palabras, pero nada más. La incomodidad se puede oler.

A lo lejos, se ve un padre caminando con su pequeña bebé en brazos. Él trata por todos los medios posibles hacer que la niña calme su llanto. Tiene cerca de media hora haciéndolo, desde que su madre se la entregó. Es la falta de costumbre.

El padre la trata bien, es considerado y no se nota tosco en su convivencia con ella. Por supuesto que después de algunos minutos sus intentos cesan. No hay forma de que el padre haga que su hija deje de llorar, al menos no hasta que los acogedores brazos de su madre regresen por ella.

De ahí en más, a consumir lo que queda de hora con la niña sollozando.

 

De las sonrisas y la alegría se pasa a las lágrimas

La hora está llegando a su fin. Los niños terminan sus golosinas (a la mayoría se les lleva dulces) y los padres los abstraen del juego para pasar un último momento, más íntimo, con ellos.

Las madres comienzan a ingresar, buscando a sus hijos. Casi instintivamente, los niños lo notan y el amor paterno se acaba. Muchos corren a sus brazos, mientras que los padres simplemente observan.

Algunos tienen la suficiente relación con la madre como para saludarla, hacer entrega oficial y, tal vez, intercambiar alguna sonrisa.

Pero la mayoría no. La tensión se hace presente y el silencio es protagonista. Entre menos contacto visual, mejor.

Los psicólogos, atentos ante cualquier movimiento, se encuentran en su momento más complicado; las plumas se mueven rápidamente pero la mirada no se despega de la acción.

Aquella niña que lloraba, ha parado ya. Sin ver aún, es posible pensar que la madre ha llegado. Una señora, joven, con los ojos rojos y sin maquillaje en los ojos, atraviesa el Cecofam a toda prisa. Se dirige a la pequeña bebé que dibuja de inmediato una sonrisa en rostro.

Sus brazos se levantan, y los dedos se contraen, en clara señal de estar gustosa de recibirla.

El padre la despega de su pecho, preparado para dejarla ir. Se pone sus anteojos oscuros, por lo que es imposible leer su mirada.

La madre llega por fin y agarra a la niña, con desesperación. Le da un fuerte abrazo e intercambia un par de palabras con el padre, que no responde ni gesticula. La madre da la media vuelta y se retira del lugar.

El padre se queda unos minutos parado, saca su celular y lo lleva a su oreja. De vuelta a la cotidianeidad. Y hasta el próximo sábado.

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